Comprendo y no entiendo

Ingenuo de mí, o desaprensivo si me quieren llamar así. La semana pasada formulaba una distopía con la manifestada sospecha de que pudiera convertirse en premonición. Lo que no podía imaginar era que, en apenas unos días, los hechos se precipitaran y me invadiera la sensación de haberme quedado corto. Sí, la realidad supera a cualquier ficción. O en este caso, a cualquier distópica visión. Hoy, con un estado de alarma decretado, con este país y casi dos continentes paralizados, tenemos tiempo para muchas cosas. Entre ellas, para la reflexión. Ante todo, se impone la responsabilidad. Esta situación no nos gusta a nadie, el trastorno que ocasiona en todos los aspectos de nuestra vida es evidente, y ahora mismo nos puede parecer muy difícil de soportar. Pero toca aguantarse, apretar los dientes y mantener la calma. Como leía en uno de esos innumerables mensajes divulgativos que se vienen difundiendo, quejarse no es una opción ahora. Eso sí, la opinión sigue siendo libre, solo que, ahora más que nunca, debemos expresarla con respeto y, repito, responsabilidad. Aquí, simplemente, quiero enunciar algunas hechos y razones que comprendo, y otros que sinceramente no entiendo. Pero que tenemos que aceptar.

Comprendo las apelaciones a la disciplina ciudadana, y muy especialmente a introducir el hábito de la prevención en nuestra vida cotidiana. Mirándolo en positivo, a lo mejor esta forzosa educación que estamos recibiendo nos ayudará a ser mejores en este aspecto. Y quién sabe si nos sirve para que, por ejemplo, en la próxima campaña de invierno, los contagiados de gripe común en España no sean los habituales 500.000 de media, sino tal vez la mitad.

No entiendo, lógicamente, que se desnaturalice nuestra vida. Pero no queda más remedio que plegarse a las prioridades. De alguna manera, contagiados o no, en estos momentos todos somos virtualmente enfermos, y por el bien todos nos llaman a comportarnos como tales.

Comprendo a todas las administraciones -central, autonómicas, municipales- que están obligadas a gestionar una crisis insólita y de efectos inabarcables, que propicia escenarios completamente nuevos en cuestión de horas -y por ahora cada vez más graves. Claro que corren el riesgo de equivocarse y tener que rectificar, de quedarse cortos o pasarse. Podremos estar de acuerdo o en desacuerdo con sus decisiones y medidas, pero tenemos que aceptarlas y no criticarlas por sistema, por el hecho de venir de quien vengan. Al contrario, desearles todo el éxito y ayudarles en nuestra medida de lo posible a que acierten.

No entiendo, sin embargo, a los líderes políticos o personalidades de opinión influyente que, no teniendo responsabilidad pública alguna, se dedican a poner en cuestión -cuando no a criticar desaforadamente- cada actuación, cada paso que se da. O se arremangan y apoyan el trabajo que se está haciendo, o mejor que se queden callados. Pretender obtener rédito político de situaciones como esta, es miserable.

Tampoco entiendo, y aquí deberé contenerme para no caer el exabrupto, a medios de comunicación que ni siquiera en estas circunstancias abandonan la intencionalidad política en sus informaciones.

Comprendo que se trate de evitar a toda costa el colapso del sistema sanitario, y para ello las administraciones extremen los mensajes y las actuaciones, posiblemente hasta el punto de exagerarlo… o ya veremos si se está exagerando o no. En cualquier caso, pocas y poco contundentes estarán siendo esas llamadas de alarma cuando todavía vemos gente que aprovecha para irse a la playa o a pasar un día de campo. Algo no han entendido muy bien de lo que significa una cuarentena.

No entiendo, y es una cuestión particular, que se promueva el ejercicio físico como medio para una vida saludable y, en concreto, para fortalecer el sistema inmunológico. Y, sin embargo, en la situación actual, quede materialmente imposibilitado para quien no tenga un gimnasio en casa. Tendremos que improvisar algo… sin salir de la habitación.

Comprendo a las empresas que tienen que parar su producción, a las que han visto mermar drásticamente sus ventas, al IBEX, a las pymes y los autónomos, que sufrirán o sufren ya el terrible impacto económico que todos los analistas auguran que seguirá a la crisis sanitaria.

Pero no entiendo que se aparte del primer plano a los colectivos desfavorecidos, a las familias con pobres recursos, a los que viven de los comedores sociales… No sólo lo están sufriendo también. Para ellos la recuperación será aún más difícil o imposible.

Comprendo, no puede ser de otra manera, la frustración de todo el personal y los responsables sanitarios cuando ven que no llegan, que no dan abasto con lo que se les viene encima. Y hacen cualquier cosa menos descansar. En algún momento habrá que establecer un reconocimiento verdadero a esa titánica labor, y no me refiero a salir a las ventanas y balcones a aplaudirles -que, claro, lo haremos. Y a ellos y a todos nosotros nos quedará la amarga desazón de pensar cuánto podrían hacer con más gente y más medios.

Y no es que no entienda, es que ni siquiera debería nombrar a esa banda de indeseables que aprovechan cualquier situación -y por supuesto, esta- para difundir bulos, muy en concreto ahora esos audios que circulan por las redes para confundir, para asustar, para azuzar la histeria… Muchos, por cierto, buscando dejar en mal lugar a la sanidad pública.

No entiendo la demagogia repetitiva de achacar cada repunte de la epidemia a la manifestación del 8M -que secundaron todos los partidos menos uno, y ese uno celebró un mitin- y no se hable de la Liga de fútbol y todos los eventos deportivos que se disputaron a estadio o pabellón repleto durante ese mismo fin de semana, así como todas las fiestas y espectáculos que no dejaron de celebrarse, y podríamos hablar hasta de todas las misas que se oficiaron -¿cuánta gente llena las iglesias de España cada domingo? Si hubo irresponsabilidad o deficiente previsión, fue de todos y en todos los sitios.

Comprendo que empresas, entidades e instituciones se hayan esforzado estos últimos meses por salvaguardar su reputación. Reportar un contagiado en este ambiente de crisis podía tener un efecto sensiblemente más negativo que cualquier otro mal o contratiempo que pudiera sobrevenirle a una organización. O ser acusado de no haber hecho lo suficiente para evitarlo. Y todas han preferido curarse en salud, nunca mejor dicho.

Pero no entiendo que hayan antepuesto esa reputación a otros intereses, ya fueran corporativos o colectivos. Porque la suma de las actuaciones “profilácticas” de unas y otras ha ido engordando una bola de nieve que ha derivado en alud de especulación, inseguridad y, en definitiva, miedo. Que no ha ayudado nada, la verdad.

Comprendo, en cualquier caso, que todos -de las instituciones a los ciudadanos- nos podamos equivocar en alguna de nuestras actuaciones, en nuestras percepciones o simplemente en lo que decimos a la ligera. La gran mayoría de nosotros no nos hemos visto en una de estas jamás.

Y no entiendo, finalmente, que en pleno siglo XXI, en los tiempos del avance científico, del desarrollo de la medicina y la tecnología, un virus relativamente mortífero haya sido capaz de parar el mundo. Cuánto nos queda por aprender.

Como queda dicho, todas estas reflexiones y dudas, todas las preguntas en el aire y todas las sensaciones que nos quedan, son expresables, pero ahora quedan en segundo plano. Ahora lo que se nos pide es estar a la altura. Responsabilidad. Solidaridad. Prudencia. Compromiso. Y, en la medida que podamos, no perder el sentido del humor… y de la vida. Con un poco de todo ello que pongamos todos, llegaremos a frenar la maldita curva. Y saldremos también de esta.

En fin, me gustaría que estas fueran las últimas líneas que dedico al dichoso… (aún he sido capaz de no decir su nombre). Pero no estoy seguro de conseguirlo.

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