El ecosistema, amigo

Son los ecosistemas, amigo. Los que nos explican la ciencia, la experiencia y, hasta hace 40 años, el gran Félix Rodríguez de la Fuente. Es muy fácil de entender: si en un monte ibérico desparecen, por ejemplo, las águilas por cualquier causa, la población de conejos crecerá desmedidamente, se comerán toda la hierba y, cuando ésta se termine y ni le dé tiempo a crecer, los propios conejos morirán de hambre, sus restos no podrán ser consumidos por los buitres y cuervos, ya que éstos ya se extinguieron -o habrían emigrado- al no poder vivir de los despojos que dejaba el águila. Y el monte, putrefacto y arruinado. Vayamos a la sabana africana e imaginemos que se cargan a las cebras y los ñus, entonces el pasto proliferará, se extenderá y se adentrará hasta los lagos, los leones tendrán que optar entre evolucionar a herbívoros o jugarse la vida -las leonas, queremos decir- cazando búfalos u otras bestias bien armadas, capaces de hacerles frente, con lo que la población de unos y otros menguará, y los necrófagos de allí -buitres, hienas…- tendrán cada vez menos banquetes y se marcharán… Total, el Serengueti quedaría como una vasta extensión de maleza altísima y yerma, en la que quedaría poco más movimiento que el de los insectos. Es la cadena alimenticia, fundamento de los ecosistemas naturales.

Pero las ciudades, en cierto modo, también son ecosistemas, amigos. Digamos que artificiales, articulados por el ser humano, que no se basan exactamente en esa cadena alimenticia, pero en los que se han ido desarrollando una serie de mecanismos y dinámicas que les confieren equilibrio. No todas son iguales. Muchas grandes ciudades americanas se expanden y diferencian espacialmente sus áreas de hábitat, de trabajo y de ocio, quedando cada una de ellas prácticamente vacía a las horas que no corresponden a sus usos. En cambio, la mayoría de las ciudades europeas son concéntricas, y sus núcleos urbanos se caracterizan por un flujo heterogéneo de gente que reside, que trabaja o que sale de compras o simplemente a pasear -aunque es verdad que, progresivamente, las áreas residenciales van desplazándose a las periferias. Con todo, unas y otras mantienen sus propias reglas no escritas que regulan la vida, las relaciones, los hábitos sociales. Es el hábitat en el que los urbanitas nos hemos acostumbrado a desenvolvernos.

Ahora vivimos un episodio excepcional -al menos, no vivido por la inmensa mayoría de los ciudadanos, fundamentalmente del mundo occidental. Durante un tiempo que no sabemos aún hasta cuándo se puede prolongar, tenemos que cambiar de vida. Básicamente, no podemos salir de nuestras casas. Vaya por delante que este no es, a día de hoy, el asunto más grave ni importante. Los enfermos, los que han muerto, sus familias, los profesionales que se están dejando el pellejo y literalmente la salud por cuidar y curar al máximo número de afectados, así como los que tienen que atender los servicios básicos, sin olvidar a todos los que están sufriendo los efectos brutales del parón en sus negocios y en sus trabajos… Estos son los verdaderos protagonistas de esta crisis. Luego están los actores secundarios. Que, cuanto menos, tienen -y de momento, tenemos- el deber de apechugar y colaborar.

Pero hablamos ahora del ecosistema. Desde hace una semana, asistimos al insólito vaciado de las ciudades. A una radical transformación del paisaje y el tránsito urbanos. A la desnaturalización de nuestra vida cotidiana. Sí, somos un animal social, ¿qué nos van a decir en España?, y ahora esa fundamental faceta de nuestra especie se haya suspendida. Si se apura, hasta mal vista y penalizada. No queda otra que sobrellevarlo. Otra cosa será hasta dónde o hasta cuándo lo podamos soportar. Y hasta cuándo aguante la propia ciudad.

Porque no somos sólo las personas. En efecto, por el tiempo que esto dure, tenemos que acostumbrarnos a no vernos, a no tocarnos, a comunicarnos a distancia. Si nos cruzamos en el supermercado, a saludarnos escuetamente, guardando el metro de distancia y sin estacionarnos más de la cuenta, circulemos, no nos vayan a llamar la atención. Nos damos a las reuniones y a las quedadas telemáticas, las exhibimos en las redes sociales, aquí conectados tomándonos un vino y una anchoa, la pose debida, la sonrisa puesta, parecemos muy divertidos, pero cualquiera sabe que ni de coña nos está sabiendo igual. Nos vemos abocados a un modo de vida sedentario, justamente lo contrario de lo que siempre se nos ha recomendado. Los que nos negamos, tiramos de ejercicios caseros aprendidos de aquí y de allá, sesiones retransmitidas por Internet, hasta hay quien se ha hecho 61 km corriendo dentro del salón. Lo que no retransmitimos es el “ambiente” que queda en casa después uno de estos entrenamientos caseros. Por no hablar de otros usos y hábitos que necesariamente hemos transformado, algunos de forma harto pintoresca. Por no extendernos en todo lo que tiene que ver con la convivencia, las relaciones, el hecho de estar 24 horas compartiendo el mismo -amplio o reducido- espacio. Sí, las familias también son un ecosistema, con sus equilibrios y sus disfunciones. Nos han cambiado el escenario, y no neguemos que, unos más, otros menos, andamos descolocados.

Son, además, las ciudades, sus estructuras. Somos afortunados de vivir esta crisis en una época en la que contamos con una oferta ilimitada de contenidos culturales y de entretenimiento en la Red. Sí, pero las operadoras avisan. Para ellas también es nueva la situación. Resulta que ahora las redes empresariales están en dique seco, y en cambio, la fibra óptica residencial tira como nunca. Y temen no poder soportar toda esa demanda de tráfico, por eso llaman a priorizar, a limitar el uso del streaming en horas centrales del día, a no abusar del ancho disponible, no se les vaya a caer el tinglado. Parecido puede decirse del suministro energético, y en particular, de electricidad. De pronto, las empresas y las industrias prácticamente no consumen, mientras ahora los hogares permanecen todo el día encendidos, conectados y con los interruptores en on. Se asegura el abastecimiento eléctrico a toda la población, aparte de que no podrán cotarle la luz a nadie por impago. Pero no dejemos de tener en cuenta que las compañías eléctricas hacen cuentas, y la subida en los hogares no les compensa la caída fulminante en las empresas industriales y de servicios. Nos tranquilizan, pero cuanto más se esfuerzan por tranquilizar, más avisados debemos estar.

Podemos hablar de los medios de comunicación. Televisiones y radios están obteniendo unos repuntes de audiencia espectaculares, y en concreto, las emisoras radiofónicas están realizando un encomiable despliegue en su programación, para cumplir su función de servicio al público y, a la vez, entretener, concienciar y animar a sus millones de oyentes asustados o afligidos. Sí, pero los ingresos publicitarios han caído en picado en una semana. Claro, piensa el anunciante que, por más audiencia a la que llegue, de qué le sirve si ahora no tiene qué ni a quién vender. Y entre pensar a largo plazo o ahorrarse el presupuesto, optan por lo segundo. Si la situación se prolonga, ¿podrán las radios mantener el músculo como lo vienen haciendo? La prensa impresa y digital pasan por similar trance, con algunas diferencias de estrategia. Mientras unos han empezado apostando -por ejemplo, liberando los contenidos digitales que ofrecían bajo suscripción-, otros han menguado su oferta ya de entrada, y por supuesto, han mantenido sus etiquetas premium. Queda por ver de qué oferta informativa disfrutamos si esto dura, pongamos, uno o dos meses más.

Pero volvamos al paisaje urbano. La ciudad está materialmente prohibida, pero además, para quien haya podido vislumbrarla -por salidas estrictamente necesarias-, aparece inhóspita. Se aprecia una velada tensión en los escasos viandantes, máscara acoplada y bolsa de la compra en ristre, en los dependientes, en las cajeras del supermercado… autobuses vacíos que cubren su invariable trayecto, como fantasmas que siguieran una recurrente penitencia… ¿Y de noche? Lúgubre. Hasta las ocho y media o las nueve, queda algún estanco o farmacia a punto de cerrar, algunos coches que aún circulan, algún ciudadano paseando el perro -no sabemos si por primera o por octava vez. Apenas minutos más tarde, ya da miedo. Hablábamos antes de las ciudades americanas, y quien las conoce o le han contado, sabe que, en general, no es nada recomendable pasearse por las zonas que quedan diariamente vacías, una vez toda la gente se ha marchado de allí. ¿Vamos a tener lo mismo aquí? Digamos, recurriendo la canción de Rubén Blades, que si ya “no hay clientes pa trabajar”, los pedros navaja de turno ahora tendrán que ir a buscarlos adonde los encuentren. ¿Una razón más -y poderosa- para quedarnos en casa? No debería ser necesaria, pero tampoco la desechemos.

Luego, hay efectos más amables, que veremos hasta dónde van a llegar. Los índices de polución, lógicamente, están bajando considerablemente. Pero de Italia llegan crónicas como esta, más allá del trágico parte diario, que hablan de los canales de Venecia surcados por una insospechada fauna de peces y aves acuáticas, o de delfines navegando junto a los muelles. Sin caer en lo distópico, uno recuerda hace dos años, cuando el Retiro madrileño se mantuvo varios días cerrado por el viento, haber paseado junto a la verja y sorprenderse de la proliferación de animales -gatos, sobre todo- campando tranquilamente por los paseos habitualmente saturados de familias, runners, bicicletas y patinetes. ¿Veremos ahora a esos gatos, más los ánades y las ardillas subiendo por la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol? ¿Bajarán los ciervos de El Pardo hasta Las Tablas o el Barrio del Pilar? ¿O divisarán de noche por La Latina a algún búho real procedente de la Casa de Campo, que venga a sustituir a los noctámbulos y lechuzos habituales de aquella zona?

En fin, es muy posible que, en los próximos días, reparemos en más situaciones significativas o desconcertantes, que nos hagan constatar hasta qué punto nos han cambiado la vida. Como escribía el otro día -y sigo sin entender-, en los tiempos del avance científico y tecnológico, un virus no más letal que otros ha sido capaz de parar el mundo. Mientras siga parado, nos quedan días de estar en casa. De disfrutarla. Y de usarla. Por cierto, cuidado, no sé quién me decía aquello de que, cuando algo se usa demasiado, termina por estropearse. Es lo que tiene alterar los equilibrios aprendidos y naturalmente asumidos. Es el ecosistema, amigo.

 

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