Cuarentena

Estábamos aislados. Privados de todo contacto con el exterior. Apenas una escueta ventana, por la que no se vislumbraba nada, si acaso constatar si era de día o caía la noche. “Todo está bajo control”, nos decían. Pero nada que hacer. Nada que observar. Suspendidos los eventos, los viajes, las reuniones, las cenas… la vida sin fecha alternativa. El móvil como único enlace con el mundo, pero teórico. Porque si bien podíamos comunicarnos, cada vez teníamos menos que decirnos. Y de haber noticias ahí fuera, ya no quedaba quien las diera.

Todos estábamos en cuarentena. Protegidos, y sin embargo, recluidos. El caso es que no nos pasaba nada aparente, ni nos encontrábamos dentro de lo que cabe mal. Pero aquí nos confinaron a todos. A los que bajaban del avión, a los que regresaban del fin de semana o según salían del teatro. “Todo está bajo control”. Unas bolsas con comida y enseres nos dejaban cada mañana en el pasillo, a cada uno con su nombre, supuestamente bien catalogadas y revisadas. Sería cuestión de unos días, pero ya contábamos meses. Al principio nos entregaban un parte diario con el diagnóstico oficial de la situación y previsiones. Pero la periodicidad fue dilatándose, diez o doce días habrían pasado desde el último. Que decía exactamente lo mismo que el anterior.

Nos habían dejado en suspenso. Pero era por nuestra seguridad y bienestar. Aquí estaríamos a salvo y bien cuidados. El sistema estaba funcionando sincronizadamente y a la perfección, las medidas preventivas habían sido desplegadas con total diligencia. Nadie protestó. ¿Quién iba a cuestionar una política sanitaria tan razonable? Los primeros días fueron reparadores, hasta agradables en este nuevo estado de tranquilidad y despreocupación. Pero según se sucedían y daban en ser uno igual al anterior, la impaciencia empezó a cundir. Después, el hastío. Y la pregunta: ¿Pero por qué seguimos aquí? Una noche nos despertó el ruido de sirenas. En el breve recreo de las doce en el patio -nos asignaban la hora según sexo, raza y edad-, alguien susurró de uno que al parecer había intentado escapar. Nadie sabíamos, en realidad. El caso es que no los volvimos a ver. Ni al que supuestamente fracasó en su huida ni al que lo contó.

El tiempo había entrado en parada. Era como si hubieran dejado de suceder las cosas. Como no podíamos ver nada, imaginábamos. La Gran Vía o La Castellana vacías, a saber Las Ramblas, Oxford Street… Las tiendas cerradas, una ciudad clausurada por la que nadie iba ni venía. No funcionaba ni hacía falta nada. Ni gente que transportar, ni oficinas que abrir, para qué vender y comprar, qué había que pagar. Uno mismo había dejado de usar ropa ni zapatos, envuelto todo el día en esta túnica esterilizada, tapado el rostro hasta los ojos, un aséptico gorro sanitario para disipar cualquier tentación de peinarme. Es verdad que, de algún modo, nos habían cortado de cuajo la vanidad. Nunca habíamos sido tan iguales. Ni tan tristes.

No se atisbaba futuro. Al menos el inmediato, pero el ostracismo cada vez se preveía más a largo plazo. Pasábamos un rutinario análisis semanal, “todo está bajo control”, y volvíamos a nuestro habitáculo. En el que no nos faltaba en realidad de nada, excepto vida. Los enfermeros de vigilancia paseaban más tranquilos, porque ya les preguntábamos menos. Confiaban quizás en que terminaríamos acostumbrándonos, y hasta empezar a sentirnos a gusto en este plácido retiro. Y así fue, en efecto, en bastantes casos. Pero no en todos. Los que ya habíamos dejado de rondar la cuarentena sabíamos que los años pasarán quizás rápido, pero los días muy despacio.

Estábamos fuera del mundo. Excluidos, quizás de por vida, de un sistema que cada vez tenía más dificultades para mantenernos. Y no podía permitírselo, por eso había decidido actuar. Pero bueno, estos eran pensamientos que nos invadían a los inconformistas que además dedicamos las horas a pensar. Y teniendo tantas… También, a veces, nos daba por soñar. Un cierto día terminaría todo aquello, y las máximas autoridades globales se vanagloriarían de haber superado con éxito esta crisis sanitaria sin precedentes y de que, gracias a las estrictas y “necesarias” políticas adoptadas, el mundo había entrado en una etapa de prosperidad. Nos explicarían que la gripe estacional vino especialmente fuerte este año. Y cuidado, que los analistas -¿de la OMS? no, financieros- avisan ya de que el invierno próximo vendrá si cabe peor. Pero, a lo mejor, esto sí que habría que ponerlo en cuarentena.

Menos mal que no somos quién para dar ideas…

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