La última noche llena

No era luna llena la última noche, aunque estaba a punto. Aún no lo podíamos imaginar como tal, pero algo se palpaba en el aire. Se presentía que a lo mejor no íbamos a tener muchas más. En realidad, ni una más hasta hoy. Son aniversarios significativos, días que no tendrían quizás la menor importancia, no nos acordaríamos de casi nada de ellos, de lo que hicimos, de adónde fuimos, con quién estuvimos… Y, sin embargo, los tenemos muy presentes. Porque ahora tienen la particularidad de que los echamos de menos. Podría recordar cada minuto de aquel último sábado.

No venía muy a gusto con lo que había publicado justo esa tarde Cuarentena – Byenrique. Mira que lo había escrito hasta divertido y me había llevado su tiempo conseguir esa foto de la Gran Vía vacía. Mira que no quería creerme nada de lo que había recreado. Que no pretendía parecer premonitor ni avisador ni conspirador, pero a lo mejor alguien me podía malinterpretar. Siempre me gustó practicar la distopía, pero pensaba si esta vez no habría ido demasiado lejos. O, peor, demasiado cerca. Me inspiré en lo que veía pasar por ahí, pero no era consciente, o hacía por no saber, que ya estaba aquí. Ese sábado, como cualquiera en aquella vida, salí a dar una vuelta. A ver la última noche llena.

Cierto que yo andaba entonces en otras cosas. Obsesionado con un deseo discreto que parecía imposible de cumplir Deseos – Byenrique y que llevaba meses atenazándome. Porque, en realidad, no era tal deseo sino un fundado temor. Quién me iba a decir que, en unos días, las prioridades existenciales iban a cambiar. La vida tiene giros inesperados, pero éste iba a ser un vuelco desmesurado y radical. Habría de ser la misma tarde, una semana después: mientras un sueño emergía de los escombros de lo imposible, todos los demás proyectos posibles se iban a desmoronar. En ese primer momento tuvo más fuerza y preferí celebrar lo primero. Después, ya se quedaron las nuevas pesadillas conmigo.

Eran días complicados, se cernían nubarrones, pero las portadas de los diarios aún no permitían vislumbrar si se trataba de chaparrones ocasionales o de una tormenta apocalíptica. Había otros asuntos de actualidad y otros lodos para enfangarse. En realidad, salvo las noticias que ya llegaban de Italia y algún indicio inquietante, ocupaban más los perjuicios económicos que ocasionaba ese incómodo visitante que nos estaba trayendo el 2020. Sí se hablaba de los preparativos del día siguiente, pero no vi ni leí avisar de nada a los que luego fueron a hincharse de razón y no era más que mala baba. En casa, una alarma exagerada de escape de gas y un pequeño, se suponía eventual problema con el agua caliente. Por lo demás, nada en principio que no invitara a salir una noche más. Decididamente, China estaba aún bastante lejos como para parar un saturday night… por ahora y luego ya se verá.

Tampoco es que el plan tuviera nada de especial, pero sucedió que esa noche me dejé invitar al infierno. Que entonces y durante todo el tiempo que estuve me pareció el cielo, hasta que di en recapacitar. Yo no fui de los 120.000 que se manifestaron el 8M en Madrid, ni de los cerca de 700.000 que llenaron los estadios de fútbol, ni de los aproximadamente cuatro millones que fueron a misa en toda España ese fin de semana. Por supuesto, tampoco en el mitin de Vox ni en el concierto de la Pantoja. Pero aquel garito clandestino, tan sugerente y exclusivo, tan nocturnamente ilustrado y disuasoriamente caro, concitaba a la vez los placeres y los peligros aún no evidentes. Un céntrico y noble piso convertido en discoteca sin límite ni ley, atestada de personal bien viajado, abrazado y humeado. Un after que bien podía haber sido el “después de todas las cosas”.

Pasó la post noche volando, y era ya una mañana plácida de trinos piadosos cuando volvía a casa. Pese a todo y a la espesura, no falté a mis citas dominicales, que incluyeron seis kilómetros de carrera por el Retiro, también iban a ser los últimos y tampoco lo sabía. No hacía ni 24 horas que apuraba la última copa en aquel antro de perdición y ya me disponía a levantarme un lunes, que por cierto sí iba a ser luna llena. Encendí la radio. Y el mundo, el nuestro, ya había cambiado de pronto. La reunión que tenía a las diez en un ministerio se celebró porque no dio tiempo a cancelarla. Todas las siguientes de ese día y a lo largo de la semana, suspendidas sine die. La ciudad, el país y la vida fueron parando los motores. Y aquella distopía se me empezaba a venir encima, como lo haría el techo de mi habitación días después. Los últimos bares bullían de ruido y se solazaban las terrazas al sol, preludio antitético de la que iba a ser la primavera más silenciosa.

El visitante llevaba tiempo entre nosotros y sólo entonces empezamos a saberlo. Una semana antes había estado en una exposición en el Palacio de Neptuno, atestado de gente que iba y venía, grupos que se paraban y andaban. A mediados de febrero, celebrando el cumpleaños de alguien que pasaría dos semanas hospitalizado, a las puertas de la UCI y él asegura que de la muerte. Por supuesto, todas las comidas con amigos, reuniones de trabajo, noches de bar y tertulia. Pero mientras pataleaba mi encierro, aliviaba mi salud mental con los burpees, hacía por ni rozar a los míos y vigilaba cada tos de fumador, lo que circundaba mis pensamientos era aquel episodio de un 7 de marzo. La que fue, y hoy añoro, mi última noche llena.

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