El portavoz en llamas

Ahora que el panorama parece más tranquilo, esperemos, puede ser buen momento para pararnos en uno de los hitos icónicos del paisaje en el que vivimos ya cerca de un año. No recordaba bien cuándo, y resulta que era allá por el mes de junio del fatídico 2020 cuando decíamos, entre otras cosas, que era inhumano tener a un portavoz de crisis compareciendo 100 días seguidos -que eran entonces- ante los medios. Bien, pues todo este tiempo ha seguido y ya va para los 365 el bueno de Fernando Simón saliendo a la palestra, religiosamente al principio y quién sabe si como un mártir ahora. Con breves paréntesis, en concreto cuando contrajo el virus y dos períodos vacacionales de una semana, que bien se los echaron en cara.

Quien haya sido portavoz alguna vez de algo -de su empresa, comunidad o de sí mismo-, sabrá de lo que estoy hablando. Y si lo ha sido en medio de una crisis lo comprenderá mucho mejor. Para quien no lo haya sido ni sepa -que no tiene por qué- de las artes y técnicas de la Comunicación y cómo funcionan sus entresijos, simplemente le diré, por si lo quiere tener en cuenta, que salir a una rueda de prensa no es reunirse a charlar con un grupo de periodistas y responder a sus preguntas como quien juega al tenis o echa una partida de trivial. Y si el contexto de esa rueda de prensa es, como digo, una situación de crisis, del ámbito y la naturaleza que sea, les aseguro no es un juego grato ni se pasa un buen rato, en absoluto.

Para los que trabajamos en esto, es obvio que antes de una rueda de prensa o de cualquier encuentro con medios, hay que preparárselo. Aunque sea para hablar de un partido de fútbol. No se puede salir a la intemperie sin, al menos, los principales mensajes aprendidos. Pero cuando se trata de un trance crítico, la preparación tiene que ser exhaustiva porque es mucho lo que hay en juego. Además, la tensión se palpa y los sudores fríos fluyen. Entonces, el portavoz no debe ser sino la pieza visible de todo un sistema que debe estar perfectamente engranado y coordinado. Hay que determinar bien los mensajes, sí, pero también los tiempos en que se comunican, la forma, y hablando de portavoces, quién comunica qué y en qué momento.

Cabe suponer que eso es lo que pretendió el Gobierno de España, con su mejor intención, cuando diseñó su estrategia y su equipo de crisis ante la alerta sanitaria que venía encima. Pero claro, el primer ejercicio en una crisis es dimensionarla. Y esta era imposible de dimensionar. Vaya por delante que ni la mejor comunicación arregla una mala gestión, y sin embargo, una deficiente comunicación sí puede echar por tierra una buena gestión. Pero estábamos ante lo que iba a ser un tsunami en el que los hechos siempre fueron por delante. Y, entre otras cosas, ni gestores ni comunicadores se habían visto en una como esta. En España, en Europa, en prácticamente todo el mundo.

Así, en su estrategia inicial, el Gobierno designó a un portavoz técnico, el director de Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que llevaba en ese puesto siete años -luego no lo nombró el partido que hoy gobierna- y cuyo currículo le acreditaba con un brillante experto en epidemiología. Por encima de él habría portavoces políticos, el ministro o el mismo el presidente del Gobierno, en función de lo que tocara anunciar o del calado del mensaje que fuera necesario transmitir. Pero Fernando Simón iba a ser la primera punta de lanza, el que diariamente saliera a comunicar los datos diarios y las recomendaciones puramente científicas. Parafraseándole, pensaría el Gobierno y pensaría él que le tocaría “como mucho, dos o tres semanas” ponerse diariamente delante de los medios y de la sociedad española. A día de hoy, un año después, ahí sigue.

Quede bien claro que aquí no estamos entrando -no nos toca- a considerar si hubo aciertos o desaciertos en sus vaticinios, en su gestión y en la del Gobierno y todos los gobiernos que han debido enfrentarse a esta pandemia. Este espacio estudia, explica e intenta ilustrar sobre Comunicación. Y sólo desde ese punto de vista, habrá que valorar que lo que Simón dijo en sus primeras apariciones no era sino lo que decían por aquellos días la práctica totalidad de los que daban opinión y predicción sobre el asunto, y principalmente, la Organización Mundial de la Salud: en resumidas cuentas, que “no hay evidencia de que el virus se esté propagando libremente” y que había que “rebajar este suflé”.

Volviendo a la estrategia, cuando se organiza la comunicación de crisis, casi siempre con poco margen porque las situaciones apremian, se suele determinar que el portavoz comparezca una vez, dos en una semana o en un mes, todos los días durante una semana, según evolucionen los hechos. Esta misma semana hemos visto al presidente de una farmacéutica salir a dar la cara y pedir disculpas en nombre de su compañía por el retraso de sus vacunas, en un caso típico de crisis que aúna salud pública y reputación. Es seguro que él y todo su equipo de comunicación habrán preparado esa intervención a conciencia, calculando cada mínimo detalle y los mensajes a transmitir, las respuestas a las preguntas que le podrían hacer… Sí, un verdadero marrón. Pero a saber cuándo este alto directivo volverá a ponerse ahí delante.

Es evidente que, entre otras muchas cosas que se fueron de las manos, también los tiempos de la comunicación se vieron desbordados en sus cálculos. Visto con la perspectiva de ahora, a lo mejor, podía haberse planteado en mayo, cuando parecíamos salir de la situación más crítica, reemplazar a Simón por otro portavoz inferior en el escalafón. Y cuando la cosa volvía a ponerse fea, que volviera a retomar las riendas de la comunicación a los ciudadanos, trasladando el mensaje de que en momentos duros volvía a jugar el equipo titular. Pero, claro, era cuestión de saberlo entonces.

El caso es que el experto epidemiólogo y circunstancial portavoz, se ha visto inmerso en una tarea agotadora y altamente estresante. Que, volviendo al principio de este artículo, no es de desear a nadie. Porque a la tensión lógica que supone comunicar a todo un país y someterse a un sinfín de preguntas sobre aspectos que tienen en vilo a los ciudadanos, se une la brutal sobreexposición a la que uno se ve sometido. Y por un período de tiempo que de ninguna manera es normal. ¿A qué político, empresario, artista o entrenador vemos frente a la prensa todos los santos días durante un año entero?

Y claro que se ha podido equivocar. Claro que ha podido meter la pata. Se ha podido atragantar en directo, ha podido incurrir en torpezas, insistimos, desde el punto de vista de la comunicación. Si el periodista te pregunta por una hipotética cuarta ola y le respondes hablando de ella, el titular que te pondrán rezará que asumes que, efectivamente, habrá cuarta ola, y ya estás alarmando a la población. Y claro, es muy posible que, yendo a la guerra todos los días como quien va a la oficina, algún día te hayas relajado, con lo resbaladizo y peligroso que eso es en comunicación. Entonces te puede pasar que te líes con lo de los pasos de la Semana Santa y las manifestaciones del 8M, y quién eres tú para meterte en esos jardines. O tal vez en algún momento has hecho una broma a destiempo… Y si te ven haciendo surf o sales en el programa de Calleja… Pues miren, bastante poco le ha pasado.

Si al principio pudo parecer simpático, con su tono experto y a la vez desdramatizador, la exposición abusiva al final se vuelve inevitablemente en contra de cualquiera. Lo de los memes va en su puesto y en la mochila que ha tenido que cargar. La crítica es lógica y necesaria, más aún cuando la realidad de la pandemia es la que ha sido y es. Pero a Fernando Simón le han llamado inepto, bobo, incompetente, irresponsable, borracho, cencerro, que da mucho asco… y hasta asesino. Y no se lo han llamado sólo ciudadanos indignados fuera de sí, políticos de la oposición o tertulianos histriónicos. También gente supuestamente equilibrada y rigurosa, periodistas elevados a la categoría de intelectuales… No me constan científicos ni colegas de profesión que le hayan pintado la cara, pero hasta puede que alguno haya. Luego están los que han fabricado camisetas y bolsas con su efigie, los que se han tatuado su semblante en una pierna… Para volverse tarumba. Ya veremos cuando todo esto pase, que pasará, en qué estado queda el hombre, una vez retorne, si lo hace, a su discreta responsabilidad rutinaria. A lo mejor es de los que, una vez en la cresta ola, no asume bien bajarse de ella, y hará todo lo posible por mantener vivo el protagonismo. Eso ya va en la persona…

La cuestión es que todo lo que se usa mucho, termina por gastarse o estropearse. Y los portavoces se queman si se abusa de ellos. En el caso de Simón, está en llamas desde hace tiempo. Pero no se le ve chamuscado, no muestra aparentes señales de agotamiento. Será lo que sea, acertará o se equivocará, cada uno puede pensar lo que quiera. Pero, créanme, para esto no vale cualquiera.

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