El séptimo viernes

Nos vimos en el recreo. Tú venias de la siguiente fase, así que preferí no preguntarte, por si acaso. No, no somos quién nosotros para dar ideas, y en qué hora, compañera. No somos quizás los indicados, ni los más informados, para barruntar si alguien está haciendo su agosto mientras tantos permanecemos aquí, resignados en este letargo primaveral. Me quedaré en lo políticamente terrenal. Tenía ganas de verte. Aunque sea a distancia, haciendo este esfuerzo por hablarte así, con la voz hueca, anulada por la profilaxis inocua y por todo este tiempo sin practicarla. Haciendo este esfuerzo por no acercarme a oler tu piel.

Estos días planos y uniformes nos han aplacado el ánimo. Entumecido los músculos, pero también, bastante, las ideas. Al principio nos lo tomábamos como un reparador retiro, si se quiere espiritual, pero también, por qué no, material. Se nos hacía agua la imaginación con todo lo que podríamos crear y recrear en casa. ¿A que ya no montamos tantos aperitivos televisados ni sesiones de crossfit bajo el peligro cierto de las lámparas? Y la única fiesta pública y permitida era a las ocho, para los que tienen balcón. Claro, que ahora hay quien pide que no se salga. Que esos homenajes, como toda esta clausura, debe ser que emanan un tufillo bolivariano. Y tú, ¿cuántos panes y bizcochos revolucionarios te has hecho desde la última vez?

No quise preguntarte mucho más, quiero decir por tus normalidades, seguramente más avanzadas y atrevidas que las mías. A mí ya me van a dejar pasear, y llevo tres lunas pensando qué me voy a poner. La puerta del armario ha crujido al abrirla, he necesitado desescalar la ropa más ligera, corbatas negras no tengo, y mañana o pasado tendré que escalar el abrigo. Pasada la cincuentena, ya no sé si tendré el mismo ritmo, si media hora diaria de anaeróbicos y otras diez completas de contener la respiración y mirar al cielo raso, como Cortázar llamaba al techo, habrán servido para mantenerme a tono. Temo ir como un borracho por esas calles sin haber probado una gota de güisqui. No me digas nada, luz del Edén, pero ¿es verdad que los ciervos corren por las avenidas?

Tu mirada lo decía todo, y seguramente la mía. Es verdad que andamos ya todos jartos de este estado que leo, cielos, que es pre comunista, nos faltaba eso. Es verdad que hemos pecado de más pizza y chocolate de lo que debíamos, pero, al fin y al cabo, ¿de qué más podíamos pecar? Es verdad que hemos tenido lapsos de debilidad, que no hemos conseguido ser todo lo activos y dinámicos que nos habíamos prometido, total, ¿qué esperábamos? Pero es verdad que hemos visto el cerco cerrarse, rondar muy cerca, y aún hoy no sabemos… Y que no ha habido día, de estos cincuenta, que no hayamos sentido la punzada, bien fuera en las fibras periféricas o en el centro mismo. Y no van a dejar de doler. Lo sabemos y lo decimos con mirarnos. Al menos, después de todo, yo te he visto bien. Pero, con este mundo parado y el corazón confinado, ¿qué vamos a hacer?

No se te ocurra decirme, te pedí. Pero presumo que por esas fases de las que vienes, se respira algo mejor y se hace sitio la esperanza. Ah, no sabías que habían hecho una fiesta, y todo porque que les daba pena cerrar el hospital de la feria, ni palabra ni pena de la feria que hicieron con los hospitales. ¿Y de la orgía que hicieron con las residencias? Calla, canalla, respira, respiro hondo otra vez. Volver a leer los cien años me hizo correr la mente como un manantial, pero ahora, adentrarme por fin en Rayuela me vuelve a espesar. No creas, ya metido, no me voy a desenganchar. ¿Sabes que no ha habido noche que no haya soñado con una barra de bar? Sí, perdón. ¿Sabes que no ha habido noche que no haya soñado contigo en la barra de un bar? Pero no me contaste, mejor, si tú ya te dejas ver por los bares y mundos de tu normalidad.

Yo tampoco te conté que ayer tuve miedo de escuchar mi voz. Acumulé tomas falsas hasta que decidí salir así. No sé si te diste cuenta. Había pasado demasiado tiempo, siete semanas y no me equivoco. Fue aquel largo paseo que llegó hasta donde nuestros codos se besaron por primera y última vez. Desde entonces, no he parado de buscar. Pero decía Gabo que la búsqueda de las cosas perdidas está entorpecida por los hábitos rutinarios, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas. No me extraña, entonces. No he sabido salir del bucle, dejar de dar vueltas y hacer solitarios. D escuchar, consumir y devorar noticias, opiniones, expertos… y al final del día, todos los días, estar seguro de saber menos. Acostarme con ruido y dormir aislado.

El Sol no ha dejado de salir, solo que hasta ayer no tuve el placer de que viniera a visitarme. Fue apenas un momento, y enseguida volviste a tus castillos. Que sepas, de fase 0 a fase 1, que me alegro de verte. De vislumbrar en tus ojos que aún sonríes. Confío en que habrá merecido la pena el esfuerzo sobrehumano por guardar el abismo preventivo, tan distanciada forma de quererte. Que me perdones y comprendas esta anticristiana cortesía de pedirte que no te quitaras el velo. Cuídate, sultana. Vamos a empezar soñar que a lo mejor volvemos a tener rostro, manos y vida. La que se nos detuvo un sábado, y ayer fue el séptimo viernes.

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