Información en la sociedad de la confrontación

No es lo mismo criticar que acusar. Eso, deberíamos recordarlo. Hay notable diferencia entre expresar la disconformidad más rotunda con cualquier acción, medida o política. Y tachar a su autor de incompetente, mentiroso, traidor… y lo que caiga. No digamos ya si se le acusa de acciones, medidas o políticas que no ha tomado. Pero esa ya es otra cuestión. El caso es que la prensa internacional nos destaca por ser el país donde la confrontación política se hace más manifiesta en medio de la gestión de la pandemia que asola a más de medio mundo. Entre los países democráticos, queremos decir. A cualquier gobierno central, regional, federal, local o cantonal de esas naciones se le habrán cuestionado o criticado alguna o muchas de sus decisiones en esta crisis. Aquí, directamente, se acusa. Unos a otros y los otros a los unos cuando la relación de poder se invierte, ya que el mapa político propicia esas contradicciones y situaciones paradójicas. Y, por lo general, se tiende a derivar el debate técnico hacia el lodo ideológico, a los mismos lugares comunes que llevamos años visitando.

La confrontación en la esfera política no es sino el reflejo de una sociedad dolida, crispada y polarizada, con todas sus sensibilidades a flor de piel. Y no resulta fácil, cada sociólogo desgranará su teoría, discernir quiénes van por delante de los otros, esto es, quién alimenta a quién. En medio de este fuego cruzado, viven los medios de comunicación. Por un lado, tratan de mantener su compostura como pilar esencial y responsable de la sociedad, pero por otro, se ven obligados a sobrevivir. Y a veces, se dejan llevar y desbordar, inconsciente o decididamente. En periodismo, la frontera entre criticar y acusar está, en su manual básico de uso, bien delimitada: Matías falla un gol; Matías está jugando realmente mal; Matías es un tuercebotas. Información, valoración y opinión. Pero nunca se debería titular: “Matías, el tuercebotas, saldrá hoy en el once inicial”. Y, sin embargo, si trasladamos al pobre Matías al mundo de la política, observamos a diario la profusión de titulares que van esa línea, tanto si juegan a favor como si vienen en contra. Que opinan, acusan y confrontan.

Aparte de otras consideraciones, los medios no pueden vivir ajenos a la realidad social, y no pueden ser sino reflejo de esa confrontación que la impregna y trasciende a todos los ámbitos. Hasta en de los temas más inocuos se informa en términos de éxito y fracaso, de competencia, de ganadores y perdedores. Para ciertos medios, siempre va a estar claro quién merece medalla y quién castigo eterno, sean cuales sean los hechos. Pero hasta los medios, digamos, no declaradamente partidarios o ideologizados, se prestan al juego. Se tiende a comparar, a contraponer. En la información sobre los efectos trágicos de la pandemia, cuando se dan los datos de los países, hay una implícita -o a veces muy explícita- valoración de cuáles lo están haciendo bien y cuáles escandalosamente mal. Parece fácil reflejar que, a más contagiados y muertos, peor gestión y más ineficacia de sus gobernantes. Entonces, en España nos miramos con Italia, con Francia, con Reino Unido, si interesa se pone como ejemplo a Alemania, Portugal o la lejana Corea del Sur; o, por el contrario, Estados Unidos o Brasil, si se pretende ver la botella por el otro lado. Lo que no se usa es informar es de que, posiblemente, las pandemias, como las borrascas, no tienen por qué atacar uniformemente, y sus efectos pueden no dejarse sentir por igual en todos los sitios. Eso, independientemente de los errores coyunturales -malas o tardías decisiones- o estructurales -decisiones o medidas anteriores cuyas consecuencias se hacen patentes ahora- que cada país y sus gobiernos hayan podido cometer, y de hecho habrán cometido. Que habrá tiempo de analizar, pero no parece que ahora sea exactamente el momento.

Inmejorable ejemplo lo tenemos con las fases de desconfinamiento en España, anunciadas ayer por el Gobierno. Al momento cayeron las noticias como si de la Champions League o los mundiales se tratara. Galicia, País Vasco, etc… avanzan a la siguiente fase, Madrid y Cataluña no pasan, Andalucía y la Comunidad Valenciana van, por así decirlo, a la repesca. Como si las que seguirán en la fase 0 quedaran irremediablemente eliminadas y abocadas al fracaso, y las 11 “clasificadas” quedaran como las candidatas a dirimir el título de campeón nacional de la desescalada. Todo en clave ganadores y perdedores, éxito y fracaso, y esos mapas que delatan con los colores, para ilustrar la gloria y la ignominia. Se podía haber informado de que, en realidad, todo el país sigue convaleciente, que unas zonas denotan estar más recuperadas que otras, o han resultado menos afectadas, pero el objetivo es que todas lleguen a estar plenamente recuperadas. Así ha intentado hacerlo ver esta mañana el portavoz Fernando Simón. Pero sería muy aburrido contarlo así. Hay que dar espectáculo, y qué mejor que apelar a las rivalidades regionales o provinciales, total, a falta de Liga… Y claro, los representantes políticos de las comunidades supuestamente agraviadas no han tardado en saltar a la palestra, a clamar la injusticia y la manifiesta intencionalidad política de la decisión. Exactamente lo mismo que los presidentes de club que denuncian una campaña arbitral. Y no les fallarán esos determinados medios que, como si del Marca o el Mundo Deportivo después de un clásico se se tratara, acudirán prestos al auxilio de sus compungidas aficiones. Por cierto, menos mal que Madrid y Barcelona “empatan” por ahora. Porque entonces sí que la hubiéramos tenido.

Y ya un último o penúltimo detalle. Por supuesto que, en un país democrático como el nuestro, la opinión es libre y cualquiera está en su derecho de emitirla en público. Y manifestar lo que considere sobre el tema que crea oportuno, a través de los canales que le brindan o que tiene a disposición. A la sociedad receptora de esas opiniones le corresponde, asimismo, valorarlas. Y opinar sobre ellas según su parecer. Por lo demás, cada uno está en su derecho de otorgar credibilidad a quien piense que la merece. A una científica, a un político, a una deportista, a un actor… Cuanta más madura sea una sociedad, se supone que otorgará más valor a la opinión de una persona o entidad entendida en una determinada materia que a otras que son expertas en otras. Pero eso no se puede imponer, tiene que darse espontáneamente. En el hecho actual que nos ocupa, hasta algunos de los más acreditados conocedores -virólogos, epidemiólogos, doctores de prestigio…- han patinado en sus vaticinios, así como otros han reconocido su incapacidad para hacer un diagnóstico de la situación. Entre las celebridades de otros ámbitos, ha habido lo mismo. Unos que han declinado opinar, porque no se consideran aptos para ello, y otros que no se han cortado en hacerlo, porque es verdad que la situación nos incumbe a todos y se sienten en la potestad o necesidad de decir algo. Unos y otros están en su derecho. Los medios, también lo están a la hora de recoger todas las opiniones, y es normal que piensen también en la repercusión que puedan alcanzar según de quién vengan. Son las audiencias, el público, las que han de decidir lo que les vale y lo que no. Si prefieren el conocimiento o el espectáculo. Si eligen lo que une o lo que confronta. Y si se decantan por lo segundo en ambos casos, ese problema tenemos.

En fin, estamos ante un pavoroso incendio que lleva dos meses abrasándonos y que está dejando grandes extensiones quemadas, vital, anímica y económicamente. Hay quienes hemos pensado siempre que lo prioritario es correr todos juntos a apagarlo, acaso reducirlo a rescoldos, y sofocar en lo posible sus futuras consecuencias. Ya habrá tiempo de investigar, analizar, preguntarnos y preguntar por qué. Ahora debería servir, al menos, para unirnos. Pero ya sabemos que no todos piensan así. Esta catástrofe ha tenido la malvada inoportunidad de sobrevenirnos en pleno apogeo, en muchos países y en España muy evidente, de una sociedad de la confrontación. Está tan arraigada que ni un fenómeno global de estas dimensiones está siendo capaz de revertirla, siquiera corregirla. Posiblemente porque sólo podamos cambiarla desde dentro, quitarnos nosotros la capa, en vez de esperar que un agente externo nos despoje de ella. ¿Podrían, podríamos ser los medios y profesionales de la información los que empezáramos a ganar alguna pequeña batalla? Un romántico, decían, es aquel que nunca pierde la esperanza.

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