El comunicador salvaje

Hay grandes comunicadores que nacen, algunos se hacen y otros, muy pocos, surgen por generación espontánea o por un fenómeno de la naturaleza. Y éstos terminan por ser los mejores. El caso de Michael Robinson se parece, a su manera, al de Felix Rodríguez de la Fuente, cuya figura se ha evocado, dentro de lo que se ha podido, al conmemorarse los 40 años de su desaparición. Y que me perdonen. Pero nuestro mítico naturalista de los años setenta era un odontólogo al que su afición por la cetrería le granjeó unos contactos que propiciaron que un día le invitaran a un programa de televisión, de la única que había en España. Y allí, no solo vertió su extenso conocimiento de la fauna, forjado desde su niñez. Desplegó toda su su fuerza comunicativa, su pasión y su capacidad de transmitirla. De aquel plató puede decirse que ya no salió y, sin sospecharlo, comenzó una carrera mediática que lo convirtió en uno de los personajes más influyentes -o habría que decir más creíbles- de aquel tiempo. Y no exagero si digo que su influencia aún permanece en muchos de los niños que vimos y escuchamos todo aquello que nos contó y nos enseñó.

Pues la aventura de Michael es bastante paralela. Futbolista inglés poco conocido que llega a Osasuna -que no encontraba en el mapa-, luchaba, se peleaba con los defensas, perseguía todos los balones, se ganó el cariño de aquella afición, de la ciudad. Y un buen día llega recomendado a una emisora de radio para comentar un partido. Porque era un tío simpático e ingenioso. Si mal no recuerdo, fue en la Antena 3 de José María García, un partido de la selección española (pero puede que me equivoque). Qué descubrimiento, dijeron, qué gracia, pero además, qué tino comentando y revelando detalles inusitados de lo que pasaba en el campo. Ese día inesperado, como el de Félix, comenzaba su nueva carrera. Luego llegó TVE, el Mundial de Italia 90 -enseñaba el plumero, más que se le veía, en los partidos de Inglaterra-, Alfredo Relaño lo fichó para el Plus… y hasta ayer, en fin, lo que está ya plasmado en las biografías.

Pero la cuestión fue que no sólo los medios descubrieron a un comentarista distinto e interesante. El propio Robinson descubrió el periodismo, y se descubrió a sí mismo como comunicador. Esta profesión se queja, y muy a menudo con razón, del intrusismo, de gente que les quita el papel y el espacio -y los contratos- sin más mérito ni oficio que su nombre. Pero hay casos, contados pero extraordinarios, en los que llega alguien de otro planeta y parece que haya vivido toda su vida en él. No fueron sólo su conocimiento del fútbol de a pie de cancha y vestuario, no sólo las dotes comunicativas que traía en bruto y después fue perfeccionado. Era que, viniendo de fuera, traía perspectivas que los de dentro no tenían. Captaba cosas que se les escapaban a los inmersos en la vorágine de la actualidad, abría ángulos informativos como el futbolista de cabeza alta que ve espacios y jugadas más allá del balón que tiene en el pie. Y como él mismo no se tomaba en serio, se atrevía con todo, y eso le hacía indómito, salvaje en la mejor expresión de la palabra.

Así, ya lo saben, fue progresando y evolucionando en este mundo. Nunca dejó el puesto de comentarista con el que tanto se divertía, y el destino quiso que su última parada fuera su querido Anfield, aunque el partido finalmente se le atravesara, casi al mismo tiempo que la salud. Pero más allá de la cabina, junto a Carlos Martínez, empezó a hacer sus entrevistas, a fabricar sus reportajes, a presentar programas, a dirigirlos… y todo lo hacía distinto, con su sello, y funcionaba. Siguió en el fútbol, pero continuo con sus otras pasiones -rugby y golf- y pasó a explorar otros deportes. Sacó vistas nuevas de lo que veíamos, y exploró en lo que no se veía, fundamentalmente en las personas que había detrás de los deportistas. Sí, el interés humano que en su día, en la facultad, nos decían que iba a ser el futuro del periodismo, y que hoy con frecuencia nos venden como tal pero en realidad es otra cosa. Michael sabía ver el lado interesante, contarlo a su manera y hacerlo seductor para el público, siempre con honestidad y con vocación innegociable de dignificar su labor y el objeto de ella.

Hablando de la manera de contarlo, hasta nuestros días ha seguido mucha gente llana -vamos a llamarlos así- mofándose de su acento. Que no es otro que el de cualquier británico que aprende nuestro idioma -y sólo eso ya es una gran novedad. Pero por mucho que lo aprendan y lleven décadas hablándolo, nunca les pidamos que acierten siempre con los números, los géneros y los pronombres. Es imposible, no les cabe, como no nos caben a nosotros sus 28 sonidos vocálicos o los infinitos verbos con partícula. Pero habrá que decir que, más allá del primer Robinson que se puso al micrófono con sus 100 palabras y 30 tacos en castellano, con el tiempo llegó a manejar un léxico y una riqueza verbal que ya quisieran muchos españoles, entre ellos, los cervantes de barra de bar que se burlaban de su manera de expresarse.

En realidad, ¿qué hacía Michael Robinson? Pues, simplemente, ver el mundo, aprender de él y contarlo. Nada distinto de lo que define el oficio de periodista. Él lo aprendió sobre el terreno, como quien tiraba desmarques y remataba balones como vinieran. Pero este oficio, bien ejercido, requiere una postura de humildad, hacia los hechos que van a ser contados y hacia el público que al que se van a contar. Y él nunca la perdió. Luego, estaba su personalidad arrolladora, su capacidad de transmitir, su pasión incontenible… Lo que le ha hecho querido e imprescindible. Y lo que le ha convertido en un comunicador salvaje. Escuchaba anoche a Carles Francino que Michael hubiera sido un magnífico editor de prensa. Yo sólo puedo decir que cuánta falta nos hacen tíos como él.

No hay mucho más que pueda añadir sin repetir. Ayer se vertieron, y hoy seguirán, cientos de artículos, homenajes y reconocimientos en radio, en televisión y en prensa, sobre todo, de gente que lo conoció y lo quiso. Sabiendo de su vida y de la felicidad que dicen que dio y decía él que disfrutó, me acuerdo de la canción de Elton John, and it seems to be you lived your life like a candle in the wind. Y no es Marilyn Monroe ni Lady Di. Es Sr. Michael Robinson. No sólo habrá que darle las gracias por todo, sino, sobre todo, por haber sido él. Perdón por terminar con lo de siempre, pero tipos así nunca caminan solos, ni caminaran solos los que lo vivieron y los que disfrutamos y aprendimos de él. Por donde vayan, por donde vayamos…

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