Cuando fui Rensenbrink

Me dejaba la camiseta por fuera y me la arremangaba hasta los codos. En eso, al menos, conseguiría parecerme a él. Sí, yo era de la oranje, eso era innegociable. Pero podía haberme hecho de Cruyff, de Neeskens, Haan, Krol, Rep… y sin embargo, me dio por querer ser Rob Rensenbrink. Cierto que en el mundial de Alemania 74 me pudo parecer un secundario al lado de sus compañeros de selección, que la mayoría ya eran grandes cromos de los álbumes de fútbol. Pero me deslumbró la lección de fútbol que dio en la final de la Recopa del 76, que su Anderlecht le ganó 4-2 al West Ham -en el que jugaba un lateral barbudo llamado Frank Lampard, que resultaría ser el padre del ex jugador y hoy entrenador del Chelsea que todos conocemos. Ganarían una segunda Recopa dos años después, 4-0 al Austria de Viena, con otra exhibición suya.

Y llegó el mundial de Argentina 78. A esas alturas, Rensenbrink se postulaba ya como uno de los mejores futbolistas de Europa, si no el mejor. Durante el campeonato, dio motivos para ello, y como dato estadístico, marcó el gol número 1.000 en la historia de los mundiales. Pero el destino no le eligió para la gloria. Su tiro al palo en el último minuto de la final contra la albiceleste le privó, claro, a la selección neerlandesa de proclamarse campeona del mundo. Y a él, de ser máximo goleador del campeonato y a la postre Balón de Oro ese año -le dieron el de bronce, había ganado el de plata dos años antes secundando a un tal Beckenbauer. Pero, además, esa ocasión frustrada evitó posiblemente un problema de protocolo -y quizás de orden público- mayúsculo. Los Países Bajos habían estado a punto de no disputar aquel mundial, en señal de boicot a la junta militar que había tomado el poder en Argentina dos años antes. El parlamento neerlandés votó finalmente acudir a la cita -creo que por un solo voto-, pero con una condición: si ganaban la Copa del Mundo, su capitán no recogería el trofeo de manos del general Videla -en aquellos tiempos lo entregaba el jefe de Estado del país anfitrión. Así que, de haber entrado aquel balón, el lío hubiera sido considerable, en el palco y en toda aquella grada entregada del Monumental. El célebre maracanazo hubiera sido una tontería al lado de la que se habría montado allí. De hecho, jugadores oranje que recordaban la jugada decían estar seguros de que el árbitro hubiera anulado el gol por la razón que fuera. No podía ser que ganaran ese partido.

El caso es que se quedó en el poste, y ese recuerdo le perseguiría toda su vida. Más o menos como a Cardeñosa lo suyo, curiosamente en ese mismo mundial, aunque éste si fue un fallo clamoroso, y lo otro más bien un remate in extremis que no entró de milagro. En cualquier caso, habrá que recordar, y ahora con más motivo, que Rensenbrink fue un futbolista descomunal. Junto con Johan Cruyff, quizás el de más clase de aquella generación de peloteros excepcionales que cambiaron el fútbol. Y se parecía mucho. Hasta en el físico. Pero, sobre todo, su regate en carrera, su cambio de ritmo, su talento tanto para definir como para levantar la cabeza y ver la jugada. Sí les diferenciaba algo fundamental: el carácter. De Johan ya conocemos su arrolladora personalidad y liderazgo. Robby, en cambio, era más bien apocado, frío, a veces apático. Y algo irregular. Aquí hubo quien le dedicó el tópico -tan manido entonces- de que era el Curro Romero del fútbol mundial. Podríamos compararlo en cierto modo con Guti, pero tampoco eran exactamente lo mismo. El caso es que había partidos en los que no aparecía, y otros te los ganaba él solito. No, eso no lo hace nadie, ni Messi. Pero es que el día que salía jugón, hacía jugar a todos los demás. Como en aquellas finales de Recopa mencionadas o en varias actuaciones con la oranje, por ejemplo aquel 5-1 a Austria en Córdoba. Se alineaba de extremo izquierdo, pero cuando estaba inspirado, aparecía por todo el campo. Y sí, entonces, era inevitable decir que se parecía a Cruyff.

Indiscutible en el once titular de aquella recordada selección neerlandesa, podemos decir que Robert fue un holandés particular -sí, holandés porque nació en Ámsterdam, Holanda. Pero no pasó por el Ajax. Empezó en el otro club de la ciudad, el DWS, y claro, los ajacied intentaron captarle. Pero se marchó a Bélgica, y allí desarrolló prácticamente toda su carrera, primero en el Club Brujas, pero sobre todo en el Anderlecht, donde se convirtió en su jugador más histórico. Unos años después se le unió Arie Haan, que venía de conquistar las tres Copas de Europa consecutivas con el Ajax. Y con otros jugadores como Van der Elst, Van Binst o un joven Franky Vercauteren, formaron uno de los equipos estelares de Europa en aquellos años. Que en la competición doméstica tenía que vérselas con otro equipazo, el citado Brujas, finalista de la Copa de Europa en 1978. Sin duda, una de las épocas más brillantes del futbol belga, que empezó por los clubs y luego se trasladó a su selección.

Después de Argentina 78 comenzó su declive, y no dejó ya mucho más. Pero aquellos cuatro años -que en realidad fueron dos de estrellato- me marcaron. En ese mundial inolvidable vistió el número 12. Por aquel tiempo, un baloncestista yugoslavo -bosnio, concretamente- me sedujo asimismo por su genialidad, y sobre todo, por su estilo. Era Mirza Delibasic, y en su equipo de origen -antes de fichar por el Real Madrid– también lucía el 12. ¿Adivinan cuál sigue siendo mi número preferido a día de hoy? Claro, lo del dorsal era mera coincidencia. Pero tanto en Rensenbrink como en Delibasic (aquí le recordaba también), cada uno a su manera, en su deporte y con su personalidad, veía algo de lo que quizás yo quería ser. Cada adolescente tiene sus referentes, y estos eran los míos. Ah, junto con Björn Borg, que también reinaba en esos años, éste no vestía ningún dorsal. ¿Qué tenían en común, aparte de ser tres genios en sus respectivos deportes? Tal vez aquella frialdad en escena, que bueno, en el caso del bosnio era sólo aparente, o la demostraba exclusivamente en la cancha. Tal vez ese cierto hieratismo que mantenían y no perdían en plena acción. No lo sé… Desde luego, su talento tenía algo especial y muy personal.

Luego leí que a Rensenbrink le llamaban el hombre serpiente, porque un entrenador húngaro metaforizó así lo escurridizo que era para los defensas. Pero también, quién sabe, su sangre fría podría hacerle acreedor al sobrenombre. Y tan flaco que era… Lo que sí decía todo el mundo es que era un hombre muy tranquilo, y así llevó toda su vida después de retirado del fútbol. Su padre fue constructor de barcos y él sólo quería ser carpintero. Pero resultó ser un futbolista excepcional -elegido por Pelé entre sus 150 mejores de la historia-, uno de los solistas principales de aquella orquesta futbolística que llamaron naranja mecánica.

No es tan fácil encontrar vídeos suyos como de otras estrellas contemporáneas, pero este puede ser bastante representativo de su arte: The Snake Man – Robbie Rensenbrink. Y curiosamente, la gran mayoría de reseñas que pueden encontrarse estos días en Internet, tras conocerse su muerte, son de medios y webs argentinas. No es de extrañar. Durante un segundo, les paró el corazón. A mí me lo ha roto un poco más, una mañana de domingo.

Y sí, horas después asistíamos a la impactante desaparición de un astro del deporte que, si ya de por sí era una potencia mediática, a partir de ahora queda elevado a la categoría de mito. La noticia, que días después mantiene su eco, eclipsó otras que sucedieron durante el fin semana. Por ejemplo, los que deberían ser deslumbrantes -pero han quedado algo deslumbrados- éxitos del waterpolo y el balonmano español. Y todas las demás, internacionales o domésticas, que se han producido en el deporte. Entre ellas, ésta a la que dedico este post, y de hecho, he decidido esperar unos días. Sin desmerecer en absoluto la inmensa figura de Kobe Bryant, y sin tener ya apenas qué añadir a lo profusa y merecidamente escrito, he querido dedicar este espacio a este otro deportista. De otro tiempo, lejos de la repercusión universal y viral de la que gozan las grandes estrellas de hoy… pero que a mí me toca la fibra sensible. Porque fue mi ídolo. Y cuando digo ídolo, quiero decir que en algo me influyó. Sí, hoy me acuerdo de cuando fui Rensenbrink.

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