¿Quién debe mirárselo, Messi o Argentina?

Se puede tirar del carro, pero si el carro no tiene ruedas… Seguramente Messi pasará a la historia como el mejor futbolista que se haya visto. El que más cosas geniales ha hecho durante más tiempo y más veces. El que ha regalado más momentos inolvidables y asombrado por la facilidad con que realizaba obras increíbles, una y otra y otra vez. Pero también se le recordará como el que no consiguió reinar en el escenario más grande del fútbol, el Mundial. El que no pudo llevar a Argentina a los cielos, como sí lo hizo tantas veces con el Barça. Y los argentinos no se lo perdonan. Si el cuento acaba como parece que va a acabar, no se lo perdonarán nunca.

Hay que reseñar, echando mano de la memoria, que la historia de Messi en los mundiales sería tal vez muy distinta si en su primero, en 2006, un seleccionador llamado Pekerman, que hoy entrena a Colombia, no hubiera sido tan pequeño y hubiera apostado por él cuando tenía 18 años. Como sí apostó el brasileño Vicente Feola por un tal Pelé, con un año menos, en el de 1958. Ambos habían iniciado el campeonato en el banquillo, y el brasileño emergió para llevar a Brasil a su primera Copa del Mundo en Suecia. El argentino ya había dejado jugadas, goles y desequilibrio, pero en cuartos se quedó viendo cómo perdían en los penaltis un duelo en el que habían sido muy superiores a Alemania. Con unos minutos que hubiera saltado al campo, los hubiera puesto en semifinales… y quién sabe después. A lo mejor, lo realizado en posteriores mundiales hubiera sido ya por añadidura, como de alguna manera lo fue para O Rei. Historias paralelas que en un determinado punto tomaron rumbos muy distintos.

A partir de entonces, las impresionantes cimas futbolísticas alcanzadas en Europa le convirtieron en el mesías argentino, en la gran esperanza de un país que lleva 32 años sin volver a ganar un Mundial. Sobre él ha caído toda la responsabilidad, la pasión, el tremendismo de un pueblo futbolero a muerte, vehemente y fervoroso como pocos, para lo mejor y para lo peor. El problema, tal vez, es que han visto a Messi tan grande que todo se lo han confiado a él, y se han olvidado de lo demás. Ya no se acuerdan de la Argentina de los 50, 60 y primeros 70, que producía sensacionales futbolistas, pero la selección nunca funcionaba en las citas mundialistas porque eran una banda de virtuosos que tocaban a su bola. Ya no se acuerdan de que a Menotti le dejaron trabajar cuatro años para construir un verdadero equipo salpicado de grandes jugadores, con el que ganaron “su” mundial en 1978. De que a Bilardo, con su estilo bien diferente, también le dejaron margen y tiempo, y pudo organizar una escuadra bien armada en torno a Maradona -decir que el Mundial del 86 lo ganaron El Pelusa y diez “mataos” es una simpleza falaz. Ya no se acuerdan de aquello, y han vuelto a caer en su pasado de elevadísimas expectativas y enormes frustraciones.

En la albiceleste, Messi ha tenido de seleccionadores al citado Pekerman, a Basile, ¡Maradona!, Batista, Sabella, Martino, Bauza y ahora Sampaoli. Cada uno con diferentes ideas y sistemas. Incluso algunos probaron varios sistemas porque cambiaban según la cosa no funcionaba. En estos años, Argentina ha reunido, como siempre, una fabulosa colección de futbolistas, sobre todo de ataque, y los han ido combinando, entrando unos y saliendo otros, permutando sus posiciones según el dibujo táctico… Da igual, la idea central, el único plan, ha sido que tenían a Messi. Creyeron que bastaba con esperar a que hiciera lo que ha hecho siempre en el Barcelona. Eso sí, sin que sus acompañantes hicieran nada, ni por asomo, de lo que hacían Xavi, Iniesta, Busquets, Jordi Alba… Todos parados esperando a que el genio invente algo. Y claro, las defensas y mediocampos rivales pendientes únicamente de que el genio intentara inventar algo. No es que no tenga ruedas, es que a ese carro se las han puesto cuadradas.

Y toda la presión encima, todos los focos, las miradas, las súplicas y las ofrendas. Decía Rakitic en la previa del Argentina-Croacia que a Leo le cambia la cara cuando va con su selección. Y nada más cierto, solo que él lo diría supuestamente en positivo, y es absolutamente en negativo. El gesto se le alarga, la mirada se le baja, pareciera que sale al campo animado y a los 20 minutos, como las cosas no estén rodando, ya se le nota que está viviendo un suplicio. Y cuando pasa lo que pasa y sobreviene lo que sobreviene, todo le cae a él encima. Argentina no es un país, es un continente, y entero sobre las espaldas debe pesar lo suyo. Con toda su gente y toda su prensa, no olvidemos que ésta suele ser el reflejo de aquella. Tanto fracaso -si es que se puede considerar tal haber llegado a la final en Brasil 2014-, tanta ilusión nacional tirada una vez más al garete, a la pampa o al glaciar… Qué va, no es un carro. Es una diligencia en la que viajan 44 millones de argentinos más diez futbolistas, un entrenador y un presidente de federación.

Salvo milagro -ojo, nada es imposible- en Rusia 2018 y quién sabe en Qatar 2022, todo indica que Messi se retirará del fútbol sin poder llevar la dorada Copa del Mundo a su espectacular palmarés. Tampoco sería para sentirse un fracasado, aunque no faltará el ventajista que apelará a este boquete en su currículum para afear su historial. Se olvidarán los forofos madridistas de que su amado Alfredo Di Stefano nunca tuvo presencia significativa en esta competición. Se olvidarán los culés nostálgicos de que su venerado Johan Cruyff jugó un excepcional mundial en Alemania 74, pero no lo ganó. Y tampoco lo han ganado Platini, Zico, Rummenigge, Van Basten -éste tuvo una presencia testimonial en Italia 90… Total, unos tuercebotas.

Los hechos, lo que se ve y se disfruta sobre el campo, son los que califican a los futbolistas. Y Leo Messi ha sido, por muchísimas razones, el mejor que al menos yo he visto, con mundial o sin él. Y si no lo han ganado con él, quizás quien deba mirárselo sea Argentina.

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