Ni Messi ni menos…

Una fotografía instantánea puede ilustrar muy bien un momento, pero no reflejar toda una vida o una época. El legado futbolístico de Leo Messi no se puede reducir a esta temporada, al día ese en Lisboa o a los acontecimientos de la última semana. Mucho de lo que se está diciendo ahora de él y en torno a él puede tener su razón o no, pero no está puesto en contexto. Uno piensa, y lo ha defendido donde ha hecho falta, que es el mejor futbolista que ha visto. Que si el vídeo a toda velocidad de las más sublimes jugadas de la carrera Maradona dura, pongamos, media hora, el de Messi, con la misma producción y criterio de selección, va por su sexta temporada cuando el de Diego ya ha terminado. Y son 16 las que lleva en la élite. Luego están los equipos, que son los que ganan los títulos. Siempre. En el Barça de la década que termina, Leo vivía en el paraíso, en las playas de Polinesia y en los anillos de Saturno, y sumaron sin parar. En la Argentina con la que le tocó jugar y con los entrenadores que desfilaron, era una tortura. Esta temporada ha vivido quizás de azulgrana lo que tantas veces le tocó sufrir de albiceleste. Y es cierto que él tampoco lo ha sabido encauzar.

Es el mejor futbolista que he visto, pero sí hay algo en lo que no ha sido mejor que Maradona, Cruyff o Beckenbauer. En liderazgo. A Di Stefano no lo vi, pero creo que también le ganaba de largo. Aquellos mandaban dentro y fuera del campo, imponían, llenaban con su presencia el rectángulo de juego, el vestuario y, cuando hacía falta, los despachos. Para ser líder, en un equipo de fútbol como en una empresa o en la junta de vecinos, hay que saber ganarse el respeto y la confianza de todos. No sólo de tus amigos. De los que no lo son, de los que ni conoces porque acaban de llegar y hasta de los que te caen o les caes mal. Y Messi no lo ha hecho, porque no ha sabido o porque no ha querido. Sobre el césped dirigía las operaciones con su juego y hasta con la mirada, pero antes y después de los partidos, desaparecía y sólo sabían de él los muy suyos. A explicar lo del Bayern salió Piqué. Ahora he entendido que lo que le ha pasado a Leo esta temporada -en la que no ha jugado ni mucho menos mal, sino más bien todo lo contrario- es lo que le ha pasado sistemáticamente con su selección -en la que tampoco jugó ni mucho menos mal. Cuando todo va rodado, él vuela. Cuando la nave no despega, él no es capaz de ponerle alas.

Son futbolistas, pero con las botas puesta o sin ellas, son personas. A Beckenbauer no había quien le tosiera, después de jugador fue entrenador, presidente de la federación y, si hubiese querido, canciller alemán. Cruyff fue un visionario que detectaba cosas en el campo y fuera de él que los demás ni se figuraban, y supo hacer partícipes de su sabiduría tanto a sus compañeros como a los pupilos a los que entrenó. Maradona, con todos sus altibajos, irradiaba pasión, y con ella era capaz de encandilar y echarse a la espalda a sus equipos, a la afición y a todo su país. Messi ha seguido siendo el mismo buen chico que debutara con 17 años. Un buen chico que ha hecho con la pelota lo que nadie, como nadie y más veces que nadie. Pero los capitanes eran otros. Cuando le entregaron el brazalete, no supo ejercer. Claro, eso tenían que haberlo pensado. Tanto la AFA, la federación argentina, que se lo encomendó mucho antes, como el FC Barcelona, que se lo dio al marcharse Andrés Iniesta, después de haberlo portado nada menos que Carles Puyol y nada más que Xavi Hernández. Pero optaron por lo icónico, más que por lo que supone realmente la capitanía, que va mucho más allá de salir el primero al principio o recoger el trofeo al final.

No quiero parecer muy cruel si digo que, en cuestión de luces, Messi en el campo las tiene todas, pero fuera, parece que ande un poco a oscuras. Pero no es culpa suya. Son las personas, y cada uno es como es. El error, quizás, ha sido de quien le ha dado el mando, el poder y los caprichos. Y que parece que no se lo han dado por su capacidad, sino más bien por el deseo de agradar al chico y que no tuviera la tentación de irse. Amenaza que no tanto él, pero sí su entorno, vino esgrimiendo con habilidad, sobre todo, cuando se oteaban en el horizonte las fechas de renovación. Amenaza que nunca pensé que fuera a cumplir, como no la cumplió cada vez que anunció su renuncia a la selección. Amenaza que no me termino de creer, porque, sinceramente, no me lo imagino viviendo en otra ciudad, en otro hogar que su Barcelona a la que llegó con 13 años, al contrario que otros, que a los 22 años ya han vivido en tres o cuatro países y no tienen ningún problema de arraigo. Pero amenaza que parece que ya no lo es, sino decisión sin vuelta atrás. ¿O no? Veremos… Desde luego, si finalmente se va al Manchester City, mucho va a perder, pero algo sí va a ganar. Estando quien está allí, él no va a mandar. Y eso le puede venir bien.

Desde luego, no todo lo habrá hecho bien Messi para llegar a esta situación. Y no todo lo habrá hecho mal la directiva del FC Barcelona, pero me cuesta encontrar qué. Porque, entre otras cosas, la gestión deportiva de un club no puede girar en torno al objetivo principal de mantener contenta a su principal figura. Por muy Messi y muy futbolista mejor de la historia que sea. El club debe tener personalidad y demostrar que está por encima de cualquiera, incluso de los propios que lo dirigen. Y al final, la vida pasa y todo tiene que pasar. Dicen, no lo viví, que también fue traumática la marcha de Di Stefano del Real Madrid. Normal, cambió su historia. Pero la historia sigue, y la continúan otros nombres. Y ese es el gran asunto, la continuidad. Durante estos últimos años, muchos madridistas -al menos, los que lo reconocemos- vimos con envidia la organización deportiva que había conseguido edificar este club, que parecía asegurarle un futuro tan radiante como el presente que vivieron en Roma, en Wembley, en Berlín… con ese equipo que jugaba como los ángeles y corrían como demonios, y que sacaba más y más chavales. Pero da la sensación, no sé cómo y mucho menos por qué, que alguien se ha empeñado en dilapidar aquella fortuna. Como el Madrid tiró por el desagüe otras, no se crean. Uno hace bien lo que el otro hace mal, y esa es la historia comunicante de ambos clubs.

Y termino. Ya sé que ha podido extrañar, a quien siga desde hace poco este blog, que me enfangue en cuestiones futbolísticas. Los lectores más veteranos sabrán que en otro tiempo fue muy frecuente. Pero no quería quedarme ajeno a esta actualidad, desde luego, más divertida y menos trascendente que otras en las que estamos sumidos. Y aprovecharla para volver a escribir unas líneas sobre, simplemente, el mejor futbolista que he visto. Ni Messi ni menos…

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