Microrrelatos a quemarropa (IV)

A lo mejor es casualidad, pero seguramente no, que elijamos el día de Reyes para publicar la cuarta entrega de los Microrrelatos a quemarropa. Hace unos días publicábamos la primera tanda Microrrelatos a quemarropa (III) – Byenrique de la media temporada que va de septiembre a diciembre, y estos son los de la segunda. Aunque he de decir que se me ha colado uno ya de enero, que va a ser, precisamente, el que inicie la serie. Aquí van:

Gerundios

Esperando que más pronto que tarde, dejes de llorar por él. Deseando que pases página y retomes el pulso de tu vida. Anhelando el retorno a un camino recto que transitar juntos. Pero no te gustan estos gerundios. En nuestro presente continuo, sigo buscando en tus ojos un resquicio de brillo que asome sin temor. Por fin una sonrisa sincera. Una palabra tierna. Una mirada sin reproches. Y un subjuntivo: que no me preguntes más. En un futuro perfecto, habrás admitido y tal vez comprendido el pretérito simple que ahora te atormenta: lo hice y fue por tu bien. Y habrás terminado aceptando, haciendo tuyos mis gerundios.

Minimalista

Qué gusto da verlo todo recogido. Seis meses sin que nadie pise la oficina, ni un papel sobre las mesas y hasta las papeleras parecen transparentes. Únicamente tenemos que vigilar que las telarañas no proliferen en los espacios limpios. Que las ratas no se coman los blanquísimos puffs. Que no se confíen las golondrinas y monten sus nidos en las luminarias suspendidas. Porque entonces vendrán los gatos. Luego, las lechuzas. Y los buitres de alas pardas. Debemos vigilar que no se altere el ecosistema. Cuando todo vuelva a la normalidad, los nuevos propietarios de alas negras nos felicitarán. A los bancos les encanta el minimalismo.

El alto otoño

“Si los pájaros te miran extrañados, es que no han entendido tu canción”, solía decir el entonces joven Matías mientras afinaba su violín. Tarde tras tarde, entretejía melodías que anegaban de ternura el parque y alumbraban cualquier escondrijo frondoso donde la luz no quisiera dejarse ver. Pero cuando llegaba el alto otoño, según corrían las fechas, ya los acordes se tornaban abruptos y tensos. Ya se diría que le vinieran pensamientos que necesitara espantar. Y así era siempre. Un cierto enero, al volver los del lugar y recibirles un estricto silencio, hasta los cuervos comprendieron, especularon, comentaron: es que siempre detestó la Navidad.

Siempre positivo

Me hace entrar en mi nuevo hogar, en el que, si nada extraordinario sucede, habré de vivir una buena temporada. Dicen que para adaptarse a cualquier situación inédita hacen falta 21 días, después ya viviré plenamente integrado. La estancia está aireada, en lo esencial estoy bien atendido, la familia que me acoge parece amable y atenta. La hija mayor viene a veces, me sopla burlona en la cara y me alegra las noches. Si acaso, se me va a hacer algo duro hasta que las yagas en las muñecas y los tobillos me lleguen a resultar placenteras. Vamos, hasta que ruegue que nadie pague el rescate.

Bobos que no ven…

Le agradezco con otra sonrisa su mentira piadosa. No me niego a reconocer la realidad, es que no quiero que sufra. Dirán que soy una lela, pero prefiero que se crea que no me doy cuenta. Al fin al cabo, para qué me voy a engañar: empieza a gustarme más encontrarme con él en ese antro oscuro donde los ojos no ven, en ese catre inmundo donde no siente el corazón sino la carne; y no luego, cuando vuelve a casa, ausente y acomplejado. Allí está más en forma, más motivado. Y encima paga bien, el muy bobo. Ni se ha fijado en mi nuevo abrigo de visón…

Insalvables

Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva. Lo mandó grabar en su lápida y lo repite para que no lo olvidemos. Esta casa ya no fue lo mismo sin ella, pero nunca hemos dejado de tener claro que aquí no entra una bandera, no suena un himno ni se exalta a divinidad alguna. La guerra ha proseguido todo este tiempo, prácticamente no queda piedra sobre piedra ni hectárea sin arder. Pero a esta puerta no ha llamado nadie. No interesamos a los ejércitos, no se acercan los libertadores, nos ignoran los padres de sus patrias. Y aquí seguimos, solos y aislados. Sin glorioso que venga a salvarnos.

Tentación de allá

Que vengan por fin a rescatarte, suplicás a Dios cada mañana, sinceramente harto de esta rutina y de la vida tan pobre e insustancial que dices que llevás. Pero olvidás, o no querés reconocer, que tuviste la oportunidad. Pudiste dar un giro radical, reinventarte como persona, navegar en libertad. Y te dio miedo o te acomodaste, no tuviste la determinación. Ahora os aburrís, os consumís, vos vivís aislado en esta mustia suntuosidad. Creéme, no entiendo cómo no me seguiste. No tendrías tu anillo ni tu báculo, tampoco la santidad, pero de mi mano, con la pelota y una jarra de vino, juntos hoy gobernaríamos la galaxia.

Se nos ha ido…

No hay tiempo que perder. Se nos ha ido todo en ganarlo…

Paseo por Berlín

Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce y esparto, tiemblo al desatarte y quitarte esa venda. Dame la mano, levántate, vamos a dar un paseo por Berlín. Bajamos como solíamos desde Potsdamer Platz, explorando ambos lados con la misma disimulada inquietud, al oeste un ciego ventanal, al este la blanca pared. Por la escalinata de Pérgamo, noto tu brazo trémulo y percibo un revivido hilo de emoción, volveremos a abrazarnos bajo los tilos del jardín. De vuelta a casa, me miras angustiado. “No temas, volveré otro domingo a rescatarte”. Se cierra despacio la puerta acolchada de Brandemburgo. Qué difícil, pero qué alegría poder regalarte otro día feliz.

Bueno, espero que os hayan gustado. Y como pensamos seguir escribiéndolos mientras encontremos tiempo, espacio y motivos, esperamos volver pronto con más.

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