Microrrelatos a quemarropa

Uno de los ejercicios en los que nos hemos estrenado en este duro tiempo, además de los burpees, han sido los microrrelatos. No es que no hubiéramos cultivado el género alguna vez, pero la vedad, nunca nos habíamos atrevido con estos tan micros. Sí, a muchos les sonará que fueron escritos para un conocido concurso de radio. Y fácil deducir también, al verlos publicados aquí, que ninguno fue seleccionado. Así que tendremos que admitir que nos queda mucho por aprender. Pero lo más gratificante del ejercicio ha sido aceptar el reto. Cada semana, a partir de una frase, y menuda frasecita a veces, crear una historia. Y la satisfacción de conseguirla, mejor o peor, pero aquí están. Eso sí, tienen una particularidad común. Por razones de trabajo y otras distracciones, casi todos han sido escritos a toda prisa, apurando el límite de tiempo. Por eso los llamo microrrelatos a quemarropa. Vamos a publicarlos en dos partes. Aquí va la primera tanda:

 

Se va a estrellar

Se va a estrellar. Entonces, la vida entera -dicen- pasa como una exhalación. Y ahí se nos aparecen todos nuestros paseos estelares, nuestros abrazos siderales, las salidas de órbita y alguna sublime locura fuera de control. Todo lo que fuimos, lo que volamos juntos… hasta que un día, la alarma cundió en el espacio y nos requirieron guardar la nave en el hangar. Sin nueva orden. Ahora, sabemos que irremediablemente se va a estrellar. Qué placer fue, pensamos, mientras dejamos de tocarnos, de mirarnos, poco a poco de reconocernos… Así, el impacto será menor.

 

Neo reforma laboral

No paran de preguntar por mí. Y yo respondo a todos lo mismo: que hace mucho que no me veo. Quizás debería entender que se preocupan, que sinceramente me echan de menos y quieren que vuelva ser el que era, tan empático con la gente, aquellas quedadas después del trabajo, mis chistes sobre los jefes, mi ironía natural analizando la jornada y ese encanto intransferible que adquiría al tercer gin tonic. Es lo que decía el historial detallado que me entregaron en Recursos Humanos. Pero esa faceta no entraba en mi código de reemplazo. Aunque, en el fondo, no hubiera estado mal conocerme.

 

Equipaje

Su preferido. Su más preciado. El que no podía faltar en su mínimo equipaje. Lo doblaba con el mismo delicado ceremonial, lo colocaba encima para que no se arrugara, cerraba la maleta con sumo cuidado para que la cremallera ni lo rozara. Derretía sus pensamientos anticipando el momento álgido de su escapada. Al volver, con el mismo exquisito ritual, lo sacaba amorosamente, lo desdoblaba y lo volvía a colgar. Lo olía otra vez, lo besaba. “Gracias, cariño. Cómo me gusta que te lo pongas siempre que vamos a París”.

 

Tenso telediario

La propia de los buenos espantapájaros. Era la cara que traía esa noche el conocido presentador. No iba a ser un telediario fácil. Había que transmitir serenidad, rigor en la exposición y control de la situación. Flotaba un silencio grave en el plató, artillería cargada de fondo. Cualquier gesto equivocado o mal percibido, podía resultar fatal. Desgranó con su habitual concreción la actualidad, gestionó con temple la tensión. Despidió la edición, y ya se descompuso. Se lanzó en un frenético sprint hasta el baño, con la angustia cierta de no llegar. Escuchó aplausos, eran los de producción. Nada como saber tirar de oficio.

 

El ascensor (pongamos que los conozco)

Los desguazabots ya venían de camino y se tenía que ir. Era lo que le decía siempre en broma, antes de besarla tiernamente en la puerta del ascensor. Hasta la tarde siguiente, que sin falta volvería a visitarla, era su deber. Ella le reía la gracia, aunque no entendía. Le tomaba aprecio a ese señor que la arrullaba y le atusaba el pelo distraído. Un cierto día, ya no vino. “Se habrá ido con los desguazabobos esos…”, pensó por un segundo y no pensó más, un día, otro, meses y años, nunca preguntó. Puntualmente, a las cinco, movía su silla de ruedas hasta el ascensor.

 

Se nos acaba…

Espero el milagro, pero no las tengo todas conmigo. Aunque hemos tenido razones para creérnoslo. Es verdad que nos hemos internado en sus dominios, hemos correteado libremente por sus praderas y desfiladeros, retozado en sus prados, aullado insolentes en sus plazas alumbradas por la luna. Ni señal de la bestia, pero ya sabía yo que no estaba muerta. Ni siquiera dormida. Permanecía escondida, agazapada, acongojada. Y mira que ya vuelve, de hecho, empieza a salir de su guarida. Se nos acaba, loba mía. La calle volverá a ser suya, como siempre ha sido.

 

Dulce Virginia (pongamos que Bill Wyman)

Siempre como nuevos, los Rolling no fallan. Pero esta noche me encuentro extraño, te echo de menos. Jamás nos perdemos un concierto suyo, luego pasamos la noche juntos… y hoy me ha tocado venir solo. Qué raro, dulce Virginia, yo esperándote con tu entrada entre los dedos pegajosos, y me has hecho bajar de la nube. Si siempre lo dejas todo, no ya por mí sino por ellos, y sobre todo por ese, el bajista que escribe libros y le gusta la arqueología… A todo esto, no lo veo, ¿dónde se ha metido el vendedor de tesoros? Chica estúpida…

 

Sueño recurrente

Nos han mandado en la escuela un ejercicio nuevo: dibujar el último sueño que hemos tenido. Dice la profe que es para desarrollar la creatividad en la vida diaria. A mí, la verdad, me da un poco de vergüenza. Podría recrear pavos reales saliendo de la despensa, una gran casa llena de amor y cosas, una princesa que fuera mi madre cuando vuelve de la compra… Pero los colores me delatarán. En cuanto me dé por pintarlo de blanco y amarillo, todo el mundo adivinará en mi cuadro onírico los recurrentes huevos fritos con patatas.

Espero que os hayan gustado, o al menos, alguno. En breve volveremos con la segunda parte.

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