Extraños conocidos en Rotterdam (II)

Algo notaremos que va a cambiar cuando empecemos a sentirnos menos extraños de noche que de día. Pasado el ecuador del viernes, aún quedan asignaturas pendientes. Y una de ellas, suspendida repetidas veces en este país, es visitar Breda. Esta histórica ciudad perteneció al Reino de España durante 21 años en total en dos etapas, la segunda de las cuales se inició con la capitulación que inmortalizó Velázquez en el famoso cuadro popularmente conocido como “Las Lanzas”. Siglos después, durante la Segunda Guerra Mundial, fue ocupada por los alemanes y posteriormente liberada por tropas polacas. Se presume, no obstante, que ambos episodios no se caracterizaron precisamente por el fair play que expresa el célebre lienzo. Consideraciones aparte, hay que apuntar que ahora no estamos en Holanda, sino en Brabante Septentrional, una de las doce provincias que integran los Países Bajos.

Después de pensárnoslo mucho, concederemos que Breda merece rendirse a ella y, cuando menos, ascender peldaño a peldaño a la torre de la gótica Grote Kerk (iglesia mayor), subida que se hace en riguroso grupo y guiada en neerlandés. Otra reflexión: la Grote Markt (Plaza Mayor) aparece atestada de turistas y sus terrazas copadas hasta la última mesa, lo mismo que esas calles comerciales peatonales, homologables con las de ya todas las urbes europeas. Pero si se sale uno por cualquier callejuela y deja esas concentraciones, ya pasea tan a gusto por los pasajes verdaderamente interesantes de estas ciudades. Y así, la subida a la torre, un proceso a priori mucho menos placentero que tomarse medio litro de cerveza al fresco, se hace en un grupo muy selecto y de buen rollo, sin apreturas ni estrés. El premio está arriba, pero menos mal que la espeluznante estrechez del escueto balcón está bien parapetada… al menos por arriba. Ojo los pies y la mochila…

Sí estaremos de nuevo en Holanda cuando lleguemos a Dordrecht. De hecho, presume de ser la ciudad holandesa más antigua. Yo pensaba que era Nimega (ciudad que ya visité y conté en otro viaje), pero me lo aclaran: “No, Dordrecht es la más antigua de Holanda. Nimeja es Alemania”. Hombre, Marco, querrás decir que Nimega no es holandesa, pero sí neerlandesa (concretamente de la provincia de Güeldres, escrito en castellano). Es decir -pienso yo luego-, que la sinécdoque quizás más flagrante y aceptada de la geografía mundial no es sólo cosa nuestra. O, yendo más allá, que en todos lados cuecen habas. Pero a lo que vamos: agradeceremos infinitamente la sugerencia, porque Dordrecht, no tan conocida por el turismo, es una caricia al atardecer, un auténtico regalo recorrerla todo lo despacio que se pueda e irla desvelando por cada canal y cada puente que reclama amorosamente la atención según se avanza por sus viejas calles. Me recordará en cierto modo a Brujas, de hecho, guarda un cierto paralelismo histórico con aquella, aunque, eso sí, no porte hoy el mismo glamur. Lo que no sé, la verdad, si es peor… o mejor. Se nos hace tarde y sinceramente da pena dejarla, máxime cuando la última postal soleada que nos envíe desde el tren saliendo por el puente, nos deje del todo pasmados.

Y estamos otra vez en el Manhattan del Mar del Norte, que es como empiezan a llamar a Rotterdam y no anda descaminado el símil. Hay que decir que ya nos vamos familiarizando. Ya hemos cruzado los primeros puentes sobre el río Mossa, empezando por el de Guillermo, después el de la Reina. El magnífico de Erasmo merece capítulo aparte y lo hemos dejado para después. Porque hemos practicado una inmersión por Feijenoord, que aunque a la mayoría les suene por el equipo de fútbol, en realidad es un barrio cercano al puerto, eminentemente obrero y con mucha inmigración. No es lo que se dice bonito, pero son recorridos que en las ciudades también se deben hacer si queremos quedarnos con una verdadera idea de su personalidad. Lo descabellado será pretender llegar hasta el estadio, que no está propiamente en el barrio sino mismamente en God Huis (“casa Dios” en neerlandés), un andar sin fin ni horizonte, y encima “animado” por arreones de lluvia y viento estrepitosos y traicioneros… para luego no encontrar en los alrededores del recinto un mísero bar en el que al menos parar y reponer el cuerpo. Siempre lo llamaron al estadio de Kuip (la bañera), pero lo que nos han dado es una sesión de duchas frías a presión. En fin, todo haya sido por Wim Van Hanegem, al menos hemos pasado por la grada que lleva el nombre del mítico futbolista de aquí y le hemos rendido el merecido homenaje. A nosotros siempre nos quedará un tranvía salvador, que a algún sito nos llevará.

Ya vamos comprendiendo que, aunque esta ciudad imponga a primera vista, luego no es tan enorme. Parece además que conserve algo de la antigua estructura circular. De hecho, algunas avenidas centrales mantienen la denominación “singel”, que es como se llaman los canales circulares que antiguamente rodeaban las ciudades, y que con el tiempo y la expansión urbana han quedado como un céntrico anillo, piénsese en el populoso Singel de Amsterdam. Aquí ya no hay prácticamente canales, pero las avenidas que los suplantaron parecen mantener el viejo itinerario. Y entonces da la sensación de que entras en un bucle. Edificios o enclaves que suponías lejanos, resulta que te los encuentras al doblar la esquina. Creías haberlos dejado atrás y de te das de pronto con ellos. O muy apartados del hotel y en realidad están a unos pasos. Nos sucederá esto con el Ayuntamiento, con De Doelen (emblemática sala de conciertos), con el omnipresente reloj de la iglesia gótica o calles como Meent, Westblaak… esto puede significar que ya nos vamos haciendo con las riendas. Claro, que otras veces pasa justo al revés, y después de un rato andando te das cuenta de que vas justo en sentido contrario. Bueno, así es como se terminan conociendo mejor las ciudades, perdiéndose uno de vez en cuando.

Y sí, vamos reconociendo Holanda en el aire, en el deambular alegre de la gente. Genuinamente holandés es el Sijf, un bar de los de toda la vida donde no sólo te paras a tomar una cerveza, sino a felicitarte de estar aquí. Nos vamos integrando en la cultura de las bitterballen, croquetas redondas de carne, no confundir con las Kroketten, que aquí son alargadas, de muchas cosas -hasta picantes- y más rotundas, los Kasstengels, palitos de queso Gouda… son los aperitivos de aquí, junto con otros importados. Por supuesto, las inigualables patatas fritas y lo indonesio están a la orden del día, pero aquí también hacen furor los mejillones, ritual culinario traído de Bélgica. Por cierto, belga es la camarera que mejor nos cuida en el Thoms, un bar, restaurante, pub y hasta discoteca que fabrica su propia cerveza y terminará erigiéndose en campo base de cualquier expedición, diurna o nocturna.

Entonces entramos en el Markthall, un espectacular edificio que asemeja un gran hangar multicolor, por fuera es de viviendas y por dentro alberga un generoso mercado de abastos. Lo primero con que te topas por la entrada principal es un puesto de pinchos vascos y luego otro de productos ibéricos que vende, entre otros, el jamón de Guijuelo Joselito a 33,90€ los 100 gr (aquí es raro que la gente compre más cantidad). Pero ya según te adentras vas descubriendo los puestos de productos autóctonos, los de especias e infusiones de Oriente, quesos de todas las gamas, sabores y colores (sí, colores)… y no va a faltar el de arenques crudos. Entre pan y salteado con cebolla, un placer de dioses que descubrimos el primer día que llegamos a este país, hace 30 años. Claro que un neerlandés que se precie se los come de un bocado, cogiéndolo por la cola, elevándolo por encima de su cabeza y directamente a la boca. Lo vemos, pero no estamos seguros de saber hacerlo igual.

Reconocemos Holanda en el ingenio innato, desde las soluciones prácticas aplicadas a asuntos cotidianos a las grandes obras civiles. El cepillo con mango acoplable para llegar a la espalda y De Hef, el primer puente ferroviario elevable de Europa, hoy sustituido por un túnel, pero conservado como monumento a la capacidad industrial de esta ciudad y, por extensión, de la provincia y del país. O la ingeniería creativa que te hace plantearte cómo sería la vida en un cubo inclinado 45°, estas casas las diseñó el arquitecto Piet Blom no ya para impactar -que también- sino, según decía, para aprovechar mejor el espacio. Siempre dije que en este país sí hay montañas, pero están dentro de las casas, en esas escaleras imposibles que se empinan insoportablemente por la estrechez. Pues he aquí una posible solución. Entonces le das vueltas a cómo organizarías tu vida dentro de estos cubículos, yo ya he pensado mi propia solución, que seguramente no será la más original. Pero qué grandes son las cosas que, además del disfrute de verlas, te regalan el placer de hacerte pensar.

Portentosa arquitectura es también el Puente de Erasmo, pero además es otra cosa. No podían quizás haber encontrado mejor expresión que un puente para evocar la figura de Erasmo de Rotterdam. Una lástima que su pensamiento parezca tan poco presente entre los pensamientos que predominan hoy, y no se le tenga mucho en cuenta, más allá de las renombradas becas, de esta sensacional obra pública o de la estatua erigida frente a la iglesia de San Lorenzo, de la que era párroco su padre. En su tiempo, pero desde luego en este, necesitamos puentes y personas que sepan tenderlos. Cruzarlo despacio y a conciencia, en un sentido y después en el otro, será casi un acto solemne y un ejercicio de fe. Y será cierto que, parados en la orilla norte del río, tendremos la sensación de estar viendo quizás una miniatura del skyline de Nueva York.

Pero, sobre todo, reconocemos Holanda en toda esa energía que fluye. No se ven prácticamente turistas y, sin embargo, las calles van llenas a todas horas, hierve la vida por cada arteria de un sistema que late con vigor, circulan en realidad no tantos coches pero sí riadas de bicis y viandantes. Grupos de jóvenes sentados en las terrazas de pronto se ponen a cantar con todas sus ganas, y no van perjudicados, no es exaltación ebria de la amistad, en las mesas se ven cervezas, sí, pero también coca colas y algún café. Witte de Withstraat es un desprendido jolgorio hasta altas horas del sábado, pero no dejará de serlo el domingo y el lunes. Cuántos muermos nos habremos tragado en ciudades que se anunciaban festivas, que cuando terminaba la semana colgaban el cartel de cerrado por agotamiento. Aquí en el sur, no es tanto la Holanda que pintó Rembrandt, más bien parece que la hubiera pintado Rubens, bueno, al fin y al cabo, Amberes no está nada lejos de aquí.

Y la historia va a terminar donde empezó, pero aún no lo habíamos contado. En un barco rojo atracado en el Distrito Marítimo, rodeado de soberbias construcciones. No es cualquier cosa. Inevitablemente nos lleva a otro barco rojo, el que encontramos en su día en Liverpool. Que tiene mucho que ver en esta página -no tienen más que ver la foto de cabecera- y además dio mucho juego en su día. Tanto, que ahora recordamos que este de Rotterdam también salió a colación en el juego que se propuso. Y mira por donde, diez años después hemos ido a dar con él. Las historias son diferentes, aquel estaba decadente y en venta, y este se llama Vessel 11 y naturalmente es un bar y espacio de eventos. Aquí hicimos nuestra primera parada técnica en la ciudad, cuando andábamos enteramente descolocados. Y aquí volveremos la última tarde, cuando ya casi lo entendemos todo. Cuando ya sé para siempre que esta es otra ciudad en la que puedo volar.

Fuimos extraños y, ya al final, nos conocimos en Rotterdam.

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