Pensemos en un pequeño propietario de Madrid. Que tiene un pisito alquilado a una familia desde hace unos 20 años. Pongamos por unos 1.000 euros al mes, en una zona no del todo céntrica pero bien comunicada -sí, dentro del anillo de la M-30. Un buen día repara en que podría estar ganando 2.500 o 3.000 al mes. Entonces, puede quizás ser condescendiente con sus inquilinos, al fin y al cabo, son muchos años, se portan bien, pagan religiosamente y mantienen una relación muy cordial… Puede que intente subirles un poco el alquiler, a ver cómo se lo toman. Pero también puede que diga ‘se acabó’ y se los quite de en medio a la primera oportunidad, esto es, cuando expire el contrato. Una pareja de amigos míos, que vivían felices en el barrio de Latina, tuvieron que dejar la casa y, ante la imposibilidad de encontrar otra en Madrid, se fueron a vivir al Bierzo. De esto hace casi diez años. Ahora ocurre casi a diario.
La vivienda es el mayor problema que tiene este país desde hace mucho tiempo, por más que habitualmente se nos pretenda hacer ver que tenemos otros problemas -que también lo son, y algunos ciertamente importantes. Por una vez, durante estas dos semanas, lo hemos puesto en el primer plano del debate político, de la atención mediática y de la conversación ciudadana. Y por enésima vez, nos han vuelto a fallar quienes más pueden hacer por no ya arreglarlo -que es imposible-, pero al menos hacerlo más llevadero: nuestros representantes políticos elegidos democráticamente.
En este asunto, y visto lo que llevamos viendo y acabamos de ver ahora, absolutamente nadie, de ningún partido ni color ni corriente, puede sacar pecho ni mirar a la cara a millones de españoles. Todos han decepcionado. De una manera o de otra. Por falta de determinación de unos, por torpeza de otros o por connivencia de quienes prefieren estar a bien con los que manejan el cotarro. Villanos hay, cierto, pero también quienes no han sabido ser héroes. Es cierto que no depende todo de las actuaciones políticas y por eso nunca se va a terminar de solucionar el problema. Pero podría esperarse algo de voluntad, por parte de todos, para hacer que no sea tan abusivo, lesivo y humillante para tantos ciudadanos. Y para ello, lo más necesario es lo que no tienen: altura de miras.
El ‘decreto Maricarmen’, lamentablemente tumbado en el Congreso, iba a ser un parche, quizás más ambicioso que otros, para intentar hacer algo menos dolorosa la herida. Pero esta iba a seguir sangrando. Los grandes fondos de inversión -buitres, hienas o el necrófago autóctono que sea, porque son globales- no se van a plegar así como así. Tienen demasiado poder, demasiados intereses, demasiada influencia y están introducidos en demasiadas instancias y centros de decisión. Tienen presencia en múltiples negocios, no sólo en la compraventa de inmuebles, mueven hilos, sillas y personas, condicionan decisiones políticas… Y sí, están también en medios de comunicación. Luego, además de esos grandes fondos, los hay medianos, pymes… pues como en la fauna hay chacales y también gaviotas reidoras y moscas verdes.
¿Y los que llamamos pequeños propietarios? Supongo que nos referimos al que tiene dos viviendas que compró, o tres si acaso, y una decide ponerla en alquiler. No al que heredó ocho propiedades y vive de ellas. Ese puede considerarse un afortunado, pero, si encima se aprovecha de la situación para agrandar su fortuna a costa de la sangre y el hígado de sus arrendados, ya pasa a ser un caradura. No, hablamos de ese del comienzo de este artículo, que se ve ante la oportunidad de ganar lo que nunca imaginó y a veces, me temo que las más, no puede resistirse a la tentación. ¿Es ese propietario un usurero y un especulador? Puede que no, necesariamente. Lo que pasa es que se lo ponen a huevo.
Porque es lo que ocurre hoy. Hay rentismo impúdico y sin complejos, sí, hay tipos rapiñas y grandes empresas inhumanas y sin escrúpulos. Pero también hay una enorme población de altísimo poder adquisitivo. Que siempre existió, cierto, pero que hoy es global, acaparadora e insaciable. Que por las cosas que necesitan, quieren o se les antojan están dispuestas a pagar cuatro o cinco veces lo que valen, y pagarlo en y desde cualquier lugar del mundo. Y rompen todas las barajas. Porque quien vende esas cosas, pues parece lógico que prefiera vendérselas a ellos, idiota no va a ser. Eso está pasando con la vivienda y pasa con muchísimos otros bienes menos importantes, del lujo a lo cotidiano, de lo superfluo a lo de primera necesidad. Si lo pagan… decíamos hace poco.
Este fenómeno está distorsionando los mercados, alterando las leyes de oferta y demanda y creando una brecha que cada vez es más grande y tiende a ser insalvable. Porque lo que están consiguiendo estos compradores poderosos e inasequibles es dejar fuera a los demás. No ya a los que nunca pudieron comprarse gran cosa, sino además a los que hasta hace poco podían, de vez en cuando pero muy felizmente, darse su capricho, y desde luego, en un momento de su vida, atreverse con una hipoteca o entregar un aval. Y cada vez pueden menos o ya no pueden. Ahora, son estos los que se están quedando con las entradas para los grandes conciertos, las cenas en los restaurantes de moda, los hoteles que antes eran caros y ahora imposibles… y con las casas: las que nunca podríamos comprar, sí, y todas las demás.
Esto es absolutamente legal, porque lo permite el libre, libérrimo mercado que tenemos y hemos aceptado. Y cuidado con criticarlo, porque nos llamarán comunistas. No lo somos, en absoluto. Pero tendremos que decir que, cuando el capitalismo de toda la vida reparó en que ya no tenía frenos, se desmelenó, aceleró y ahí le siguiera quien pudiera. No le importó estrellarse y estrellarnos a todos en 2008, un impacto del que todavía muchos están por recuperarse, y no son precisamente los que manejaban el bólido. Esos han vuelto, si cabe, más fuertes, más voraces y más impunes. Y no admiten que se les cuestione. El doble decreto de vivienda que no ha prosperado pretendía establecer algunos contrapesos a la vorágine especuladora, y ha sido tildado de intervencionista, de contravenir ese ‘libre mercado’. Lo que se ha instaurado en este tiempo es un capitalismo leviatán que no se para ante nada y ante nadie. Un día volverá a despeñarse, pero ya sabemos que los que nos estamparemos conta el suelo seremos los demás.
Y como su poder es no solo ilimitado, también alargado, este leviatán tiene herramientas y capacidad para influir en la opinión pública. Para ganarse adeptos hasta entre sus propias víctimas, gente humilde o desplazada de la clase media que encima les aplaude y jalea. Así es como ha cundido estos días toda esa retahíla de infamias degradando y ridiculizando a la pobre señora desahuciada, que sigue en un hospital; han conseguido hacer ver a muchos que las acampadas en la Puerta del Sol y otras plazas de ciudades españolas eran comandos fuertemente armados que hostigaban a comercios y viandantes; que el Sindicato de Inquilinas es poco menos un sindicato del crimen; que el gran problema de este país no es la vivienda, sino la okupación (joder)… y más allá de las declaraciones delirantes de ciertos políticos conocidos, siempre bien atentos con su clientela, quedémonos con las del recién reelegido presidente de los empresarios españoles, que se ha descolgado con que “no podemos hacer cumplir derechos de la Constitución vulnerando otros”, esto es, según él, el derecho a hacer negocio a costa de otros debería prevalecer sobre el de una vivienda digna. Que proponga la reforma constitucional, que a lo mejor esa sí prospera, al ritmo que vamos.
Estas dos semanas empezaron con un episodio descorazonador al que siguió un periplo de fundada esperanza y han tenido un desenlace muy triste. A partir del lunes, es presumible que se hable de elecciones, irrumpan nuevos sobresaltos al primer plano y el mayor problema de los españoles -desde hace mucho tiempo- vuelva a quedar relegado. Por mucho que estén diciendo que “ya no hay vuelta atrás”, se anuncien huelgas generales y hoy el malestar social se haga más patente que nunca, terminaremos volviendo al letargo. Antes o después, las urnas determinarán el escenario. Y mercado, nuevo, libre, imperturbable, seguirá haciendo su trabajo. Es el capitalismo leviatán, amigo…
(Foto: AJS1)