La izquierda que se deshiela

Finalmente, y como se temía, no han servido de nada las llamadas al entendimiento, las apelaciones a la responsabilidad conjunta, las palmarias experiencias recientes, ni siquiera el pánico ante el abismo al que se abocan sin remedio. Por no servir, tampoco toda la sarta de chistes y memes que les han dedicado, previendo, como ciertamente ha sido, el resultado de sus negociaciones. La izquierda, la que se dice verdadera, volverá a concurrir desmenuzada a unas elecciones, y estas son las generales del 29 de noviembre. Soberbia, dividida y enfrentada. Esta vez, ni para la foto del minuto 0 han sido capaces de juntarse quietos, como sí terminaron haciendo en las de 2023, aunque al minuto dos ya empezaran a salir todos en estampida.

Vuelve a ser la izquierda cainita de toda la vida, y a la historia nos podríamos remitir. Ya digo que se han hecho muchas comparaciones y evocaciones estos días, pero a mí me viene una secuencia de aquella serie televisiva sobre los siete pecados capitales, basada en la novela de Fernando Díaz-Plaja, en la que uno de los protagonistas ansiaba perder un ojo y quedarse tuerto con tal de que su antagonista se quedara ciego. Tras las elecciones europeas de 2024, las dos líderes de Podemos se jactaban muy ufanas del ridículo resultado obtenido por Sumar, quedándose en tres eurodiputados. Ellos habían sacado dos.

Lo cierto es que no sabemos cuánto de derechas va a ser el gobierno que parece que saldrá de estas urnas, pero sí sabemos que será el más de derecha que hemos tenido desde la restauración de la democracia en España. Y lo será porque la mayoría de los españoles lo habrán elegido. Mientras que los que creemos que el país todavía podría encauzarse de otra manera y con otro estilo, habremos sido minoría. Y a lo mejor no lo somos en realidad, pero quienes deberían representar a una parte de ese electorado, no han sabido encarnar ese proyecto con un liderazgo y una propuesta reconocible y creíble. Ni Yolanda Díaz, en su mejor momento político y de popularidad, fue capaz de sumarlos, valga la ironía. Y ahora no hacen más que restarse unos a otros.

Es posible, incluso, que ni unidos hubieran llegado mucho más lejos. Porque todo indica que la fragmentación ha calado también entre sus potenciales votantes. Además, es tal el desgaste y están tan vistas sus principales figuras que uno ya se piensa que, a la hora de verlos presentarse en una plataforma común, el que no pueda ver a Irene Montero pase de votarles; el que se sienta decepcionado con Mónica García les dé largas; el que no se crea a Ada Colau se vaya al cine; el que no soporte a Ione Belarra les haga un corte de mangas; el que no sepa quién es Emilio Delgado se encoja de hombros; y el que vea en Gabriel Rufián una pose más que una apuesta (recuérdese la Operación Roca*) diga ‘anda y que le voten en Cataluña’.

Pero al menos podían tenido la decencia de aparcar sus egos, sus rencillas y sus ambiciones. Dar siquiera la sensación de que pueden presentarse como un equipo, y como tal, someterse juntos al premio o al castigo. Así, lo que han hecho es no solo defraudar una vez más a su afición, la que les quede. Les han dado un alegrón y un motivo más de mofa a sus rivales. Que no son precisamente el PSOE, que imperiosamente los necesita fuertes y enteros, sino las derechas que se frotan las manos.

Porque, además, el suyo es un voto que ya no se trasvasa al PSOE. Hubo tiempos en los que fueron vasos comunicantes, y un gran resultado de los socialistas, con Felipe González o con Zapatero, se traducía en un batacazo del PCE, luego Izquierda Unida. En cambio, cuando los de Ferraz flojeaban, ellos resurgían tímidamente. Desde que Pablo Iglesias irrumpió con cinco millones de votos y 70 diputados -que luego, él mismo fue dilapidando progresivamente-, esas papeletas ya no tenían vuelta de hoja y no volverían a aceptar ser votos útiles. Según se les fueron esfumando a los morados, los que ciertamente eran extremos sin importarle la dirección, dieron el bandazo hacia Vox. Los que sí eran de izquierda y se desilusionaban, se fueron quedando en casa. Y ahí están, con sus sobres en la mesa del salón.

Es verdad que la izquierda mal encarada, como la derecha más pendenciera, pueden llegar a helar el corazón. Pero esta, que se dice verdadera, es como los glaciares, se deshiela lentamente y no hace más que retroceder.

(*) Como he citado la Operación Roca, lo explico para quienes no lo vivieron: Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución, era un brillante diputado catalán por Convergencia i Unio (el partido que hoy ha derivado en Junts). Dada su buena oratoria y su talante centrista y moderado, de cara a las generales de 1986, se organizó un proyecto para presentarlo como candidato a presidente del Gobierno, ante la crisis que vivía -y vive- el centro político tras la desintegración de la UCD. Se fundó un nuevo partido, el PRD (Partido Reformista Democrático) y se puso mucho dinero en toda la operación y en particular en la campaña electoral, financiada principalmente por el liberal Antonio Garrigues Walker. Pero Roca, a pesar de ser el candidato y aparecer en los carteles, siguió presentándose por su partido, CiU. El resultado fue que el PRD, después de todo lo invertido y la sonoridad de su campaña, no sacó ni un diputado, mientras Miquel Roca sacó su escaño sin problemas y prosiguió su carrera política tan campante. Por si esto ahora de Rufián les recuerda a aquello…

(Foto: Barni1)

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