La camiseta o la vida (toma y póntela)

Vaya por delante que yo me pondría una camiseta para solidarizarme con la gente de Ceuta que ha visto alterada su vida normal y no ve solución en el horizonte. También me pondría otra que reivindique los derechos humanos y compadezca a la gente que escapa de su país porque no puede ni vivir en el suyo. Si fuera posible, me gustaría que la misma camiseta reflejara ambos mensajes.

Pero lo que nunca haría es obligar a alguien a ponerse una camiseta para lanzar el mensaje que a mí me gustaría expresar y difundir. Tampoco criticarle si no lo hace o si se pone otra que a mí no me gusta.

Por si no está suficiente embrollado el asunto de Ceuta, con noticias de malas a peor cada día que pasa, ahora han decidido meterlo en el fútbol. Criticable es contaminar con la política cualquier deporte (1). Pero, además, el fútbol es ese que tiene la característica de sacar lo peor de nosotros. En España, como en Inglaterra, Italia… por masivo, es el espectáculo donde más cunde eso que ahora dan en llamar emociones y en realidad siempre ha sido burrería. Hasta los que queremos presumir de sensatos y ponderados, a veces no podemos evitar caer en lo silvestre.

Además, se hace de manera chapucera. Si en un ámbito deportivo, en este caso La Liga, se promueve una campaña de cualquier tipo, la iniciativa tiene que partir de la entidad que la organiza, que es la LFP; comunicarla a los clubs e intentar consensuarla con ellos; luego, cada club lo transmite internamente hacia abajo, entrenador, capitanes y hasta el último rincón del vestuario. Aún así, podrá haber clubs, plantillas y, en última instancia, jugadores a título individual que decidan no adherirse.

Nada de eso se ha hecho. Aquí, ha sido un grupo de empresarios el que ha ideado la campaña, se la ha vendido de mala manera a la LFP -o más bien a su presidente, Javier Tebas– y a los equipos a los que ha podido. Y a los jugadores, según salían por el túnel al campo, les han dicho ‘venga, ponte esto’. Hay quien ni habrá mirado lo que ponía en la camiseta. Y hay quién sí y habrá dicho ‘pero, ¿qué es esto?’. Y ha habido tres del Real Madrid que, en cuestión de segundos, porque no tuvieron más margen, eligieron ponérsela solo a medias. Si soy sincero, vi primero a los jugadores del Elche con la leyenda “todos somos caballas” y me pensé en algo relacionado con la pesca, como aquello de “pezqueñines no, gracias”. Cuando ya vi el reverso de las camisetas, lo entendí todo. ¿Estamos seguros de que todos los futbolistas que se la pusieron entendieron de qué iba?

Pero todo esto no es más que un entrante del asunto principal. En la primera división de la Liga española juegan esta temporada 510 futbolistas de 64 nacionalidades distintas, incluida la nuestra e incluido, por cierto, Marruecos, con 14 jugadores en nuestros clubs. Personas de países, culturas, creencias y experiencias vitales diferentes. ¿Pretendemos que todos piensen lo mismo y se manifiesten igual sobre un asunto concreto? Es más, ¿damos por hecho que todos saben realmente lo que está sucediendo en Ceuta y, más allá, que todos tengan una idea formada sobre ello? Que, por cierto, sin duda habrá futbolistas cultos, formados y hasta intelectuales, pero no nos pensemos que lo son todos, y mucho menos politólogos. Todavía me acuerdo de aquel fichaje estrella del Real Madrid al que le preguntaron por el último libro que había leído y respondió que no había abierto uno en su vida.

Si se quería tener un gesto con la población ceutí, que ya digo que me parece muy bien, se podía haber optado por algo mucho más inteligente y espontáneo, que fue lo que se hizo en el partido Atlético de Madrid-Osasuna en el Metropolitano. Colocaron un cartel con la leyenda “Todos con Ceuta” y ahí posaron los jugadores de ambos equipos, mezclados entre ellos y con los árbitros. Eso no compromete y, si hubo alguno que se hizo el loco o no se enteró, tampoco se habrá notado mucho. Pero ponerse una camiseta tiene que salir de uno mismo -como cuando quieren recordar a un compañero lesionado-, y no se puede obligar a nadie a ponérsela, mucho menos sin haberle avisado previamente, a bote pronto, ‘toma y póntela’. Así no se hacen las cosas ni tratándose de la causa más justa, sin pretender decir -una vez más- que esta no lo sea.

Sucede entonces que los tres que rehusaron enfundarse la camiseta de las caballas fueron nada menos que Mbappé, Vinicius y Konate. Los tres del Real Madrid, los tres mediáticos -dos de ellos, celebridades- y los tres, qué casualidad, de raza negra. Se da la circunstancia, además, de que los tres se han significado en recurrentes ocasiones en contra del racismo, y en el caso de Mbappé, además, claramente contra la ultraderecha francesa. Y allá, contra ellos, han ido a apuntar los cañones mediáticos y virales. Ahí se ha vertido toda la mala baba que las redes, la tinta y las ondas son capaces de producir. No voy a reproducir las burradas y groserías que les han lanzado. Y quien no les ha insultado, ha llegado a exigir -no a pedir, solicitar…- que el club los expulse fulminantemente (Hombre, si se permite, uno opina que el Madrid nunca debió fichar a Mbappé, y en cuanto a Vinicius, se está ganando a pulso que le empaqueten vía Inglaterra. Pero no por esto, claro. Son cuestiones sólo futbolísticas, de las que aquí no estamos tratando).


Añadamos a esto que, además de los tres futbolistas en cuestión, uno de los clubs que decidió no secundar la campaña fue ni más ni menos que el FC Barcelona -lo que pasa es que de esto no hubo lugar a que tuviéramos imágenes, por lo que no ha resultado tan notorio. Con ello, ya tenemos los elementos para montar el campo de batalla del ‘ultraje a la nación’. Y lo preocupante es que toda esa artillería no ha venido solo de los exaltados de turno o de ultras ya conocidos. También de sectores de la política y la sociedad que se dicen centrados y moderados. También de medios que, en su línea editorial, dicen defender valores de igualdad y respeto a las personas, pero a la hora de seleccionar la información y dar cobertura a unos hechos o a otros, practican algo muy diferente. Y esto no tiene otra razón ni catalizador que la mala política. Esa que hoy lo impregna y lo ensucia todo. Esa que busca simplificar los asuntos complejos y convertirlos en dilemas que confronten, ‘o con España o contra ella’, ‘español o traidor’, ‘católico o musulmán’. Y ahora han conseguido meternos ese veneno en el fútbol, por si no teníamos ya bastantes aguijones ponzoñosos en este maldito y bendito juego.

Entre ellos, un presidente de la LFP que día a día y episodio a episodio demuestra ser, verdaderamente, muy cutre. Sin él, sin su talante energúmeno y su enfermizo afán de protagonismo, no estaríamos ahora enfangados en este truño infumable. Y sí hablando de esa población de Ceuta y de esa otra pobre gente de nadie, que es lo que realmente debería importarnos. La vida, y no las camisetas.

(Foto: moshehar)

(1) Me pondrán decir que critico la intromisión de la política en el deporte, pero que no lo hice a cuento de las protestas y finalmente altercados públicos que se montaron en la edición de la Vuelta Ciclista a España del año pasado. Hay que aclarar quien metió entonces la política fue la organización de las carreras ciclistas, y en concreto La Vuelta, permitiendo la participación de un equipo que promocionaba la imagen de Israel mientras su gobierno estaba cometiendo -y sigue- el genocidio en Gaza. Tras lo sucedido en nuestras carreteras y finalmente en Madrid, y después de todo lo que se dijo de un lado y de otro, en las carreras que posteriormente se organizaron en Italia, se instó a ese equipo a no participar por motivos de seguridad. Lo aceptó y, de hecho, el patrocinador se retiró y esta temporada el equipo lo ha patrocinado Andrés Iniesta. El problema desapareció y este año todas las carreras, incluida La vuelta, se han disputado con toda normalidad. Eran tan fácil la solución, pero aquí no la quisieron ver.

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