Pongamos que cultivo naranjas, ¿nunca se lo había contado? Antes las vendía en un pueblo. Todo el proceso hasta que las tengo listas para poner a la venta me cuesta 1 euro por naranja. Entonces, las vendía a 1,5 euros y, como el pueblo tiene en torno a mil habitantes, sacaba un beneficio de unos 500 euros. Sucedió que un día vinieron unos de un pueblo cercano, más pequeño. Y como tienen poder adquisitivo, pero no tienen naranjas y les gustan mucho, me las compraban a 3 euros la naranja. Haciendo cálculos, vi que me salía más rentable producir menos, desplazarme hasta ese pueblo y venderlas allí. Es lo que me permite el libre, liberalísimo mercado. El pueblo donde vendía antes se ha quedado sin naranjas. Si quieren, que se vayan hasta allí y, si queda alguna, las compren a 3 euros. Se quejan, claro, de lo escasas y carísimas que se han puesto. Pero es el mercado (amigo). Si la cosa se pone interesante, hasta puedo subirlas a cuatro o a cinco. Si lo pagan…
Estas técnicas de negocio las aprendí de lo que fui viendo por ahí. Por ejemplo, del fútbol. Dicen algunos presidentes de grandes clubs que estamos echando a los niños de este deporte porque no hay Superliga y las ligas nacionales son muy aburridas. Cuando tenía diez o doce años, mi padre me llevaba de vez en cuando. Y cuando tenía 15 o 16, me iba yo, solo o con amigos. En el Estadio Santiago Bernabéu, una entrada en el tercer anfiteatro -desde el que se ven los partidos espectacularmente bien- venía a costarme 500 pesetas. No para cualquier cosa. Para semifinales de Copa de Europa -hoy Champions League- o, de Liga, un Madrid-Barça o un Madrid-Atleti. Hoy, esa entrada, para un partido de ese fuste, nunca va a costar menos de 100 euros… y me quedo muy corto. Si equiparamos con lo que desde entonces -años 80- han subido los precios de otras cosas de la vida, fundamentalmente las del ocio, esa entrada debería costar como mucho 30 euros. El caso es que el Bernabéu, como otros estadios españoles, se ven abarrotados y sobre en todo en los grandes partidos. Claro, niños se ven pocos. Y padres que los puedan llevar, menos. ¿Quién, aparte de los socios abonados, llena esos estadios, quién compra esas entradas? En general, turistas, residentes extranjeros de alto poder adquisitivo, algunos pocos que han podido darse el capricho… Y como seguirán llenando, esos precios no dejarán de subir. Si lo pagan…
Vámonos a los conciertos. Viene a tu ciudad ese cantante o grupo al que siempre deseaste ver. Te lo anuncian con meses, incluso con un año de antelación. Pero las entradas se ponen a la venta pasado mañana -¿y qué sé yo lo que será de mí para entonces…? Pero decides arriesgarte porque piensas que merece la pena. Antes, como en el fútbol, el sacrificio consistía en soportar una larga cola. La entrada podía costar 40, 50, 60 euros… Ahora, la cola se hace en internet. Es decir, que ni siquiera la ves. Tú te conectas con tu ordenador o móvil a la hora indicada, si acaso un poco antes, por si acaso. Pero no es suficiente. Compites con gente que se ha conectado doce horas antes y desde tres o cuatro dispositivos. Y otra cosa que ha cambiado, sobre todo después de la pandemia. Cada vez hay más ciudadanos de todo el mundo que viven dominados por la ansiedad, que sienten la obligación de no perderse nada. Y aunque no sean realmente fans de ese al que tú te mueres de ganas de ver, ahí que van cueste lo que cueste a grabarse en tik tok y que se entere todo el planeta. ¿Y qué cuesta ahora la entrada? 100, 150, 200 euros las normalitas… Cuando consigues ingresar a la plataforma de venta, ya no queda nada, si acaso las de zona VIP a 500, 600… Lo que tú estabas dispuesto a pagar se ha agotado en minutos. Bien saben todo esto los organizadores y promotores de los conciertos. Si lo pagan…
¿Y te gusta viajar? Por ejemplo, en avión. Sabes que, cuanto antes compres los billetes, menos caros te van a salir. Luego está el margen de previsión que cada uno pueda tener. La ley contempla el derecho de cancelación, y las compañías aéreas están obligadas a devolver una cantidad del importe del billete en función de la antelación con que el cliente anuncie que no va a poder viajar. Sí, pero hace años sacaron unos billetes a tarifas especiales. Era cuando podías volar a París o a Londres por 15, 20 euros… como eran tan baratas, no admitían cancelación y a nadie le importaba. Pero con los años, esas tarifas han ido subiendo hasta costar ahora lo que antes una normal. Y como siguen teniendo la catalogación de ‘especiales’, no se pueden cancelar, y si no vuelas, pierdes los 300 o 400 euros que has pagado. Porque las que sí lo admiten, ya cuestan el doble. Total, si lo pagan… Nadie les ha dicho nada a estas compañías. Como tampoco hay ley ni vergüenza que les impida multiplicar oportunamente los precios de trayectos concretos -pongamos Sevilla-Madrid, Santiago-Madrid o ahora un Bangkok-Londres- ante crecidas de demanda ocasionadas por cualquier eventualidad o desastre que afecte a rutas regulares o impida a los usuarios viajar por otros medios. Si lo pagan…
Hablemos ahora de hoteles. Invito a consultar Booking o cualquier plataforma de reservas y buscar habitaciones para, por ejemplo, un fin de semana en Amsterdam. En cualquier temporada, para la semana que viene o para dentro de seis meses. Nunca fueron baratos allí, pero hoteles antes razonables, como un NH bien situado, donde venía a costar unos 160€ la noche, ahora la cobra a 400€. Si lo quieren para dentro de tres semanas, se pone en 1.258€ dos noches. Un hotelito como el Nes, el primero que me pude pagar en esa ciudad, encantador, pero con habitaciones mínimas, se oferta hoy a 230€ la noche y, para mediados de mayo, a más de 350€. Si lo que prefieren es el lujo, el maravilloso Krasnapolsky, en pleno Dam, vayan cuando vayan, no baja de 600€ o 700€ la noche. ¿Cómo es esto? Uno pensó que esos precios eran para disuadir a esas ‘manadas’ que les llegan de España, de Italia, de Australia o de Inglaterra a ponerse en coma en los coffee shops. Pero la explicación es otra. Resulta que, desde hace años, la ley prohíbe taxativamente construir en el centro de la ciudad. En consecuencia, las plazas de hotel se han ido quedando escasas mientras la demanda crece y crece. Entonces, los hoteleros se han quitado complejos y han decidido fijar esos precios. Si lo pagan…

Podemos también hacer un recorrido por los sitios de moda en Madrid o Barcelona, como en Nueva York o París. Esos restaurantes que no te puedes saltar, las salas de fiestas donde hay que dejarse ver. Flamantes aperturas -y discretos cierres después- que se anuncian con menús degustación a 300€ -con maridaje, 500€-, donde, a no ser que seas celebrity o influencer, tienes que reservar con meses de antelación. Locales nocturnos súper exclusivos donde la entrada cuesta lo que el traje que llevas y la copa lo que una sesión de masaje, pero lo que no tiene precio es contar al día siguiente que estuviste allí. Me llamarán viejuno, pero me acuerdo de aquel chiste de Coll, el socio de Tip, que decía que, si un día montaba un bar, pondría la caña a 500.000 pesetas (3.000€): ‘joder, con dos que venda…’ Ahora, puede que su proyecto no estuviera tan mal encaminado. Si lo pagan…
De la vivienda, ¿qué voy a contar que no se haya contado y qué nos puede sorprender? Pues todo esto que estamos viendo en el transporte, en el ocio, pero elevado al cubo… o a la potencia que quieran. El señor que toda la vida alquiló un pisito de 50 metros por 600 euros al mes y ve que ahora le pagan 5.000 por dos meses…
Al final, todo esto resulta en que tendemos a un mundo no sólo más desigual, sino más privativo y reservado a un cierto tipo de público adinerado, sí, pero, además, muy ávido. Siempre hubo unos que podían pagarlo todo, lamentablemente muchos que no podían pagarse nada y toda una gran franja de población en medio que podía según quién, qué y cuándo. Ahora, la riqueza es omnipresente y acaparadora, lo quiere y lo copa todo. Y como los mercados lo permiten y nadie se lo impide, quienes venden ciertos bienes y servicios ya solo quieren hacer negocios con ellos. Si lo pagan… para qué perder el tiempo -y el dinero que dejan de ganar- con otra clientela. Entonces, además de los infelizmente pobres, ahora crece una gran masa de pobres técnicos, que ya no pueden acceder a lo que antes sí podían a menudo o alguna vez. Dicho de otra forma, y como atestiguan numerosos informes de reputadas entidades en España y en otros países, es un signo más de que la clase media empieza a ser un vestigio del pasado. O de otra: desde arriba nos están igualando por abajo.
A todo esto, me acaban de llamar de una comunidad restringida de un barrio muy pintón de Madrid, no voy a decir cuál. Me dicen que me pagan mis naranjas a 10 pavos la unidad, con la condición de que se las venda exclusivamente a ellos. Pensándomelo estoy… si me las compran a 20, no lo pienso más.
(Fotos: matthiasboeckel y Hotel Krasnapolsky)