En un panorama de noticias infames de las que quisiéramos mejor no saber, por fin, el pasado fin de semana, tuvimos un notición: el primer maratón corrido en menos de horas. Pero a raíz de ello, no sé si estos días se ha escrito más de tecnología que de deporte. Yo mismo tengo mis contradicciones. Por un lado, lo que sucedió el domingo pasado en Londres es un hito histórico en el deporte, pero no sólo. Es un logro de la humanidad. ¿Como pisar la luna? Más, desde luego, que haberla rodeado medio siglo después (con todo el respeto para los astronautas de la misión y para esa NASA maltratada hoy por el patrón de su país).
Por otro lado, la histórica marca ha sido lograda no por uno, sino por dos atletas en la misma carrera: el primero, el keniano Sebastian Sawe, tenía un reconocido prestigio aunque no, hasta ahora, un palmarés descollante; el segundo, el etíope Yomif Kejelcha, corría el primer maratón de su vida. Los dos estrenaban unas maravillosas zapatillas Adidas, cuyas propiedades no voy a relatar aquí porque ya se han descrito profusamente. El tercero, el ugandés Jakob Kiplimo, no bajó de las dos horas, pero también batió sobradamente el récord del mundo. Llevaba unas Nike, también estupendas y también de estreno. ¿Demasiadas casualidades? Quiero pensar que no, pero son comprensibles las reservas.
Estaba claro que el muro de las dos horas iba a caer antes o después. Los portentosos corredores africanos de la última década venían acercándose inexorablemente. Pero el que parecía llamado a conseguirlo, Kelvin Kiptum, se mató en una carretera de Kenia hace dos años. Suyo era el récord vigente hasta el domingo, apenas 35 segundos por encima de esas dos horas y, con 24 años, había realizado tres de los siete maratones más rápidos de la historia. Su fatal desaparición parecía haber dejado un vacío, veterano ya el gran Eliud Kipchoge, y hacía presumir que la espera se iba a alargar. Pero han llegado estos dos y, de una tacada, han reventado las barreras y todas las previsiones.
Que se produzcan estas conjunciones, no astrales, pero sí estelares, de dos o más atletas que rompen récords el mismo día, tampoco deber ser visto como algo paranormal. Sucede que a veces se dan las condiciones idóneas -clima, humedad, viento…- o que la propia competición genera atmósferas eléctricas, algo que en el atletismo se da en situaciones puntuales, pero grandiosas. Recuérdese el mítico récord de Bob Beamon en salto de longitud. Sus 8,90 metros de los Juegos Olímpicos de México 1968 se mantuvieron inalcanzables durante 23 años y, una tarde de verano en Tokio, durante los mundiales de 1991, Carl Lewis y Mike Powell lo superaron por uno y cinco centímetros, respectivamente. Ahí siguen esos 8,95, intocables. En medio fondo se han dado bastantes, por ejemplo, cuando Steve Cram y Said Aouita rompieron la barrera de los 3.30 en los 1.500; o aquella descomunal final de los 800 en los Juegos de Londres 2012, con récord mundial de David Rudisha -aún vigente-, récord mundial junior del segundo y cinco atletas que corrieron por debajo de 1.43.
Otra cosa es lo que la tecnología tenga que ver en la progresión de las marcas, y en especial, en este maratón. Se ha oído decir estos días que las zapatillas ya son a estas pruebas lo que los motores a la Fórmula 1. Exagerado me parece. No tengo duda de que los nuevos diseños y componentes ayudan a mejorar el rendimiento y lo seguirán haciendo, como los nuevos métodos de entrenamiento, la nutrición específica y los tratamientos médicos avanzados. Pero sigo pensando que lo que corre son las piernas y lo que resiste esos ritmos y esas distancias es el corazón. Mientras no me demuestren lo contrario… Como siempre, y como pasa en otras disciplinas deportivas, habrá que determinar bien lo que es progreso -de la ciencia, la medicina, la tecnología…- y lo que es ayuda artificial, antinatural… o sobrenatural.
Sucede, además, que el atletismo, y muy especialmente el maratón, es feroz campo de batalla entre los dos grandes fabricantes de zapatillas, Nike y Adidas. Para estas, la carrera por bajar de las dos horas era como la carrera espacial entre Estados Unidos y la URSS por llegar a la luna. Ahora, está claro que ha ganado Adidas. Cabe esperar el contraataque de Nike. Pero no dejemos de lado algo que, aunque no nos guste, existe: estas dos empresas son imperios económicos con gran poder de influencia en muchos ámbitos, y entre ellos, en los medios de comunicación. En el ramo hay periodistas, y nos consta en España, de absoluta solvencia e independencia. Pero además de las suyas, se pueden leer y escuchar muchas otras opiniones, de entrenadores, médicos, atletas y exatletas… y de otros periodistas. No es cuestión ni de creérselo todo ni de no creerse nada. Simplemente, tengamos en cuenta el contexto.
Mientras se despejan o no estas dudas, me voy a quedar con lo que sé. Correr un maratón en dos horas es una proeza, asistido por la tecnología o no. Pero correrlo en tres, cuatro, cinco horas… también lo es. En este mundo excesivo de hoy en el que nada parece bastante y vemos carreras de 100 kilómetros o más, en montaña o en el desierto, por no hablar de ironmanes y ultramanes -con toda mi admiración para los portentos que practican esas modalidades inhumanas-, parece que el maratón se haya quedado en una cosa menor. Y no lo es. Esos 42,195 kilómetros que corrió Filípides para morir en la meta y se corren hoy por las ciudades del mundo -en mundiales, juegos olímpicos, de élite o populares- siguen siendo la prueba reina de las carreras de fondo. Doy fe, aunque lejana, de que a lo largo de un maratón pasa una vida entera. Eso sí, en 120 minutos, no sé qué vida ni qué tiempo da a que pase. Y no doy fe, porque yo creo que nunca lo he hecho, pero podría asegurar que correr un kilómetro en dos minutos y cincuenta segundos es una burrada para cualquier persona deportista que no sea un atleta de élite. Hacerlo 42 veces…
(Foto: Nala_Subrada)

(Foto: © Justin Tallis / AFP)