La vuelta al mundo en un año

Hace un año, más o menos, creíamos ver la luz. Ya llevábamos un mes saliendo de casa, habíamos vuelto a los bares, respirábamos el aire del incipiente verano después de que la primavera nos hubiese sido negada. Se reanudaban el fútbol y el baloncesto, las carreras de motos y de coches, no había limitación de horarios y la mascarilla era recomendada, pero no obligatoria. Lo llamábamos nueva normalidad, y nos las prometíamos felices otra vez. Pero en agosto empezó a oscurecer y en septiembre se nos hizo de noche otra vez.

Un año después, estamos aproximadamente en el mismo proceso. No venimos esta vez de un encierro estricto, quiero decir en España, pero sí de una vida muy limitada. De una recaída menos grave o a lo mejor tanto, pero mejor tratada. En cualquier caso, que nos ha minado si cabe más la moral. Afrontamos ahora un nuevo intento de desescalada, pero esta vez con mucho tiento, las autoridades se lo miran mucho, no les echen en cara otra vuelta atrás, los informadores y voceros se escandalizan cuando ven un estadio lleno de otro país, no faltan los profetas de la catástrofe que no cejan en su afán de atemorizarnos, y en general, no nos fiamos después de los reveses sufridos. Nos vamos a quitar la mascarilla, pero hay quien dice que todavía es pronto para tales osadías. Sigue habiendo mucho miedo al virus, pero también a equivocarse.

Intentando poner algo perspectiva, ¿qué ha cambiado de un año a esta parte? En España, fundamentalmente, que ya tenemos los datos oficiales de población del INE, que nos ofrecen, quizás con mayor precisión y credibilidad que ningún otro, una vista del impacto real de la pandemia, al menos en términos cuantitativos, luego están los intangibles. Pero no ha sido esta la noticia de mayor repercusión de la semana, en comparación con otros hechos, parece que más candentes y que preocupan más a la sociedad. Otro cambio importante es el porcentaje de población ya vacunada, y que el ritmo va a más a pesar de todo el ruido, las sombras y las especulaciones que se vertieron al principio. Y, también fundamental, que ya contamos con un plan de recuperación económica aprobado por Europa, que facilitará la llegada de los ansiados fondos -casi un año después de aprobarse éstos-, con lo cual ya no será cuestión de discutir el plan, sino de ponerlo en marcha. Pero esta noticia, para según qué medios, mire usted, ni ha existido.

¿Qué ha cambiado en el mundo? Digamos que, posiblemente, ya apenas quedan países ganadores o vencidos, modélicos o incompetentes, porque al final, antes o después, a todos les ha caído lo suyo. Incluso algunos dirigentes que fueron tildados de irresponsables -porque realmente lo fueron-, hoy hacen por destacarse entre los más cautos -¿qué me dicen de Boris Johnson?. Ha cambiado que Estados Unidos ha vuelto, y aunque nunca cabrá esperar que vaya a actuar como la potencia salvadora del mundo, no nos engañemos, siempre habrá más lugar para el optimismo viendo esta cara que la que veíamos antes. Cambió que Europa y las autoridades monetarias decidieron afrontar esta crisis con la receta diametralmente contraria a la que aplicaron en la anterior, así que cabrá esperar, cuando menos, resultados diferentes, veremos. Por lo demás, las autoridades sanitarias, principalmente la OMS, siguen más o menos igual. Siempre por detrás, siempre narrando el partido en diferido que ya hemos visto. Y si hasta marzo de 2020 su principal directriz fue no alarmarse ni preocuparse, desde entonces abundan e insisten en que mantengamos la alarma y no nos despreocupemos. Ah, y del origen de la pandemia… sabemos exactamente lo mismo.

¿En qué ha cambiado el paisaje? Todavía es pronto para saber, porque en estos momentos no difiere prácticamente del de junio de 2020. La gente sigue trabajando desde casa, la que trabaja; los negocios que vivían de la proximidad de las empresas no levantan cabeza, los que aún resisten; eso sí, en las ciudades españolas han brotado terrazas como setas en otoño. La actividad se va desperezando, lentamente se va liberando a más trabajadores de los ERTE, pero también es verdad que a algunos de éstos ya se les ha caído la T. Lo que está claro es que tardaremos aún en ver los centros de las ciudades como estábamos acostumbrados. Y también constatable es que, aun ya sin restricciones drásticas a la circulación, pasamos más tiempo en casa que antes. Bien lo saben Amazon, Google, Microsoft…  En las crisis, siempre unos pocos ganan y otros muchos pierden. Y los ganadores nunca se van a resignar a dejar de serlo.

¿Y en qué hemos cambiado nosotros? Básicamente, estamos tocados. Matices arriba y abajo, hechos, circunstancias, tragedias, sustos… que cada uno y su entorno hayan vivido. Pero no habrá nadie que pueda decir que esto no le ha afectado física, metafísica o intangiblemente. Al principio, hicimos por querernos más, por unirnos en la terrible adversidad. Pero con el tiempo, hemos ido cayendo en el individualismo, cuando no el egoísmo, nos hemos abandonado al ostracismo, nos ha podido la desconfianza y hasta la hipocondría. Unos más que otros, algunos hasta extremos enfermizos, rehusamos el contacto y hasta la cercanía, nos incomodan las estrecheces. Sí, esto era lo necesario, lo que nos recomendaban. Pero según vamos teniendo licencia para juntarnos, y pronto para abrazarnos sin límite ni contemplación, ¿seguiremos apalancados en la distancia, como excusa tal vez para no abrirnos a los demás? Seguramente, no hemos dimensionado aún todos los efectos secundarios de este largo episodio. Puede que no lo hagamos nunca…

Por lo demás, ¿qué no ha cambiado absolutamente nada? Evidentemente, la clase política, la de España y podemos decir que en general -salva sea la llegada de Biden. Lo normal sería ahora decir que ya no sabemos qué tiene que pasar en el mundo para que los políticos se den cuenta de qué es lo que la gente espera de ellos. Lo que pasa es que también se puede pensar que, en realidad, hay mucha gente que ciertamente espera justo lo que están haciendo. La polarización estaba ya muy arraigada, y posiblemente la pandemia no ha hecho más que acentuarla. Hoy lo valiente sería unir, pactar, tender puentes con los adversarios, y lo sumamente fácil es faltar, oponerse y negar sistemáticamente al contrario. Pero resulta que últimamente los electorados terminan penalizando a los primeros y refrendando a los que alientan la bronca. Además, se pierde completamente la perspectiva. Los temas que priman en la agenda política no son, por lo general, los que directamente inciden en el progreso y el bienestar de las sociedades, pero tampoco se aprecia que la mayoría de la ciudadanía exija que esas cuestiones ocupen los debates. Así, las contiendas electorales derivan no ya en estéril confrontación ideológica, a veces más bien en trifulcas folclóricas. Por ejemplo, en Madrid se ha terminado votando si bares o sanidad.

Tampoco los medios de comunicación han observado grandes cambios. Al contrario, la precariedad que los atenaza se ha hecho si cabe más insoportable. Algunos, en el inicio de la crisis, hicieron por ganar empatía con su audiencia, por ejemplo, liberando los contenidos digitales que poco antes habían puesto bajo suscripción. Otros, no. En general, todos han entendido el valor de la información como servicio, pero al mismo tiempo, como sin darse cuenta, han dado también espacio al ruido, a la especulación, a los vaticinios alarmistas o a los pronunciamientos que alimentaban la confusión. Algunos han hecho luego cierta autocrítica. Otros, no. A la hora de informar, han seguido fieles a la máxima de que la mala noticia se vende mejor que la buena, y cuando la realidad arrojaba datos de distinto color, se daba mayor visibilidad a los más negros, ocurre siempre, sí, pero tal vez en esta situación se debía andar con más cuidado. En cuanto a la independencia, puede algunos hayan intentado, en la medida que han podido, desligarse de sus ataduras y primar el interés informativo. Otros, se sabe que absolutamente no.

En fin, hemos dado algo así como la vuelta al mundo en un año para estar prácticamente en el mismo punto. Tenemos quizás la misma esperanza, y seguramente ahora mucho más fundada. Pero también venimos resabiados de la experiencia. Y, como hemos dicho en alguna línea de este artículo, estamos más tocados que hace un año. Mira que ya lo estábamos entonces…

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