¿Ha vuelto Estados Unidos?

“US is back”, podría haber sido el colofón del conciliador y prometedor discurso de Joe Biden en su toma de posesión. Si Pedro Sánchez esgrimió en su día el “España ha vuelto”, y no toca valorarlo aquí, todo el sentido hubiera tenido que lo hubiera proclamado el nuevo presidente de Estados Unidos. De hecho, en cuestión de horas ha vuelto al Acuerdo de París para el cambio climático, ha resuelto quedarse en la OMS y hasta la web de la Casa Blanca ha vuelto a tener versión en castellano. Y sea como sea, siempre será ese mensaje mucho más tranquilizador y normalizador que aquel inquietante “America first” con el que inauguró mandato su “inolvidable” antecesor.

Pero ¿hasta qué punto vuelve Estados Unidos realmente? El tiempo lo dirá, pero tampoco pensemos que de la noche a la mañana ese país y el mundo que le rodea van a ser otros ni que estemos ante la instauración de una nueva era en el orden mundial y las relaciones internacionales. Recuérdese que todo eso y más se esperó con la llegada de Barack Obama, y estaba claro que el simple cambio de titularidad en un despacho, por muy oval que sea, no iba a obrar el milagro universal. Lo que cabe esperar, como mínimo, es que la posición de Estados Unidos y su influencia regresen a la normalidad tras cuatro años decididamente anormales. Eso tendrá sus pros y contras, sus oportunidades y sus amenazas, pero no dejará de ser el escenario que más o menos hemos conocido siempre. Y aun así, no será fácil retornar a aquella situación.

Porque Estados Unidos vuelve dividida como nunca. Con una crispación y un clima de confrontación que no sé si habría que remitirse a la Guerra de Secesión para encontrarle parangón, y perdón, porque en este punto carezco del rigor histórico. Pero mientras en muchos países europeos -y en España, desde luego- venimos más familiarizados con las tensiones y las crisis políticas, lo que se ve allí en estos últimos años no se había visto en los tiempos que nos alcanza a ver. Y claro, en América todo es a lo grande, las coca-colas, las hamburguesas, los mega centros comerciales o las conspiraciones. Lo fácil es concluir que el paisaje que tenemos es obra de los cuatro años infames de mandato del ciudadano Trump y de toda la tierra quemada que ahora deja. Pero puede que sea más complejo, y de hecho, el trumpismo quizás no ha sido una causa, sino una consecuencia. Y la causa sigue ahí.

El mundo al que vuelve Estados Unidos vive inmerso en una devastadora crisis sanitaria, económica y social derivada de la pandemia. Que se ha superpuesto a otra crisis económica y social que aún no estaba resuelta, o se había resuelto muy mal. De la gran recesión que empezó en 2008 -y es dudoso que hubiera terminado realmente-, el mundo occidental salió más precario, más parco en recursos, con peores servicios públicos de todo tipo -sanitarios, entre ellos-, más desigual… y con mucha gente desalojada del llamado estado del bienestar. Si sólo en España se estima que unos tres millones de personas se vieron descabalgadas de lo que se entiende por clase media -según datos del Banco de España-, fácil es extrapolar que equivalentes cohortes de población sufrieron el mismo trauma en los países de la órbita occidental, y también en Estados Unidos. Como, aterrizando el dato estadístico, hablamos de personas individuales con sus circunstancias, con su bagaje cultural y cada uno con su forma de sentir y pensar, entendamos que unos se lo tomaran con resignación, otros con irreversible frustración y muchos por la tremenda. Y estos últimos han dado en entregarse a líderes, movimientos o partidos que representaban la ruptura total con todo lo que ellos entienden que les ha condenado a su miserable situación actual. Lo llaman populismos, pero son extremismos de todo color y pelaje. Que, según los países y regiones, su idiosincrasia, su historia o su folklore, han adoptado formas autóctonas a medida: fascismos, neonazismos, comunismos a la vieja usanza, nacionalismos viscerales, antisistema, nacionalcatolicismos… cada uno apelando a las esencias más profundas y rancias de sus respectivas infra culturas.

Y en este Estados Unidos que pretende volver, ha sido el trumpismo el que ha encarnado las ancestrales ansias supremacistas, xenófobas, ultrapatrióticas, misóginas, negacionistas… de una gran parte de la población que ha encontrado la coartada perfecta para expresarlas sin rubor y sin complejos. Pero existían antes de Trump y, una vez liberadas, van a seguir existiendo, con o sin su ocasional líder. Por eso, la labor de pegamento que Biden y la vicepresidenta Harris se han propuesto desde su inicial discurso y su avalancha de primeras medidas, tiene recorrido por delante y muchos obstáculos. Da la sensación de que muchas de las verdades dadas por supuestas en los estados democráticos han saltado por los aires, y reconstruir el edificio, más luego apuntalarlo, va a necesitar más que intenciones. Y mucha ayuda… sabiendo todos esos que hay que no están para nada dispuestos a ayudar. No queda otra que desearle temple, determinación, colaboración… y mucha suerte.

Al final, el nuevo presidente tiene la misión de que Estados Unidos vuelva a ser el país que acostumbró y con el que el mundo se acostumbró a vivir. El de la innovación, la investigación, la tecnología, las grandes empresas, la sociedad civil… Sí, también el del poderío militar, la omnipresencia, el que mantiene intereses permanentes en cualquier esquina del planeta…  El del arte, el deporte, el marketing, la comunicación… y el de la comida rápida, el tex mex, los desayunos hartos de hidratos… el que pone banderitas hasta en la sopa e invoca constantemente a Dios. El que nos produce admiración a veces y animadversión otras, o nos suscita contradicciones, decididamente liberal, absolutamente disruptivo y luego profundamente conservador… Sí, USA en estado puro.

Lo esperanzador es que vuelva gobernado por un presidente coherente, instruido, que se reúna civilizadamente con los mandatarios de otros países, que hable razonablemente con la prensa, que sea capaz de negociar y quizás alcanzar importantes acuerdos internacionales. La imagen y los gestos siempre son un activo fundamental, en aquella democracia más que ninguna, y los nuevos elementos en la decoración del despacho oval ya dicen bastante. Para 2024, si las cosas han salido medianamente normales, renunciará a presentarse con 82 años. Y Kamala Harris aspirará entonces a convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos al fin. No sabemos qué mundo tendremos para entonces, pero seguramente ese día respire un poco mejor.

Pero ahora es el tiempo de Joe Biden, de su diverso y multirracial equipo. Y de confirmar que Estados Unidos ha vuelto. Con qué poco nos conformarnos a estas alturas. Pero al menos…

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