Ciencia vs comunicación: la simbiosis

Cada vez nos interesa más la ciencia, se publican más artículos y ahora incluso se leen. De hecho, nos gustaría escribir más a propósito. El problema es que no estamos capacitados, y esta es una de las áreas en las que, si no se sabe, es imposible disimular. Pero sí podemos hacer un truco. Podemos trasladar algún concepto o teoría científica al mundo que del que sí entendemos algo, la Comunicación. Y es lo que vamos a hacer esta vez. Eso sí, vamos a empezar por algo sencillito. Porque hasta los de letras manejamos con soltura un término tan al uso como simbiosis. Lo que pasa es que tendemos a usarlo en relación con uno solo de sus aspectos, esto es, cuando nos referimos a una relación o colaboración entre dos partes, de la que ambas se benefician. Y ya saben los documentados que simbiosis no es sólo eso.

A los de ciencias puras no hará falta explicárselo, y algunos de letras nos acordamos de haberlo estudiado de pequeños. Simbiosis es la forma en la que interactúan individuos de especies diferentes, sean animales, vegetales, microorganismos y hongos. Pero conviene saber que puede darse en tres modalidades: mutualismo, cuando, en efecto, ambos salen ganando; comensalismo, cuando uno gana y al otro ni le va ni le viene; y parasitismo, cuando uno se beneficia a costa del otro. Las abejas y las flores serían un buen ejemplo de la primera, el pez rémora que acompaña al tiburón es el típico caso de comensalismo, y los mosquitos que nos fastidian a los humanos son otra conocida y padecida forma de parasitismo. Bien, pues si lo trasladamos al mundo de la comunicación, y por extensión, al periodismo y los medios de comunicación, se nos podrán ocurrir diferentes prácticas, usos y modos que podrían catalogarse como simbióticos y asignarlos a cada una de sus categorías. Vamos a intentarlo.

Eso sí, para acotar bien el asunto, debemos antes identificar a las especies que entran en juego: el que comunica, por un lado; el que es objeto de esa comunicación, por otro; y la audiencia, el público destinatario. Digamos que la simbiosis comunicativa pone en liza siempre a dos de estas especies.

Mutualismo

Es menos fácil de lo que podría parecer encontrar vínculos de verdadero mutualismo en la comunicación de hoy. Se supone que la propia relación entre los medios y sus audiencias debería ser siempre mutualista. Pero a la hora de la verdad y en los tiempos que corren, habría mucho que decir y matizar. Básicamente, se daría cuando el periodista consigue y publica una buena información relativa alguien -persona, empresa, entidad…- y ese alguien sale bien reflejado en términos de imagen y reputación. Pero no es tan fácil que se dé ese win-win tan redondo. Difícilmente es considerada “buena” -rigurosa, interesante, reveladora…- una información que hable estupendamente bien de un sujeto, sea el que sea y lo que sea. Más bien podríamos decir que al contrario. Cuanto peor hable de esa persona, se va a suponer que mejor es el trabajo. Cosa que tampoco es…

Más factible es conseguir que el sujeto actúe como fuente de una información -por ejemplo, un estudio o un proyecto concreto- que el periodista y el medio pueden considerar interesante para su audiencia. En cualquier caso, en este punto es donde pueden jugar un importante papel los dircom y las agencias de comunicación. No son un intermediario, porque están en el lado del sujeto. Pero, si son buenos conocedores de las necesidades e intereses de ambas partes, son quienes pueden establecer el enganche entre lo que puede motivar al informador y gustaría comunicar a su empresa o entidad. Y facilitar ese mutualismo. Lo que sucede muchas veces, sin embargo, es que dircoms y agencias tienden a mirar más por sus jefes o clientes, mientras que el periodista tiende a desconfiar de las informaciones que le llegan de una fuente que, en realidad, casi siempre es interesada. Nunca es fácil, por lo tanto, ese equilibrio, y dependerá mucho del criterio, honestidad y capacidad estratégica del profesional en cuestión.

Y no valen, de ninguna manera, las informaciones y contenidos que son producto de una contraprestación económica -publirreportaje, branded content, como lo quieran llamar. Eso no es mutualismo, entre otras cosas, porque ni siquiera es información. Es puro negocio que el medio necesita para su subsistencia en tiempos convulsos. Y, por parte de las empresas que lo practican, una forma implícita de infravalorar su capacidad de comunicación.

Cabe señalar además que, en el ámbito de las especies, el mutualismo puede ser espontáneo u obligado. Trasladados al mundo nuestro de la comunicación, muy preferible lo primero. Uno nunca debería necesitar del otro para vivir.

Comensalismo

En esta categoría, uno obtiene beneficio de lo que se informa o comunica, y al que está al otro lado ni le va ni le viene. Bien, es difícil que cualquier información deje diferente al que es objeto de ella, en un sentido o en otro. Pero a lo mejor, en un momento dado, puede venirle no del todo mal que se hable de un tema concreto que incomode lo justo, si sirve para que no se dé visibilidad a algún otro hecho o aspecto realmente denigrante para su imagen. Desde la otra parte, hay notas de prensa que emiten las empresas que a algunos medios no les parecen especialmente relevantes, pero no les importa publicarlas, con lo que la empresa en cuestión consigue su objetivo de visibilidad. Y otro ejemplo de comensalismo pueden ser, en algunos casos, las ruedas de prensa digamos de oficio. Las que tiene que dar un entrenador al final de un partido o la portavoz del Gobierno después del Consejo de Ministros. Generalmente las dan de mala gana, pero lo asumen, y los periodistas se llevan un material informativo, más rico o más insulso, según la ocasión. Pero, ojo, puede venir un Pep Guardiola, al que le gusta especialmente lanzar mensajes a determinados destinarios, aprovechando que le toca comparecer. O el Gobierno, ese día -y pasa bastantes días- tiene una declaración importante que hacer, ya sea para anunciar una ley o medida de especial clave, o bien en mera clave política. Y, entonces, ya no es comensalismo sino puro mutualismo.

Por otro lado, uno de los ejemplos que usualmente se usan para describir las relaciones de comensalismo en la naturaleza es el de las especies carroñeras. Obtienen su alimento, y el pobre animal muerto ya ni siente ni padece. Pero ese ejemplo no es trasladable al ecosistema de la comunicación. Porque, en este contexto, la carroña tiene otra connotación, y suele estar asociada a personas que están vivas, que cuando ven que se cuentan sus miserias, sufren sincero dolor. Otra cosa sería revelar trapos sucios o episodios oscuros de personajes ya desaparecidos. Pero están, claro, los descendientes, los partidarios o las organizaciones a él vinculadas que todavía subsisten.

Dentro del comensalismo, existe una variedad, llamada inquilinismo. Se trata de que una especie utiliza a otra para refugiarse o simplemente para instalar su vivienda, sin que a la segunda le importe. El caso más típico son los pájaros que anidan en los árboles. Bien, pues no pocas redacciones de periódicos y no pocas agencias de comunicación han albergado a alguna que otra especie extraña, que no tenía que ver nada con lo que se cocía por allí. Y que habrá sacado su rédito, sin aportar ni molestar. En fin, cada uno habrá conocido a tal o a cuál.

Parasitismo

Seguramente, es la categoría en la que más casos y ejemplos podremos encontrar. Pero, ojo, no hay que confundirse. Si un medio informa objetivamente bien de alguien -esto, es sin presiones ni contraprestaciones-, podría entenderse como una forma de mutualismo. Pero si la información es crítica, denunciante o descalificativa, y sigue siendo objetiva, de ninguna manera se puede considerar parasitismo. Aunque uno gane y otro pierda. Es información, y cada uno debe responder de sus hechos, los exitosos y los vergonzantes. El parasitismo en comunicación tiene una particularidad que lo distingue del que describe la simbiosis científica. No es una relación de base natural, como la del bicho que sobrevive a costa de la salud de otro. O, digámoslo de otra forma, el parasitismo es incompatible con la comunicación objetiva, fiable y honesta.

El parasitismo, en este ámbito, conlleva casi siempre una relación viciada. Si median presiones o contraprestaciones para que se publique un artículo elogioso sobre un político o personaje público, éste es el parásito. Pero también lo será, con respecto a su audiencia, el medio que ha aceptado esa manipulación. Parásito es también aquel articulista que se ha labrado prestigio y fortuna a base de difamar sobre personajes públicos. Con respecto a éstos, y también con respecto a sus lectores, si ha tergiversado la realidad o la historia, si se ha inventado hechos o declaraciones, si ha usado medias verdades para construir una historia que parece redonda, pero es falsa. Pero, cuidado, también es parásito el dircom o la agencia que le cuela a un medio una información infumable, lo que llamamos “una moto”, abusando de la buena voluntad del periodista. Que, a buen seguro, cerrará para siempre el grifo a esa fuente poco salubre.

También tenemos el caso del cuco que deja sus huevos en el nido de otras aves para que se los incuben. Tradicionalmente, la profesión, tanto desde el lado del periodismo como desde el de la comunicación, ha sufrido la modalidad del parasitismo que consiste en aprovecharse del trabajo de los demás. Que firman informaciones de otro, que se ponen las medallas que le correspondían a otro, que ningunean al que hace méritos, que merodean los despachos y los pasillos para hacerse el sitio y la posición que con su trabajo nunca se ganarían. Esta es más una condición propia de la simbiosis humana, pero que en este ecosistema se da en particular abundancia.

Y parasitismo en sentido amplio sería, por lo demás, toda comunicación deshonesta, tramposa, que pretende confundir a la audiencia para alimentar unos intereses determinados. Desde la publicidad engañosa hasta la propaganda política, pasando por aquellos medios que anteponen la creación de opinión a los principios fundacionales de informar, formar y entretener. Es decir, que una empresa sin escrúpulos, un partido político y hasta un medio de comunicación pueden llegar a convertirse en grandes parásitos. O actuar como tales, digamos, a tiempo parcial. Como se puede deducir, no tenemos pocas de estas especies hoy.

Hasta aquí las categorías. En fin, podríamos añadir muchos más ejemplos y literatura sobre el asunto. Cada uno podrá aportar lo suyo y, desde luego, su propio matiz conceptual. Esto no pretendía ser más que un ejercicio, pretendidamente original, de trasladar ideas de la ciencia al mundo de la comunicación, como en su día hicimos con los metales pesados, y como, seguramente, se nos ocurrirá en alguna próxima ocasión. No en vano, especies somos todos. Y especiales, también.

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