Metales pesados… también en comunicación

Qué va, nada que ver con el heavy metal, no se hagan ilusiones. Los metales pesados son elementos que existen en el aire que respiramos, residen en las aguas y toman sitio en nuestro propio cuerpo. En los humanos, y se ha demostrado que también en los animales, genera irritabilidad e irascibilidad, por un lado, y por otro cansancio, hastío, tendencia a la inacción. Pero también, constatado en personas con nombre y apellido, dolor de cabeza, de piernas, fatiga muscular y malas digestiones. En resumen, no son buenos compañeros estos elementos del metal.

En una faceta tan nuestra y tan social como la comunicación, también se dan los metales pesados. No hay que olvidar que, a pesar de su actual indefinición científica, coinciden en ser materiales de propiedades tóxicas, y por lo tanto nocivas o en todo caso tolerables, según cuál, hasta una determinada dosis. Lo mismo que se encuentran libres y de forma natural en determinados ecosistemas, también fluyen en aire a través del que se propagan nuestros mensajes, los que emitimos y los que captamos. Lo que decimos y lo que escuchamos. Lo que escribimos y lo que leemos. Están ahí, y últimamente están alcanzando una alarmante concentración.

Sí, tenemos hoy una ingente presencia de metal pesado en la actualidad que nos rodea, hasta el punto de hacerla por momentos irrespirable. Están en los papeles y en las ondas, en los discursos y en las declaraciones, en las portadas y en los editoriales que nos espetan cada mañana. Y lo mismo que en las aguas, en el aire y en nuestro propio organismo, generan malestar, embotamiento y disfunción articular, hormonal… Particularmente, estos metales en cuestión provocan empacho intelectual, trastornos existenciales y tendencia a la depresión. De forma cada vez más patente, contribuyen a la imparable expansión de masas polarizadas estimuladas por un germen degenerativo y adictivo: la ignorancia. Según se consume, se demanda cada vez más información para ignorantes.

A algunos, ya acostumbrados al aire viciado, podrán pasarles inadvertidos estos elementos. Pero los tenemos en el ambiente. Por ejemplo, el plomo: un metal plateado con tono azulado, gris mate cuando se empaña, que rara vez se encuentra en su estado elemental. Y sin embargo es abundante, machacón, va minando como una gota china, repitiendo continuamente la idea, medidamente tóxica, pero que a base de reiterada y propagada en la atmósfera va generando sales de mentira que derivan en grandes formaciones muy resistentes. Una vez construida la base salina y falaz sobre la que se edifican los discursos, es muy difícil desmontarlos. Ni con ácido sulfúrico será posible disolver las difamaciones de quienes comunican con plomo. Su patraña, extendida en el barrio o difundida por los cinco continentes, habrá adquirido la categoría de verdad -hoy lo llamamos posverdad- colectivamente asumida y defendida.

El mercurio, en cambio, es de aspecto plateado y líquido en determinadas condiciones. Muy volátil, lo encontramos por todos los sitios: en termómetros, barómetros, encuestas, muestreos, índices, rankings de excelencia o de popularidad… Puede producir envenenamiento por exposición a sus formas solubles, por inhalación de su vapor o por su ingestión directa. Los que saben manejar la comunicación con mercurio conocen perfectamente que a temperatura ambiente es un líquido inodoro, pero si se aumenta su temperatura por encima de los 40° C, produce vapores muy tóxicos y corrosivos, muy dañinos para la piel, los ojos y las vías respiratorias. Y sabe fulminar la reputación de cualquiera. Basta una pequeña partícula depositada en un estudio de mercado, en un paper supuestamente científico o en un inocente artículo sobre tendencias.

Menos familiar es el cadmio. De color blanco azulado, es relativamente poco abundante, pero se trata de uno de los metales pesados más tóxicos. Se encuentra en determinados discursos recitados o escritos, también dictados, y se suele emplear no ya para exaltar a unas masas, sino más bien para levantarlas contra otras. Asociado a la contaminación informativa, es muy peligroso porque reúne cuatro de las características básicas de un mensaje tóxico que se precie: sobreacumulación, rápida propagación en el ambiente, efectos contagiosos en seres humanos, y es fácilmente transportable a través de los cursos de agua, viento, Twitter y panfletos digitales del siglo XXI. Extremadamente oportunista, la comunicación a base de cadmio incendia al menor chispazo, despierta los instintos más embrutecidos, moviliza las vísceras más irreconciliables. Por lo general, el emisor se propone generar un caldo de cultivo, un estado de opinión que, aunque a veces ni siquiera tenga que ver con él ni con su causa, ya se encargará de manejar a su favor. Por supuesto, nada le importarán las consecuencias si la ganancia es sustancial.

¿Qué decir del arsénico? Puede parecer gris metálico, amarillo y negro, y es otro que raramente se encuentra en estado sólido. A pesar de que desde la antigüedad se le reconoce como extremadamente tóxico -siempre tuvimos mala fama los periodistas-, en realidad es un elemento esencial para la vida. De hecho, su deficiencia puede dar lugar a complicaciones -claro, ¿qué haríamos sin información ni noticias? Por lo tanto, en nuestra vida biológica podemos consumirlo tranquila y diariamente en carnes, pescados, vegetales y cereales; y en nuestra vida informada, en periódicos, webs, informativos de radio y televisión… El problema es cuando se excede la dosis o se adultera. La sobreinformación puede ser más perjudicial aún que la desinformación. Pero lo peor es cuando creemos que estamos consumiendo noticias sanas y, sin darnos cuenta, nos están metiendo arsénico en vena. Y no por compasión…

Hablemos finalmente del aluminio y el zinc. El primero, en realidad, es un metal ligero, pero en determinadas situaciones puede volverse insoportablemente pesado. Es el tercer elemento más común que podemos encontrar en este mundo, hasta en las cápsulas de Nespresso lo tenemos. Claro, en nuestro símil equivaldría a la realidad que vivimos, los hechos que existen, que vemos, y de los que se informa tal como son. La perversión viene cuando esa realidad no es de una pieza, sino que tiene varias aristas. Y según interese, se hace por mostrar sólo una vertiente y se hace lo posible, hasta lo imposible, por ocultar la otra, la que no conviene que se conozca. Es entonces cuando se comunica con material aluminoso, y en efecto, es una práctica generalizada hoy en tantos ámbitos de la actualidad, de la deportiva a la económica, y por supuesto en la información política. Tan dañina en el día a día como, dicen, las dichosas cápsulas de café. Con otra particularidad: el aluminio es un buen conductor eléctrico, lo que lo hace si cabe más fatal.

Avisados quedamos de los efectos de estos metales pesados, pero nos dará igual. Basta mirar alrededor y comprobar que están a la orden del día. No hace falta rebuscar tanto. Cuántas campañas políticas están perfectamente diseñadas a base de plomo, y no hay ya bombardeo que no lo arroje; ciertos lobbies, empresas y ententes profesionales aplican mercurio a discreción sin que deje de parecer tan normal; los arribistas sin escrúpulos se valen del cadmio para manipular con toda soltura a fin de llenar calles, plazas, alcantarillas… mientras tienen el desparpajo de tachar de “populista” a todo lo que se mueva o no respire como ellos; el arsénico en dosis letales ya no es un veneno marginal que se encuentre en chiringuitos dudosos, hoy lo venden también grandes farmacias informativas, por no hablar de esa droga que llaman “contenidos patrocinados”; y el aluminio tiende a hacerse cada vez más presente en cualquier información, del telediario a la barra del bar, porque ya casi nada es inocuo en esta vida y hasta el hombre que mordió al perro tenía un historial, una afinidad, una cuenta con Hacienda…

Toda esta atmósfera tóxica sería más asumible si el metal pesado fuera un elemento relativamente fácil de detectar, normalmente asociado a ciertas entidades -políticas, empresariales, religiosas…- que se sabe que comunican exclusivamente en su beneficio. Más respirable si todos o una gran mayoría de los medios de comunicación fueran rigurosos y cumplieran la función de aislarnos de su efecto virulento, o al menos advertirnos de dónde puede haber riesgo de intoxicación. Pero, desgraciadamente, algunos en España carecen de la independencia necesaria, fundamentalmente económica; y otros han optado directamente -y sin complejos- por ser parte del problema. Presumen en voz muy alta de que no toman nada –dime de qué presumes…-, pero “que dicen por ahí que sí, que sí…”.

Ah, me faltaba hablar del zinc. Es un metal que cuando arde en el aire arroja una llama verde azulada. El aire seco no le afecta, pero en presencia de humedad se protege con una capa superficial que lo aísla y lo protege de la corrosión. Es un mineral que fortalece los sistemas inmunológicos. Presenta una gran resistencia a la deformación plástica. Y hasta sirve para cicatrizar heridas. Sí, a lo mejor nos vendría bien algo más de este metal.

Y por supuesto, siempre nos quedará el heavy metal de verdad. Que nos libere un poco de este polvo tan espeso…

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