50 años en la azotea… y tampoco son nada

Era un 30 de enero, esta semana ha hecho 50 años. The Beatles se subieron a dar un concierto en la azotea… y la imagen se nos quedó para toda la vida.

Sí, llevamos esta década rememorando medio siglo de la vida del grupo musical más importante de la historia, de sus grandes hitos, y ya nos quedan pocos. O nos quedará empezar de nuevo cuando se vayan cumpliendo 60, 70… Pero, en fin, aún tenemos cincuentenarios que celebrar, y este es importante.

No vamos a repetir aquí la historia, tantas veces contada y sobre todo estos días. Y seguramente nadie lo cuente mejor que Julián Ruiz, que de esto sí que entiende, aquí dejo su versión de los hechos. Simplemente, algunos apuntes para situar. Los Beatles habían dejado de actuar en vivo en 1966, porque estaban hartos de no escucharse bien y porque tenían demasiadas ideas y proyectos para los que necesitaban el tiempo que las grandes giras les robaba, por mucho dinero que diesen. Esa decisión pudo ser drástica y dolorosa para muchos fans -y sobre todo para su gran mentor, Brian Epstein-, pero posiblemente gracias a ella hemos tenido la divina suerte de conocer obras maestras como Revolver o Sgt. Peppers.

Sin embargo, en 1969 las cosas pintaban más oscuras, como aquel día gris londinense de enero. Ya digo que no vamos a abundar, literatura hay de sobra. Pero pongamos que, para reactivarse, Paul McCartney había propuesto volver a los orígenes, salir de la introversión en la que por unos u otros motivos se habían sumido, y volver a los escenarios. De hecho, la tecnología había evolucionado muy rápido en tres años, y el rock ya podía sonar en condiciones en cualquier espacio.

Así surgió el proyecto, constantemente cuestionado y discutido entre ellos, a George Harrison nunca le hizo mucha gracia, John Lennon andaba “distraído en otras cosas…”, Ringo Starr solía decir sí a todo… La idea era filmar los preparativos de lo que se pretendía que culminase en un impactante concierto. Y grabarlo en directo, con un despliegue técnico descomunal para la época. Y aquí el resultado, o bueno, lo que conocemos de cuando finalmente, año y medio después y con la banda ya definitivamente separada, se estrenó como película. Parece que el concierto en sí duró unos 40 minutos, con paradas incluidas, pero inmortalizados quedaron estos poco más de 20.

Hay que decir que todo este episodio fue convulso, antes, durante y después. Tras barajar varias alternativas, a cuál más ambiciosa y descabellada, el concierto finalmente tuvo lugar en la azotea de los estudios de Apple Records, la firma discográfica que ellos habían fundado para liberarse empresarialmente y que, a la postre, tantos disgustos y malestares habría de darles. Las canciones que tocaron irían en su nuevo álbum, que se titularía Get Back y se completaría con otras que acababan de componer, entre ellas Let it Be y The Long and Winding Road. Pero he aquí que la discográfica -sí, la suya- rechazó de plano el proyecto de disco porque sus cabezas pensantes entendieron que no tenía la calidad (¿??) que debía esperarse de ellos. Ese pudo ser el fin de The Beatles, y en efecto, hasta ellos llegaron a pensarlo. Afortunadamente no lo fue, porque de alguna manera resolvieron que el final llegaría pronto, sí, pero serían ellos quienes decidieran cuándo.

De hecho, el disco terminaría saliendo. En 1970, cuando los ejecutivos de Apple vieron que se les acababa el maná, que los cuatro fabulosos ya no iban a hacer nada más juntos, recurrieron a este material. Se lo dieron -también se dice que fue idea de Lennon– al entonces prestigioso Phil Spector para que terminara de producirlo. En vez de Get Back, se tituló Let it Be. Y se publicó justo tras la separación del grupo, por eso se suele decir que es su álbum póstumo, aunque no fuera el último que grabaron. Lo cierto es que el producto final no les gustó nada a sus creadores, que por separado mostraron su disconformidad. Cuánto echaron de menos a George Martin, de quien habían prescindido en esta ocasión, y no por primera vez. Y entonces McCartney se empeñó en una tarea que culminaría ya en 2003: sacar el disco con las canciones como eran, despojadas de los ampulosos coros y música de viento con que las había “terminado” Spector. Lo llamó Let it Be Naked, y quedó así.

Pero en fin, lo que rememoramos hoy es aquel emblemático concierto de la azotea. El de su reaparición en directo y -en el destino iba-, el último que iban a dar. No sabemos si ellos pensaban exactamente que esa iba a ser su despedida en público como grupo, pero sí es cierto que el ambiente invernal, el escenario y hasta la fotografía, el cielo gris y los negros inmuebles de Londres, dan idea de que así iba a ser. Y con la perspectiva de saber lo que pasó después, la despedida de Lennon suena, efectivamente, a eso.

Con todo, un sonido y una puesta en escena impecables, un vigor que desafía la languidez del entorno. Y las imágenes enganchan, tienen algo de epopeya. Ringo aterido, con el abrigo naranja de su mujer; John y George envueltos en gruesas pieles; Paul más chulo que un ocho, desafiando al frío apenas con una escueta chaqueta. Billy Preston feliz de conocerse ahí, Yoko Ono sentada como una esfinge, el viento que sacude las melenas de los cuatro… Y las caras de la gente que mira hacia arriba, los oficinistas que trepan por las escaleras de incendios para verlos más de cerca, las quejas de los viejos dueños de los negocios de la zona, el ir y venir de los ejecutivos de Apple, el gesto contrito de los bobbys… De alguna manera, una vez lo vimos -en mi caso no fue hasta 1983-, esas icónicas escenas se han quedado con nosotros, y casi parece que no nos hayamos ido de allí. Llevamos medio siglo pasmados mirando a esa azotea…

Eso sí, la mayoría de las crónicas lo cuentan ahora en tono de epílogo. Y, sin embargo, no mencionan que The Beatles, aún en los últimos alientos de su existencia, todavía iban a dar lo mejor de sí mismos. Sucedería unos meses después… y lo contaremos cuando toque. Cuando se cumplan 50 años.

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