Mientras nevaba en París (crónicas espesas)

Y enero vino espeso. Una sonda espacial había alcanzado el lugar más lejano a la tierra al que haya llegado jamás un objeto terrestre. Razonablemente más cerca, los mensajes vienen obsesivos, unas veces tentadores, otras poco menos que despreciables. Y no nos engañemos, las noticias desalentadoras llegan con la misma cadencia con que despidieron el año. “Es la comunicación, estúpido”. Pero el periodismo que tanto amábamos, el que defendimos a capa y espada y expresamos orgullosos cada 24 de enero, se nos precipitó estos días sin remedio ni vergüenza por un agujero inmundo.

Las crónicas no podían salir mejor, más diáfanas. Estamos en el mundo en el que un reputado inversor puede hundir una gran empresa en bolsa, y con lo que ha ganado con la operación, comprarse primero la casa más cara de Londres, y luego la más cara de Nueva York. A éstas podrían irse quizás a vivir todos los empleados que se presumiblemente se queden en la calle, pero no se prevé que el nuevo dueño esté por la labor. Claro, “son los mercados, amigo”. Por eso aquí, y en todo el planeta, nos sigue pareciendo todo tan normal. “¿Lo del VAR, dices?” – “No, eso sí que no hay derecho, hombre”. Esa tarde me habían mostrado una esquela y no fue difícil sacar la evidente conclusión.

Hay pantallas que no mienten: Berlín, -4°, nublado; Helsinki, -13°, despejado. Pero pocos sabían que nevaba en París como no lo hacía en 30 años. Inviernos aquellos en los que los conflictos se resolvían dialogando, el problema hoy es cuando son los más ignorantes los que suelen tomar la palabra. Seguramente haya, entre ciertos colectivos profesionales hoy en pie de guerra, gente más preparada, con mejor argumentario y dotes de comunicación. Pero no se los ve estos días en los medios. O a lo mejor es que interesa más dar voz a los otros, enchufarle el canutazo al más burdo y soez. Que unos serán lo que sean y los otros tendrán lo que tengan, pero ¿quién de los dos invierte en publicidad? Bueno, si asistir a esas masas embrutecidas ya es un impagable anuncio para la competencia, dirán. Pues sí, pero otro dato: hace un año, también en enero, un conductor a velocidad desmedida se saltó la entrada a un túnel de Madrid, diez metros, destrozó los muros de ambos lados, tres vehículos aparcados y dos escaparates, milagrosamente salió atontado pero casi ileso, el coche negro inservible. La noticia se quedó ahí, nunca se supo más, ni quién ni cómo ni por qué…

Riga, -6°, variable; Edimburgo, 1°, neblina. Del espacio llegan unas misteriosas señales repetidas que los astrónomos no son capaces de descifrar. Otros hacen por descifrarse a sí mismos. Los partidos viejos se “rearman ideológicamente” a base de pasado, y los nuevos se desarman en el fragor de los arrebatos personalistas. Para unos será refundación, para otros, descomposición. Pero, claro está, depende de quién lo cuente y a quién. Y siempre, a todos, les quedará mirar a Venezuela para despistar. Entre un tirano banderas y un autoproclamado salvador, no se permiten términos medios, habrá que exigir ponerse de lado de uno de los dos. Y a quien pida elecciones, que las celebre él. Ciertamente, con perdón, a lo mejor podríamos organizar en España unas elecciones… venezolanas. Total, ya organizamos una final de la Copa Libertadores entre argentinos. Y a saber si no vivirán hoy más venezolanos aquí que en su propio país.

Verjoiansk, -41°, mayormente nublado. ¿Dijimos dialogar, término medio…? Será el cambio climático, pero en los polos siempre hizo un frío aterrador, y sin embargo cada vez más gente parece encantada de quedarse y para nada bajarse de allí. Las mayorías no toleran la mediación. Los comités y los consejos, como los parlamentos y las urnas, castigan sin remisión a los que osan acercar posiciones en vías de alguna solución. El que se aviene a negociar es un traidor, el que cede un rendido, si un líder da un paso para cruzar la calle a encontrarse con el líder de la otra acera, lo atropellarán, a los dos si el otro también hizo ademán. “Es la polarización, amigo estúpido”. Nada de acordar, hay que imponer. No vale pactar, solo vencer. Si es aplastar, mejor. “Te estás refiriendo al Brexit, ¿verdad?” – “Ah claro, ya lo ves…” respondí sin mirar. Estaba viendo las fotos de la nevada en París.

Melbourne, 40°, soleado; Minsk, -9°, precipitaciones. Los “supermanes” nacionales vienen a aliviarnos esta espesura y a reconciliarnos un poco con nuestras vidas entumecidas. Nuestro periodismo patriótico deportivo saca pecho, nos depara relatos de heroicidades, jueces injustos y elementos indudablemente en contra superados. Rusos vencidos a domicilio en Bielorrusia (¡!), serbios cicateros que no se dignan a admitir la grandiosidad de los nuestros. Menos mal que tanto el patinador como el tenista saben muy bien que les sobra esa retórica adulación. Su grandeza es, precisamente, su humildad. Con informar de lo que hacen, de lo que consiguen, de cómo son… seguramente bastaría. Ni ellos ni nosotros necesitamos más.

Asturias, entre 8° y 11°, lluvia a raudales para variar; Málaga, 14°, intervalos nubosos. Pero más allá de alguna ráfaga tímida de sol, las sombras no nos las podemos quitar de encima y el alma no deja de helarse. La peor noticia pudo haber nacido y muerto en el día, pero dio en ser de larguísimo, agotador recorrido por una casualidad fatal que fue el colmo de tantas fatalidades casuales a cuál más cruel. Se quedó la tragedia anunciándose dos semanas. Y mientras titánicos operarios se afanaban en abrir el cerro en canal, nuestro periodismo se enfangaba a cuatro metros, a dos y medio, a 45 centímetros de la ciénaga más miserable. Ya se terminó la agonía, ahora sólo queda sudor y tristeza. Los que buenamente intentaron contarlo ya se van, como los que pusieron su oficio y su vida al servicio del último gramo de esperanza. Pero los que ponían los titulares a las honradas, esforzadas informaciones enviadas desde el lugar, siguen en sus mesas de las redacciones de Madrid, atentos al monitor que mide no la temperatura sino los clics.

Y en medio de todo este temporal de crónicas espesas, casi no ha sido noticia que ha nevado en París. El invierno va cubriendo sus etapas, en otoño ya perdí la referencia y no parece que esté en vías de reencontrarla. Es cuando prefiero darme un rato de evasión por esas imágenes de las Tullerías cubiertas o las barandillas del puente de Alejandro III, delicadamente tocadas de blanco. Estampas casi de otro tiempo, quizás de cuando estábamos convencidos de que vivíamos en un mundo que era aproximadamente una esfera. Ahora ya dudamos de todo. A lo mejor todo ha sido mentira, no soñado sino inventado, y simplemente estábamos distraídos con las pantallas mientras calmosa, majestuosamente, nevaba en París.

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