Rearme… ¿ideológico?

El término “rearme”, aplicado a las ideologías, debería parecernos anacrónico, y sin embargo lo empleamos con toda naturalidad. Hoy se habla de un partido, el PP, que celebra una convención para “rearmarse” ideológicamente, mientras otro, Podemos, parece que se “desarma” -siguiendo el paralelismo- en una batalla cruenta y sin cuartel, que en su caso tiene más que ver con los personalismos que con las ideas. Pero ningún partido es ajeno a estas maniobras de reinvención, el PSOE se ha “armado” y “desarmado” periódicamente y volverá a hacerlo, y Ciudadanos pasará por el trance, tarde o temprano, quizás cuando se plantee dejar de ser un partido unipersonal.

El caso es que ideología tiene, o tendría que ver, con ideas. Y de éstas uno se dota, se nutre, comparte, discute, se enriquece… y decide si refundarse o si sigue bien por donde va. En 1959, el SPD (partido socialista alemán) se replanteó toda su ideología en el congreso de Bad Godesberg, y de allí salió la socialdemocracia que conocimos en el siglo XX, negadora del marxismo, luego cada partido socialista europeo replicó aquel congreso, el español en Suresnes, Francia, todavía en el exilio. Claro que, como hace tanto, a muchos se les ha olvidado, otros quizás no habían nacido para enterarse, socialistas incluso. A mayor o menor escala, todas las fuerzas políticas, de la derecha a la izquierda, vivieron su momento de catarsis ideológica, que fundamentalmente tenía que ver con la necesidad de modernizarse. Pero, salvo excepciones que en España no se dan, estas maniobras intelectuales ya cayeron en desuso.

Hoy los partidos políticos se rearman, sin comillas. De dardos, lanzas, arpones, cargas de profundidad… casi siempre en forma de mensajes, lo más redondos y facilitos posible para que la gente -los seguidores- se los aprendan y los repitan de corrido. ¿Qué idea los sustentan? Da igual. La política ha aprendido de la publicidad, y se cree moderna por ello. Importa más el eslogan que el producto, el impacto momentáneo que el trasfondo intelectual. No es ya el lema que los creativos ideen para una campaña. Las declaraciones de políticos a las que asistimos diariamente en los medios de comunicación no difieren prácticamente en nada de la abrumadora invasión de mensajes simplones que Antonio Muñoz Molina recoge obsesivamente en su última -inspiradora- novela. Si aquella triunfante socialdemocracia hoy es vista como un híbrido obsoleto, el liberalismo conservador que dijo representar la Alianza Popular de Fraga hoy se ve una cursilería. ¿Qué ha sustituido aquellos postulados? Llamémosle “una estrategia eficaz”. O mejor, “haz clic aquí”.

Y si las ideas pasan a segundo, tercer plano, ¿qué decir del rigor, el sentido común y la perspectiva histórica? Como afirmaba Arsenio Escolar esta misma semana, “la mentira ya es la técnica electoral preferida de algunos políticos”. Yo me pregunto si realmente son algunos. Y sigue amargamente el director de Archiletras: “lo peor es que sus votantes no solo no se lo reprochan, sino que incluso lo celebran”. Ciertamente, Goebbels y otros grandes propagandísticas políticos hoy han sido ampliamente superados, pero no en arte -que, aunque malignamente usado, lo tenían. Sino en descaro, desparpajo y desfachatez, efectivamente, “sin complejos”. Por eso, adaptado el concepto a los que tiempos que corren, rearme ideológico podría significar hoy hacer acopio de mentiras para creérselas todos juntos.

Vale que todas las ideologías y movimientos políticos, como las religiones, las naciones y los nacionalismos, parten de un mito fundacional, que muchas veces consiste en una verdad más o menos a medias, reconstruida e historiada a medida para emocionar y concitar a toda su gente en torno a ella. Bien, pero a partir de esa convención comúnmente aceptada, intentaban construir, articular una historia creíble y posible, entender el presente y el futuro, adaptarse a la realidad con la que convivían. Y también llegaba el momento de ser pragmático, la realpolitik que llamaron, o como argumentó Deng Xiaoping, y aquí lo conocimos por Felipe González, “gato blanco o gato negro, si caza ratones…” Más a su estilo, José María Aznar lo tradujo en “había un problema y se solucionó”.

Pero hoy ni siquiera vale el pragmatismo. Lo único que sirve, lo que engancha a las militancias, es vencer, derrotar, arrasar. Y hacerlo instantáneamente. En un mitin, en un debate parlamentario, en un canutazo a la salida de un cine o de un hospital. En un tweet, en un titular, hay que generarlos todos los días y que “funcionen”, que merezcan muchas visitas y circulen profusamente, que calen en el hígado colectivo. Y sobre todo, que fustiguen al adversario: “gobierno okupa”, “traidor antiespañol”, “frankenstein o francostein”, “presidente golpista”, “Espanya ens roba”, “venden España”… Claro, que también a veces hay que lanzar mensajes constructivos: “sin tutelas ni tutías”, “No es no”, “brexit is brexit”, “lo serio es ser serio”, “España no colonizaba…”, “America first…” En eso piensan hoy los ideólogos de los partidos y los artistas de la propaganda. De eso se rearman los partidos.

Así que, cuando escuchamos que este fin de semana el PP trabaja en su “rearme ideológico”, que Podemos debate su identidad, o en próximos días que el PSOE redefine su estrategia con vistas a 2020 o que Ciudadanos estudia su posicionamiento de cara a las autonómicas… no nos engañemos, no esperemos nada profundo, proyectos de país ni revelaciones interesantes para la ciencia del pensamiento político. Simplemente, sus líderes momentáneos buscan bañarse de razón hoy para sobrevivir hoy. Y mañana será mañana. Rearmarse, sí, de tontuna que les aplauda las gracias y les haga la ola. Ellos, su corte y sus legiones de fieles, tan felices, se lo creerán. Y así se nos pasará la Historia…

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