Periodismo de pago… ¿y de calidad?

Como todo en la vida, lo bueno, lo de calidad, hay que pagarlo, y si es posible, pagarlo bien. Y el buen periodismo, por supuesto. Nos encontrábamos el otro día un editorial de El Mundo, a propósito de los últimos datos sobre las ventas de música en España, difundidos por Promusicae. Celebraba este diario el incremento de ingresos en el sector, gracias sobre todo a los modelos de streaming bajo módico pago. Y aprovechaba para saltarse al otro lado del río y dejar la oportuna coletilla: “entre los usuarios se implanta el hábito de pagar por aquello que merece la pena escuchar, ver o leer, consciente de que es la única manera de seguir recibiendo un servicio de calidad. Al igual que la música, la información exclusiva y de calidad que ofrece EL MUNDO necesita al lector”.

Bien, de la industria musical ya hablamos largo y tendido en su día. Principalmente, de lo que tardó en asumir que Internet imponía nuevas fórmulas y modelos de negocio, y del tiempo y energía que malgastó en clamar contra lo que las grandes discográficas y sus entidades representativas entendían que era un expolio de los ciudadanos y de las operadoras de telefónica. Es de celebrar que, aunque tarde, hayan terminado adaptándose y encontrando fórmulas que les permitan rentabilizar la distribución de música.

Pero el periodismo es otra cosa. El fenómeno de Internet también le cambió el paso hace tiempo, obviamente, y las empresas editoras llevan años de calvario, como les pasó a las discográficas, intentando que les salgan las cuentas. Esto es, que el tráfico que generan sus ediciones digitales se traduzca en ingresos que hagan el negocio sostenible. Pero hay una clara diferencia: las editoras musicales venden un producto tangible, una canción, un disco, y cobran por ello, ahora de modo que sea asequible para el usuario y deje réditos al vendedor. En cambio, los editores de prensa digital ofrecen información, un bien sin duda valioso pero que los usuarios pueden obtener de múltiples maneras, algunas de ellas gratuitas. Luego su medio de vida está en la venta de publicidad, que en el formato digital no ofrece los suculentos ingresos que dejaban los anuncios impresos, y además ven cómo la parte del león se está yendo a Google o Facebook. De hecho, la música también se distribuye a través estas plataformas, y los editores no están nada satisfechos con la remuneración que perciben por esta modalidad. Ganan mucho más con el streaming de pago.

Como solución, la única que se les ha ocurrido hasta ahora a las empresas periodísticas -porque puede que no haya otra- es cobrar a los lectores digitales. Que paguen una suscripción para poder acceder a los contenidos que el periódico publica en Internet. De entrada, difícil parece revertir la tendencia y acostumbrar a los usuarios a pagar por esos contenidos que durante tanto tiempo han recibido gratis (y que los propios grupos mediáticos se esforzaron en su día por ofrecer así, ajenos a la que se les iba a venir encima). Bien, pues entonces habrá que intentar ofrecer algo que motive a los internautas a pagar por leer ese periódico digital. Algo atractivo que no les aporte el periódico en papel -que la mayoría tampoco compran- y que no les llegue por la radio, la televisión o, cuidado, por las redes sociales.

Entramos entonces en el concepto de periodismo de calidad. Y hemos empezado este post refiriéndonos a El Mundo, por lo de su interesado editorial, pero podemos dirigir el mensaje a muchas otras cabeceras digitales que se ofertan en este país. Habrá que reconocer que la irrupción de Internet, que se anunciaba como una inmensa oportunidad -y así debería haber sido y todavía lo podrá ser- no le ha sentado muy bien a nuestra prensa, digamos, en términos de calidad. Es como si hubieran equivocado su sitio, su papel. De pronto sintió la necesidad de ser inmediata, sin cadena ni freno, cuando ya había a otros medios -principalmente la radio- que aportaban ese valor. Pero es que parece, además, que las cosas de las que se informa, las noticias, tienen que suceder mucho más rápido. A veces, hasta antes incluso de que sucedan. Y esa carrera frenética, además de estresar hasta el límite a los medios y a la profesión, ha degradado y restado lamentablemente valor a los contenidos informativos.

A ver, si me planteo pagar por un medio de información digital -y lo haría encantado-, tendré que valorar si me merece la pena. Y veo cosas que no me invitan mucho, lo siento. Es que la presión por tener más clics que nadie no les hace ningún favor. Ojo, grandes profesionales sigue habiendo, y se siguen construyendo en nuestros medios excelentes piezas de información, opinión o investigación. Lo que pasa es que tienen que cohabitar en la misma página o en la misma pantalla con otras de dudoso valor. Y parece, además, que desde las direcciones estratégicas se apueste más por estas últimas, por entender que conciten más audiencia, esto es otra vez, muchos clics. Y entonces asistimos a espectáculos “informativos” muy poco edificantes. Que al lector con sentido crítico producen bochorno, y al profesional comprometido con su vocación, sonrojo.

Que la misteriosa desaparición -con fatal desenlace- de una figura reconocida y popular, dé lugar a un rosario de informaciones especulativas sobre su vida privada, sus relaciones, su salud y las pastillas que tomaba o dejaba de tomar… todo ello sin respetar no ya la intimidad sino las normas y leyes más elementales, no ya de datos, sino de respeto a la vida de cada cual.

Que celebrándose el juicio por un asesinato que en su día causó gran conmoción en todo el país, la propia familia de la víctima haga un llamamiento público para que se informe con responsabilidad y discreción. Y sin embargo, haciendo caso omiso, asistimos estos días a un infumable serial diario de episodios truculentos relacionados con aquel suceso.

Que la intencionalidad política -que no es lo mismo que la libre opinión política- presida cualquier información, y fundamentalmente los titulares. Ya se sabe que el cuerpo de una información es responsabilidad del medio y del periodista que la firma, pero el titular sólo lo es del medio. Y a no pocos periodistas serios se les cae la cara de vergüenza cuando ven su crónica publicada con el titular que determinaron sus jefes.

Que se publiquen crónicas deportivas confeccionadas a toda prisa, casi en directo, para salir cuanto antes a la web. Y luego, durante las siguientes horas, incluso al día siguiente en la edición en papel, nos encontramos la misma crónica improvisada y tomada con pinzas.

Que algunas informaciones de sucesos cuenten una historia aparentemente redonda y creíble, y después, cuando se van desgranando los acontecimientos realmente sucedidos, resulta que eran inexactas y carentes de rigor. Porque no se dedicó suficiente tiempo a hablar con todas las fuentes ni a contrastar toda la información. Las prisas otra vez. Ah, y por supuesto, nada de pedir disculpas ni publicar una rectificación.

Que, por ejemplo, uno de esos titulares teledirigidos destaque que el mundo de la cultura celebra una decisión del Ayuntamiento de Madrid, y en el cuerpo de esa información no se encuentra un solo testimonio perteneciente a ese mencionado “mundo de la cultura”, sino exclusivamente el de la edil responsable de esa decisión. En general, esos titulares no son sino anzuelos para que la gente pique. ¿Cuántas veces no nos hemos sentido engañados después de leer completa una información que parecía “una bomba”?

En fin, estas son sólo algunos ejemplos recientes, podríamos seguir y no terminar. Y ojo, no son prácticas que se observen sólo en chiringuitos digitales que campean por ahí -de esos ya ni hablamos- sino en cabeceras nacionales a las que se supone un prestigio. Que muchas veces y durante mucho tiempo se han ganado, pero que en estos están poniendo seriamente en riesgo -y a veces, hasta ellos mismos lo reconocen.

Parece ser que en Estados Unidos o en Alemania sí están empezando a funcionar los modelos de suscripción. Pero a lo mejor es que se plantearon ofrecer calidad primero y luego cobrar por ello, que no es algo distinto de lo que funciona en cualquier negocio. Por mucho que nos digan que es una pescadilla que se muerde la cola, habrá que reconocer que la cabeza va primero y lo demás, después. Una buena información podrá no generar en principio tanto tráfico como un titular explosivo o una foto tentadora, pero a la larga reportará credibilidad y fidelidad. Y eso redundará en lectores, suscriptores, y por añadidura, anunciantes.

Conseguir esa calidad, información rigurosa, opiniones solventes, análisis reveladores, contenidos atractivos… dependerá de varios factores, pero de uno fundamental: los periodistas, que son quienes elaboran el producto. Como los futbolistas ganan los partidos, los músicos hacen las canciones de éxito o programadores crean grandes ingenios tecnológicos. El día que las empresas periodísticas decidan darse cuenta y cuidar a sus profesionales (1), todo les irá mejor y nos irá mejor a todos. Cuando les paguen decentemente, les doten de medios para ejercer su oficio y no les tengan en vilo por su puesto de trabajo. Esa la es la primera piedra, y a partir de ella llegarán a ofrecer verdaderamente periodismo de calidad. Entonces tendrán todo el derecho a presumir y a cobrar por ello. Y tendremos sociedades más satisfechas y mejor informadas.

(1) Claro, que los periodistas en general también tendrán, tendremos, que hacer algo más para ganarnos esa consideración y respeto.

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