Carlos Sainz, que le quiten lo rodao…

Por si en diciembre hay quien no se acuerde, para cuando toque hacer la lista de los mejores deportistas de 2018, apuntemos ya a Carlos Sainz. Es el primero que sin duda ya se ha ganado estar. Porque lo que ha conseguido a sus 55 años es muy grande. Y no sólo eso, revaloriza todo lo demás. He de reconocer que, cada año que el piloto madrileño anuncia que va a participar otra vez en el Rally Dakar, ya sólo pido un deseo: que vuelva vivo. Porque es una prueba tan bella e indómita como cruel y maldita, y ahí está la relación de caídos, ilustres y anónimos, en las 40 ediciones que se llevan, de África a Sudamérica. Y porque Carlos, como él bien dice, ya ha tenido muy buena suerte, muchas veces.

Es cierto que, con dos mundiales de Rally y ya dos Dakares desde hoy, su palmarés podría haber sido mucho más extenso, casi apabullante. Sólo si se le hubieran sumado todas las que estuvo a punto, en una y otra competición. ¿Cuántas veces segundo, cuántas se le fue todo al traste cuando era líder, en el desierto o en el RAC británico, entre las dunas o sobre los árboles en el camino, y el colmo de aquel “Carlos, arráncalo por Dios”? Sí, pero ¿cuántas otras ha salido indemne de accidentes tremendos, de los que cortan la respiración, pero por inmensa fortuna no le han quitado la vida ni las ganas de seguir? Y cada año, el pasado por última vez, yo le pedía: “Carlos, ya está bien, por favor déjalo ya”.

Cuando ya venció en el Dakar 2010, también manteniéndonos en vilo hasta la última especial, uno pensó que por fin lo dejaría. Que ya podría estar tranquilamente en su butaca asistiendo a los progresos de su hijo en la F1. Pero el muy cabezón volvió en 2011, y luego en 2012… cinco abandonos consecutivos, por avería o accidente, algunos yendo de líder, algunos dándonos verdaderos sustos. Cuando el sábado pasado se aupó al liderato de la prueba, tras el desastre del invencible Peterhansel, conteníamos la ilusión. Él también, más conocedor que nadie de cómo es esto, le daba risa verse campeón, decía. Pero los días han ido pasando, lentísimos, algo le tenía que pasar seguro, la cuestión era que fuera menos grave de lo que les pasara a los demás. Y en efecto, una caja de cambios rota, algún pinchazo… lo normal, al fin y al cabo. Hoy, a primera hora de la tarde, estaba en Córdoba y ya lo podía, lo podemos celebrar. Campeón siempre fue, pero ahora, además, Carlos Sainz tiene su segundo Dakar. Y que le quiten lo rodao…

Ahora, intentando enfriar la cabeza, toca aplicar la perspectiva. A Carlos Sainz habrá que valorarle en su justa medida. No ya por su palmarés, que también, sino sobre todo por lo que ha significado para el deporte español, su sitio tiene que estar entre los más grandes. Más allá de lo que haya ganado -y lo que haya dejado o haya estado a punto de ganar-, es otro de los que ha roto moldes y abierto puertas. A él se debe fundamentalmente que un deporte que era minoritario, hoy se siga y ocupe espacios en los medios de comunicación deportivos, que no es poco. Ha hecho afición, y de ella salen pilotos. Es verdad que el Dakar, desde que nació en París, siempre gozó de gran repercusión mediática por lo que conlleva de aventura, belleza y riesgo. Y siempre tuvo protagonistas españoles, de Juan Porcar a Marc Coma -hoy diseñador del recorrido-, pasando por Nani Roma, Isidre Esteve, Laia Sanz… 33 competían en esta edición. Pero cuando ha llegado a él, Sainz ya se traía grandes seguidores de los rallys que había hecho por todo el país.

Luego está la persona. Hay grandes deportistas talentosos, pero los campeones lo son además por su carácter. Que a sus 55 años uno mantenga las ansias de competir y se esfuerce por seguir mejorando, no es fácil ni normal. Hay que tener mucha madera. No siempre tiene recompensa y a veces ni siquiera se valora esa forma de ser. Como esta vez sí la ha tenido, la celebración tiene incluso más motivo.

Y por cierto, hay que recordar que los rallys son deportes de equipo. La mayor gloria se la llevan los pilotos y las marcas, en este caso Peugeot. Pero tan campeones como ellos son toda la gente que trabaja, y muy especialmente los copilotos. El que hoy también ha ganado el Dakar se llama Lucas Cruz, quede dicho y reflejado. Asimismo, sin duda Carlos se va a acodar de otro copiloto, que tantos años y en tantas peripecias le acompañó, y que hoy también ha logrado un triunfo, si cabe más importante: Luis Moya ha salido del hospital, justo hoy. Ese abrazo no se lo van a perdonar.

Y para terminar, un año más, qué mejor ocasión de pedir lo de todos los años por estas fechas: “Carlos, que te quiten lo rodao, y déjalo ya”. Pero no sé yo…

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