¿Necesitamos un periodismo deportivo tan patriota?

El periodismo deportivo en España, como todos los periodismos de hoy, se afana por ganar la batalla de la audiencia cueste lo que cueste. Y para ello, a menudo se deja llevar por la tentación de decir lo que la gente quiere escuchar. ¿Populismo? Evidentemente sí, entendido como tal. Si los lectores son de unos colores, ejercen de pregoneros de su equipo, esto se ve claramente en la prensa futbolística (más que deportiva) de Madrid y Barcelona. Ya reconoció aquel director del AS que vende muchos más ejemplares cuando el Real Madrid gana que cuando pierde.

Una característica del populismo es que da en exaltar los valores patrióticos, porque quien lo ejerce sabe que ahí tocan la fibra sensible de una gran parte del público. En aquellos pobres años cincuenta, sesenta y hasta setenta, teníamos muy pocos deportistas capaces de despuntar a escala internacional: Santana, Ángel Nieto, el Madrid de DiStefano y Gento… Pero eran habas contadas, y cuando por ejemplo llegábamos a los Juegos Olímpicos, sobraban dedos de una mano para contar las medallas que conseguíamos, bueno, sobraban casi todos. Entonces, aquella prensa apelaba a la mala suerte, a la injusticia, a los árbitros, al viento que soplaba en contra por la calle por la que nadaba o corría el nuestro. No mandábamos a nuestros héroes a luchar contra los elementos. Y el pueblo se lo creía y así lo asumía, pregúntenles a los que hoy lo recuerdan.

Hoy es muy distinto. En España tenemos a Nadal, a Fernando Alonso, Mireia Belmonte, Pau Gasol… Hemos disfrutado de referencias mundiales en sus deportes como Severiano Ballesteros o Miguel Induráin; nuestras selecciones de fútbol, baloncesto, balonmano o waterpolo han conquistado títulos mundiales europeos y olímpicos; nuestro deporte femenino ha dado un salto de calidad que hace años ni hubiéramos imaginado. Entonces, ¿necesitamos ser tan patriotas como en los viejos y oscuros tiempos? Pues en efecto, asistimos en prensa, radio, televisión e internet, a demostraciones de parcialidad, cuando no de forofismo, que satisfacen sin duda a una gran masa, pero que usan poco el rigor informativo.

Y agradarán a una parte de público, pero no le hacen ningún favor ni a los deportistas ni a los verdaderos aficionados. De Rafa Nadal habla su descollante palmarés y el respeto y admiración de que goza en todo el mundo. No necesita para nada que se le dore la píldora, que comentaristas supuestamente expertos se dediquen a menospreciar a Federer, Djokovic o Murray, que se busquen sistemáticamente excusas cuando nuestro Rafa no gana -como que en Australia la pista estaba más rápida que otros años… Marc Márquez y Jorge Lorenzo son un lujo de nuestro motociclismo, han ganado cada uno tres campeonatos del mundo de la máxima categoría, y son casi siempre protagonistas de las carreras, sin necesidad de que la prensa española convierta a su máximo rival, Valentino Rossi, en poco menos que un impostor que nos ha robado carreras y títulos -es más, creo honestamente que un mundial se lo tangaron a él a base de maniobras poco decorosas, que ya veríamos que hubiéramos dicho si dos italianos de distinto equipo se hubieran confabulado contra uno nuestro. Podemos enorgullecernos de tener a 10 baloncestistas españoles jugando en la NBA -¿podíamos imaginárnoslo cuando Fernando Martín?- y siendo importantes en sus equipos. Lo que no quiere decir que tengan que ser necesariamente las máximas figuras, que por ejemplo el play off entre San Antonio y Menphis ha sido un bis a bis entre Pau y Marc, o que se informe antes de la anotación de Ibaka o Calderón que del resultado de los partidos que jugaron. Los problemas de Alonso son siempre los de Ferrari o los de McLaren, nunca los suyos. Cuando se dan casos de doping de atletas o ciclistas extranjeros en seguida les tachamos de tramposos, pero cuando le sucede a uno nuestro le otorgamos todo el beneficio de la duda. Y en fin, podríamos seguir y no acabar…

Ya sabemos que no es un vicio exclusivamente español. Cuando el Real Madrid consiguió la Champions el año pasado, la ganaron Bale, Cristiano, James o Zidane, según leyéramos los titulares de la prensa galesa, portuguesa, colombiana o francesa. Pero allá aquellos países, esta España ya no es la que fue. Y no son ya los ases, marcas y mundos deportivos, periódicos eminentemente al servicio de madridistas, atléticos y culés. Son las televisiones, la pública y las privadas. Los carruseles deportivos de todas las emisoras, los largueros y transistores. Está muy bien apoyar a los nuestros, animarles y celebrar sus éxitos, que nos dan mucha vida. Pero el periodista y el medio correspondiente tienen como primera obligación informar, contarnos lo que pasa, ofrecernos el análisis de los expertos, y luego dar rienda suelta a la expresividad. Por lo demás, ya saltaremos nosotros en el sofá o en la barra del bar. La información deportiva es apasionante y este país ha contado y cuenta con excepcionales profesionales. Pero si se dejan llevar por la pasión nacionalista, ya no informan y entretienen, sino que desinforman y a la postre terminan aburriendo. Y de verdad, ni lo necesitan nuestros deportistas ni lo necesitamos los que disfrutamos con ellos.

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