Venecia, triste y renegada de ti

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Era ave de paso, y no sabe por qué razón, se fue acostumbrado cada día más… Hoy no hay quien le mueva de ahí. Hasta el anciano brujo, dux que fue, se ha sentido engañado y le ha dicho Otelo, vete ya”. Pero de Venecia no se le puede echar a nadie así como así, no lo contemplan los estatutos ni los contratos de alquiler. Cierto que él podría haber optado por marcharse, haber sentido algo de vergüenza o asumido con resignación. Pero es duro de carácter y además mantiene una moral inquebrantable. Está convencido de que no es él quien navega a contracorriente, sino que los que navegan en sentido equivocado son todos los demás.

Pasaba el esbelto mercader por ahí, parecía destinado a ser un puente más que sirviera de tránsito para ambiciones aún en gestación. Pero infravaloraron su celo, no repararon en sus celos y en que no iba a dudar en quitarse de en medio al teniente, alférez o caballero que osara hacerle sombra. A las batallas iría él con los suyos y con nadie más. El caso es que le asistió una suerte circunstancial que mitigó sus derrotas. Tras sus primeras contiendas perdidas en las vecinas costas adriáticas, porque paradójicamente recuperó poder al encontrar plazas en las que pactar con balcánicos y húngaros; en su primer desastre a Mediterráneo abierto, porque pudo ampararse en el estado revuelto en quedaron los mares para buscarse alguna oportunidad; en su segundo desastre ante los turcos, aún más categórico y cruel, porque había evitado el “sorpasso” de los pendencieros napolitanos, que todos predecían que iba a acaecer. Perdiendo se sintió ganador, y estaba seguro de que Desdémona nunca le iba a abandonar. Los últimos reveses sufridos en sus expediciones por el Norte ya le dejaron sin clavos a los que agarrarse, y como único argumento le quedó la obstinación.

Claro, era muy difícil, un trago imbebible plegarse a todas las corrientes que le venían de un lado y del otro. Había que echarle mucho estómago para abstenerse ante el imperio y dejar paso al rey otomano que no le había dado ni perdonado ni una ni media, que no había concedido ni una mísera tregua en su desdén, ni a él ni a sus antecesores desde hacía tantos años ya. Pero además había que tener mucho cuajo para aceptar los dudosos consejos de Yago, que en sus públicas misivas le instaba a retirarse en banda y le daba a entender que su amada ya no estaba con él. Si en cambio huía con ella para terminar aliándose a los guerreros eslavos, le acusarían de traición y le perseguirían hasta el final. Viéndose así acorralado, al bueno de Otelo le faltó cintura. Quedarse en el paso del estrecho, esperar el paso de la flota imperial. “Ahí las tienes, estas son mis condiciones, viejo sultán”. Y que fuera el sultán el que se moviera… si realmente se quería mover. Porque a lo mejor hubiera preferido retirarse a consultarlo con su harén.

Fue su error, y ahora ya es tarde para cualquier aventura ni plan. Hasta los que creía más fieles están contra él, y los que le venían esperando ya se frotan las manos. Yago bien se encarga desde su tribuna de instigar aún más animadversión en la convulsa corte, Casio Gómez hace cuentas y Emilia del Sur viene presta a ejercer de costurera. Para zurcir lo que haga falta, para coserle las tripas al finado. El Puente de los Suspiros espera ahí al fondo, “del sábado no pasa” apuestan los comerciantes en la plaza.

Mientras esperan acontecimientos, los más viejos que aún tienen perspectiva siguen recordando que Venecia tuvo una vez un proyecto, una idea y una ruta que seguir. Pero la voz del enemigo fue más poderosa entonces, supo azuzar las malas influencias y consiguió que los mismos venecianos renegarán de él. Hoy no tienen ni proyecto ni brújula, ya no saben qué son ni adónde van. La bella, otrora imponente ciudad, se abandona a sus miserias y querellas pendientes, el imperio se regocija desde su blindada orilla y el nivel de las aguas crece inexorable alrededor.

Ay Venecia, triste y renegada de ti.

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