¿Nos aburre el Tour de Francia?

Foto Benoitt Tessier, Reuters

Si se lo preguntamos a un apasionado del ciclismo, la respuesta inmediata será que no, porque el Tour de Francia es el no va más. Otra cosa será si inquirimos al gran público de las tardes de julio en el sillón. Es que no ha sido cuestión sólo de este año. El pasado lo sentenció Chris Froome en el primer día de montaña, en los Pirineos, y ya no hubo color. En el de 2014, Nibali se quedó solo a las primeras de cambio y no tuvo rival. El de 2013 fue otro paseo militar de Froome, el primero de este enorme ciclista. Y en 2012, el Sky -¿les suena?- le puso una autopista a Bradley Wiggins, entonces con el hoy tricampeón como gregario de lujo. ¿Por qué lleva tiempo sin emocionarnos el Tour, por no decir que nos aburre? Por el contrario, la Vuelta a España y el Giro de Italia sí están ofreciendo ediciones bien disputadas estos últimos años. Sin ir más lejos, las dos últimas se han decidido en el penúltimo día.

El Tour sigue siendo la carrera más dura, eso que nadie lo dude. Es en la que se corre más deprisa desde el primer día, la que encierra más peligro de caídas y accidentes, la que tiene más montaña que ninguna –aunque los puertos del Giro sean posiblemente los más duros y la Vuelta ponga finales más abruptos. Y encima se sube en pleno verano. ¿Es esa dureza, en realidad, el problema? Lo cierto es que la última semana de la ronda francesa viene aportando muy poco, cuando es precisamente donde se concentran los trazados más selectivos. ¿Podría replanteárselo la organización? No olvidemos que los ciclistas de hoy ya no van con el motor de antes, por lo que sea y no vamos a entrar ahora en el asunto –pero si quieren sí entramos otro día. El caso es que a esos días supuestamente decisivos, los que deberían ofrecer el mayor espectáculo, los corredores llegan con lo justo, y bastante parecen tener con aguantar y mantenerse donde están.

Cierto que este sábado, en la penúltima etapa, vimos posiblemente los mejores momentos de ciclismo de este Tour, subiendo el asfixiante Joux-Plane y en el revirado y mojado descenso hasta Morzine. Pero los protagonistas fueron cuatro pedazos de ciclistas –Jon Izaguirre, Pantano, Nibali y Alaphilippe, por orden de llegada- que no tenían opciones en la general y sólo se jugaban la etapa. Los capos del pelotón subieron y bajaron sin rechistarse. Y cierto que Froome y su inabordable equipo lo tenían todo controlado, pero los que optaban al podio estaban separados en la general por segundos, y nadie hizo ni ademán de moverse. Más que un pelotón parecían un rebaño, como señaló creo que acertadamente un periodista radiofónico.

¿Se había terminado este Tour, como el año pasado, el anterior y el otro, después de la primera etapa de montaña? La historia se repite, y parece como si después de la frenética primera semana –que este año no lo ha sido tanto-, el primer contacto con los grandes puertos dejara ya muy marcadas las diferencias entre el que va a ganar y los demás. Entonces los teóricos outsiders se ven inferiores y sin fuerzas para reaccionar, para intentar revertir la situación. Si además el líder va respaldado por un equipo descomunal, entonces ya tenemos el catenaccio en versión ciclista. Resulta que la carrera se ha terminado, cuando sin embargo queda lo más duro.

Antiguamente, como las cadenas montañosas francesas no están cerca de París, las últimas etapas del Tour solían ser llanas y resultaban más bien de relleno, con casi todo decidido –salvo que colocaran una contrarreloj que terminara de definir la general. Ahora, para darle en teoría más emoción al final, la organización coloca en la víspera de los Campos Elíseos una subida emblemática –Mont Ventoux, Alpe d’Huez o el etapón del pasado sábado. Y ya lo suben de la mano, porque no hay un gramo de fuerzas y todos han aceptado su destino. Así, la etapa supuestamente reina termina convirtiéndose en insustancial, algo así como los kilómetros de la basura –usando el símil baloncestístico. Y es una lástima.

En la Vuelta y en el Giro no viene sucediendo esto. Será la distribución de las etapas de montaña –en la ronda española van incrementando progresivamente la dureza de los puertos-, y posiblemente influirá el ritmo de carrera, más tranquilo en las etapas llanas –en Italia decían antes que los ciclistas echaban a rodar cuando conectaba la televisión. El caso es que algo deberían mirar. La organización del Tour suele pecar de bastante soberbia, y como tienen la mejor carrera del mundo, no ven por qué han de fijarse y quizás aprender de otras. Pero a lo mejor deberían pensar que si algo no funciona de una manera, habría que intentarlo de otra. Podían probar a cambiar algo, a ver si el año que viene vemos un Tour más divertido. Una carrera que nos hipnotice por algo más que por actuaciones puntuales –Sagan, Cavendish, Izaguirre, Dumoulin o el propio Froome- y por los maravillosos paisajes, lagos, montañas y castillos de Francia.

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