No te creas que no me acuerdo…1976

Foto José Antonio Gallego

No te creas que no me acuerdo… sí, de aquella tarde de 1976. La que acaeció cuando ya no se esperaba. El invierno ya no amenazaba tanto, el viento venía más condescendiente, soleaba con algo de templada bonanza. Pero febrero a veces tiene estas traiciones. No era previsible ni posiblemente razonable que tardes así devinieran en esta. La que pasó, holló el calendario y nada volvió a ser igual.

Con algo de perspectiva histórica, al tercer día de ese año bisiesto Estados Unidos había detonado a 100 km de Las Vegas la bomba atómica número 861 de las 1.132 que haría estallar en esa segunda mitad de siglo por la que atravesábamos. Pero no había cuadros pintados, y mucho menos fiestas de aquello, sin noticia de Venus. Resonaban todavía estribillos de éxitos de las últimas navidades y estaba empezando a irrumpir un Huracán de vinilo, aunque pocos por entonces tenían constancia.

1976iLos cielos del Paraninfo recordaban, es cierto, a los de esas acuarelas que había visto en aquellas paredes, o en esos lienzos haciéndose en el caballete. Plácidos como si no hubiera ya nada que pudiera alterarlos, serenos como si hubieran aprendido a relativizarlo todo. Sus nubes pasaban como visitantes asiduos, conocidos cúmulos a los que se saluda con atención pero sin mayor efusividad. Árboles pacíficos recortados en la tela azul, todo muy tranquilo en un domingo que se diluye apaciblemente, y no se prevé que vaya a deparar nada más.

Llevaba un mes volando el Concorde, lo que es la vida, y a principios de mes habían robado, del Palacio de los Papas de Aviñón, 119 cuadros de la última época de Pablo Picasso. Por cierto que era uno de los tres pablos a los que cantaba la canción, todos ellos desaparecidos tres años antes: el músico, el poeta y el pintor. No muy buenos tiempos iban a ser para estos últimos, la verdad. Fueran de cámara o a su aire, deliberadamente libres a veces y otras decididamente no.

Al calorcillo del salón tímidamente soleado, la frente segoviana saludó, pálida y débil pero al fin al cabo levantada tras muchos días postrada. Los paisajes habían convalecido un tiempo y se esperaba que ya pronto recobraran trazo a trazo su color. Había encargos pero podían esperar. Marchantes y figurantes de despacho llamarían el lunes para preguntar por lo suyo. A su tiempo, que no era cuestión de desasosegarse ni de renunciar a un chato de vino de los que quedaran. Tiziano seguía en el tejado y Cezanne en la fresquera, ya no les iban a sacar de ahí.

La Historia afrontaba próximas convulsiones y contracciones, uno de los tres personajes que en mi atontada niñez entendía que debían ser inmortales, ya había demostrado que no. Y la vida había seguido tras la catarsis oficial, bueno, algo habría de cambiar quizás no mucho después, de momento poco barruntábamos. Se suspendían conciertos, se informaba de secuestros que a veces terminaban en liberaciones, aún habría detenciones… Parecía sin embargo que todo pasaba lejos de aquí.

ABC 22 febrero 1976Iba desprevenido ese día, aquella casa la conocía bien pero nunca la había visto como la vería esta vez. Y nunca volvería a ser igual. A falta de mi inseparable transistor, me habían habilitado una vieja radio-armatoste y sintonizado una emisora que no me era nada familiar. Ahí me quedé escuchando los partidos del domingo tal que en el mismo estudio en el que tantas veces me había despedido y cobrado un beso y una moneda. Que en ese momento no era ni hacía las funciones de estudio, que iba a dejarlo de ser.

Unas semanas antes, un terremoto de escala 7,5 había arrasado Guatemala. Un mes después, un golpe de Estado instauraría el régimen militar en Argentina. Ese mismo día el ABC ilustraba en portada una visita de la Familia Real a Barcelona, sonreía el querubín trajeado, cómo es la vida si echamos una ojeada a ciertas noticias de hoy. Total, quién va a reparar en los hechos y en los contextos, al fin y al cabo hace falta una memoria muy retorcida para fijarse en ciertas cosas y relacionar otras.

No te creas que no me acuerdo. De los rictus repentinamente preocupados, de las carreras apresuradas, de los llantos precipitados. Lágrimas que nunca había visto y ni podía imaginar. En cuestión de minutos la jornada había dado un vuelco, apagué la radio por pudor. Sin realmente quererlo echaba miradas furtivas a la escena del fondo, creo que hasta me llegó a hipnotizar. A la mañana siguiente, en el colegio, yo estaba pero no. Me venía ese olor indefinible que ciertamente hoy todavía no sé a qué es. Recordaba, evocaba cada segundo y pensaba… A veces, no pocas, vuelvo otra vez. Junto a mí sigue el retrato, ese de tantos que sin embargo es el único. Y la Fiesta de Venus, faltaría más, que también tiene árboles y cielos.

Hoy hace 40 años empecé a ser consciente. De lo cerca que están, de lo juntas que caminan la vida y su contraria. Y no lo voy, no te voy a olvidar.

1976

Hoy, 22 de febrero de 2016.

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