Sin mensaje, ¿adónde vas triste de ti?

SoloTodo lo que hacemos y decimos en la vida, y también lo que no hacemos ni decimos, contiene un mensaje, explícito o implícito. Y a nosotros nos corresponde saber lo que pretendemos transmitir en cada situación, y por lo menos intentarlo. Si somos nosotros los que provocamos el acto comunicativo o si nos prestamos a él, qué menos que llevar siquiera una idea de lo que queremos contar.

Cuando Francisco Álvarez Cascos y sus estrechos colaboradores constituyeron su partido en Asturias (¿Recuerdan?), tal que un día de Año Nuevo en el transcurso de una suponemos que generosa comida en un restaurante de Oviedo, la animada sobremesa debió derivar en tal euforia y determinación, que ahí decidieron convocar una rueda de prensa de inmediato, como quien dice que se va al cine con los amigos. Con indudables dotes de gestión -faltaría más- contrataron un salón del céntrico Hotel Regente y armaron toda la logística; con gran capacidad de movilización –no podía ser menos tratándose de quien era- ahí pusieron delante a los medios asturianos, a las agencias y a los corresponsales políticos, siendo el día que era. Y ahí quedó la imagen de un líder abotargado, ya sumido en el bajón vespertino, contestando preguntas sin ton ni son y sin decir nada, soltando incoherencias y sin ser capaz de avanzar un proyecto de programa, una mera concreción de intención política. Eso no se lo habían preparado, a nadie se le había ocurrido durante el denso postre “vamos a llamar a la prensa sí, pero ¿qué les vamos a decir?”.

Sigamos con ejemplos. Un intrépido directivo de una gran multinacional decía que esto de tratar con periodistas es como jugar al mus, “si no se lo digo ahora me lo preguntará después, si me guardo esta y no me la pide luego le saco dos”. Propicia técnica esta para cosechar desagradables sorpresas cuando se vea publicado o emitido lo que se ha dejado ahí, en el micro, en la grabadora o en el papel, y que a veces salga más o menos lo contrario de lo que se quería expresar. Ignoramos si este directivo recurrió a ese su peculiar e intuitivo manual de comunicación aquella vez que hubo que ocultar una entrevista suya publicada en un importante diario aragonés. “Por favor, esto que no lo vea nadie en… (su empresa, se entiende)”, invocó un sensato y espantado director de Comunicación, una vez tuvo la página delante.

No debería ser tan complicado. Cuando vamos a una reunión de trabajo, solemos prepararnos lo que tenemos que exponer, rebatir o proponer. Si abordamos a alguien –por teléfono, por chat o en un bar- con la legítima, honesta o deshonesta intención que sea, un cierto discurso sí llevamos en mente. Y cuando salimos a la calle, pues nos fijamos en el tiempo que hace y sacamos el abrigo o el paraguas. Nada tiene por qué ser casual e improvisado, otra cosa es que nos salga mejor o peor.

Tantas veces asistimos al espectáculo de esos personajes públicos –y muy públicos- que salen a pecho descubierto a enfrentarse a un batallón de preguntas. Como si fueran a jugar al Trivial o a Saber y Ganar, como si se tratara de acertar esto o lo otro, o de parecer ingenioso en cada respuesta. Inconscientes de que, al no ser capaces de centrar la conversación en un aspecto concreto, terminan por perder el control de la situación, el ritmo se lo marcan los “insidiosos” que le preguntan sobre todo, y como no lleva discurso, datos ni argumentos, embiste a todo, pisa certeramente todos los charcos y acaba inevitablemente zarandeado en los titulares y, es más, por sus propias declaraciones. Luego, claro, la culpa la tiene esa prensa canalla.

Aquí lo contamos de manera muy trivial, o muy natural, porque es para que todo el mundo lo entienda. Desde un punto de vista profesional, claro que luego puede ser más complejo. Cuando se trata de ciertas situaciones o determinadas organizaciones, requiere que haya detrás un trabajo serio, cuidadoso, creativo; basado en el estudio minucioso de los públicos, de sus condicionantes y de las variables que influyen; de los canales que vamos a utilizar para comunicar, los que nos interesan, los que tenemos a nuestra disposición o los que necesitamos crear; y seguramente no se tratará de un sólo mensaje sino de una selección de ellos, coherentes con un discurso corporativo, con una estrategia bien y sólidamente armada, engranados en una serie de tácticas para transmitirlos en su debido momento y que lleguen nítidos, tal y como deseamos, a cada audiencia.

Existen técnicas para construir los mensajes, un día hablaremos de ellas, hay en el mercado excelentes expertos en organizar estrategias y hábiles tácticas para transmitirlos. Pero en el origen, todo empieza por una actitud de sentido común: tener claro lo que queremos comunicar. Sin mensaje por la vida, ¿adónde vas triste de ti?

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