Dos meses en Dungeon Lane

Hace ya más de dos meses que salió a la luz el nuevo disco de Paul McCartney. Por lo tanto, esto no va a ser una crítica al vuelo y al uso, de las que ya hay publicadas muchas, producto de una primera y rápida escucha. He preferido esperar a que esa sensación inicial madurara, a que el disco creciera, se expresara y se hiciera mayor en mis oídos y, claro, en mis sentidos.

Sucede que hay discos que no se quedan en lo que se escucha las primeras veces. Que van evolucionando con el tiempo, revelando matices y transmitiendo nuevas sensaciones. Pueden llamar la atención primero unas canciones y luego se hacen valer otras que al principio no nos dijeron tanto. Y una misma canción puede ir ofreciendo elementos nuevos después de pasar varias veces ante nosotros. Sucede esto, normalmente, con los discos grandes de los grandes. Y este lo es.

Se había difundido en las crónicas previas que The Boys of Dungeon Lane iba a ser una colección de recuerdos, algo así como batallitas del abuelete que evoca sus años mozos, sus vivencias primeras, sus humildes orígenes. Así se deducía del tema que salió como anticipo, Days we left behind. Una balada de su marca, delicada, emotiva, lo que podía esperarse que es capaz de componer un maestro de avanzada edad. Pero, en realidad, el que resulta ser el título del álbum salía de un verso de esa canción, lo que no era suficiente pista para vaticinar que en su conjunto iba a ser así. Y no es la primera vez que Paul juega al despiste, deja caer que va a ser una cosa y luego es otra.

Porque lo que sí intuíamos, conociendo al ínclito, es que no se iba a conformar con juntar unas cancioncitas. Qué fácil es para él hilar tres baladas de las que le salen mientras toma el té, fabricarse tres rock and roll potentes, unirlos a cuatro temas pop resultones, y ya tiene el disco. Nada de eso. A McCartney, a sus 84 años -83 cuando lo grabó-, le sigue gustando arriesgar, ser ambicioso y, en la medida que pueda, sorprender. Conserva suficiente ego como para pretender que le digan que sigue siendo el mejor, que ha conseguido una obra inmensa, que ha vuelto a hacer Abbey Road. Mejor aún, que lo ha superado. Y claro, eso es muy difícil, por no decir imposible. Pero el esfuerzo y la intrepidez son siempre de agradecer.

Ya voy diciendo que este no va a ser el mejor disco que Paul McCartney ha dado en este siglo, ya que en 2005 publicó el sublime Chaos and creation in the backyard, que toda la crítica y yo mismo reconocemos que ha sido su mejor trabajo desde The Beatles. Nada menos. Pero sí es, seguramente, su mejor registro desde entonces. Teniendo en cuenta que los inmediatamente anteriores, Egypt Station (2018) y McCartney III -en 2020, hecho durante el confinamiento por la pandemia- rayaron a bastante buena altura. En cambio, New, de 2013, fue más bien flojito; Memory almost full, de 2007, básicamente una buena recuperación de descartes del Chaos…; y su primero del siglo XXI, el desconcertante Driving Rain (2001), no dejó contento a casi nadie, yo diría que ni a él mismo.

Ya el primer tema del álbum, As you lie there, es una declaración de intenciones. Empieza recitando los primeros versos para enlazar con una balada de infinita ternura, de las que se incrustan y se quedan, y pasar a una fase de rock sin contemplaciones. Aquí sí deja al aire una de sus costuras, y es que ya no es capaz de rasgar la voz como hacía desde niño, cuando intentaba imitar a los cantantes negros de rock&roll que escuchaba por la radio. No parece importarle, así de sincero querrá mostrarse o le habrá convencido el productor de que lo haga. Con todo, la rotunda canción, aun tratando también de un recuerdo de adolescencia, ya avisa a las claras de que The Boys of Dungeon Lane no viene para ser solo un canto a la nostalgia y mucho menos un trámite inocuo e intrascendente.

Hay temas de transición, claro está, pero no tantos, incluso puede que algunos lo parezcan al principio y luego nos suenen con más enjundia. Sí hay evocaciones de aquel Liverpool y aquel barrio, sus andanzas con George Harrison, las promesas con John Lennon y un tema en el que invita a Ringo Starr -y a Chrissie Hynde y a Sharleen Spiteri en los coros- que, sin ser lo más pretencioso del álbum, hay que decir que les sale estupendamente bien, suena vitalista y estimulante. Pero hay mucho más…

Puede que una de las cimas del disco, aprovechándonos del título, sea Mountain top. Aquí, McCartney tira de su legado psicodélico para recrear un paseo recogiendo -y probando- setas alucinógenas. Entonces, y no puede ser de otra manera, cunden la lírica y el buen rollo, pero sabiendo, y nos lo recuerda un leitmotiv como hitchcockiano que parece sobrevolar la melodía, que eso no terminará bien. Hasta que se despeña de la cumbre, el tema es una verdadera delicia.

En esa vocación de romper moldes y buscar el asombro, subrayaría otros dos temas. Never know, que es como un juego de ritmos, voces y una sesión instrumental liderada por una flauta, una de esas rarezas que hay que escuchar muchas veces, pero cada vez se escucha mejor, y a uno le da por pensar que sería candidato a entrar en un hipotético nuevo Sgt. Peppers. Y Salesman Saint, que aparte de narrar el arrojo de sus padres formando una familia bajo los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, se arropa primero de una trompeta que suena a procesión de Semana Santa -con perdón- y al final de lo que parece una brass band al estilo de Nueva Orleans, por recordar tal vez que su padre se ganó la vida como músico de jazz. Un tema recio, crudo y con registros melódicos inconmensurables, ‘They couldn’t take anymore, But they had to (carry on)’.

Claro, no todo son triples mortales. Paul también ha demostrado muchas veces que lo genial puede nacer de lo sencillo, y First start of the night es un ejemplo de cómo, con unas pocas notas, se puede fabricar una joya tan frágil y etérea y crear, gracias a la producción, una atmósfera envolvente y mágica. Otro ejemplo es We Two, una de esas aparentemente tontas canciones de amor que a él a veces le gusta componer -y que en su día reivindicó-, pero que, según se repite la escucha, va descubriendo cosas que al principio parecía que no tenía. Y otra aparentemente trivial y que termina calando hondo es Down South, donde además exhibe, posiblemente, el registro de voz -de su voz actual- más logrado del álbum.

Mucho menos simple, y volvemos a las osadías, es otra de las baladas del disco, Life can be hard. Aquí, hace uno de esos ejercicios -que empezó con The Beatles, siguió con Wings y esporádicamente los ha ido repitiendo- de salirse del pop y del rock y trasladarse a otros géneros y otros ambientes. En este caso, diríamos a un cabaret o al París de los años 20, para marcarse una melodía embelesadora con un impagable violín de fondo.

Y la última, otra que no es lo que parece. Ha tenido que explicarla y ha generado algo de polémica. Momma gets by va de una madre que se las arregla como puede para sacar adelante a su familia, mientras el padre anda todo el día de juerga y colocado. A pesar de todo, dice, ‘ella le ama con todo su corazón y su alma’. Asegura Paul que él ha conocido familias como esa. Yo también.

Del productor, ya es una buena noticia que Paul se haya encomendado esta vez a uno serio y que ha hecho su trabajo profesionalmente. No como otras veces que ha tirado de varios para un mismo disco, ha contratado a gente que realmente se ha sentido muy agradecida por ello o ha terminado produciéndose él mismo. He leído alguna crítica en la que a Andrew Watt le ponen a parir, pero a mí me parece que ha conseguido el resultado que se pretendía y que lo que escuchamos nos resulte creíble. Por ponerle una pega, me sobra algún arreglo que, quizás pretendiendo refrendar la actualidad del sonido, me acaba resultando ochentero, lo que no es nada actual. Le daría un notable, y eso ya está bien sabiendo lo que es trabajar con Sir Paul. El sobresaliente sólo lo consiguió Nigel Godrich en el citado Chaos and creation

Y no le voy a poner nota general al disco porque ni suelo hacerlo ni estoy seguro de que esa hipotética calificación pudiera mantenerse en el tiempo. Lo único que estoy por dilucidar es si estamos ante una obra maestra de Paul, y eso todavía me llevará un tiempo. Como poco, se quedará cerca, eso ya lo puedo adelantar. Por ahora, lo que tengo claro es que quiero escucharlo más, qué más y mejor puedo decir. Y es lo que recomiendo sinceramente a todo el mundo, más allá de lo que yo aquí pueda escribir: que lo escuchen, y si pueden, varias o muchas veces.

Llevamos ya casi tres meses en Dungeon Lane, y la verdad es que querríamos pasar más tiempo. El verano entero y quién sabe cuánto más…

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