Con 27 años, Miguel Induráin conquistó su primer Tour. Con la misma edad, Tadej Pogacar ha ganado su quinto. Este sería el titular o uno de los posibles. Y ahora viene la crónica. Un año más hemos esperado y celebrado el Tour de Francia. Y un año más estamos aquí para contar lo que hemos visto y lo que nos ha parecido, a nuestra manera. Y no será tan largo como tres semanas, pero tampoco podrá ser breve.
A modo de prólogo, eso que antes se hacía en las grandes vueltas y ahora ha quedado en desuso, empecemos con un recado: en el comienzo de este Tour, Barcelona fue una fiesta. Quede reflejado esto en recuerdo de aquellos agoreros que vaticinaron un desastre tras los incidentes vividos durante la última Vuelta a España. Claro, ya nadie se acuerda, ni siquiera los que lo auguraron. Porque este año, en esta y en todas las carreras, se da una fundamental diferencia: el equipo patrocinado por Israel ya no está. Existe, pero ahora lo patrocina Iniesta. Aquellos altercados molestaron y se celebraron al mismo tiempo, fueron instrumentalizados de un lado y de otro, y también es verdad que hubo aficionados al ciclismo a los que, siendo comprensivos y solidarios con las protestas, les fastidió que afectara al desarrollo de la carrera y al espectáculo que querían ver. Pero hubiera sido tan fácil evitarlo… En el Giro de Lombardía y otras carreras italianas que se celebraron después, la dirección le comunicó al equipo en cuestión que no podía participar por motivos de seguridad. Lo que digo, tan fácil. Y lo que nos hubiéramos ahorrado todos.
Y ahora ya vamos con la carrera. Aprendida quizás la lección del año anterior, el recorrido del Tour 2026 se anunciaba más equilibrado, con las grandes etapas de montaña más repartiditas, eso sí, dejando otra vez la gran traca para el final. Recordemos que, en la edición de 2025, pusieron toda la montaña junta en la segunda mitad del recorrido, cuando la primera, como siempre sucede en el Tour, los ciclistas no la habían andado precisamente de paseo. Así, después de los dos primeros días empinados de verdad, la carrera estaba vista para sentencia, la gente ya iba desfondada y hasta el líder -no otro que el exultante Pogacar– dio la sensación de estar hasta los mismísimos.
Con eso y con que este año parecíamos tener de vuelta al mejor Jonas Vingegaard, nos las prometíamos felices. Aun dando dignamente la cara, el danés no había vuelto a ser el mismo desde aquella caída en la Itzulia de 2024 que casi le deja en el sitio. Este año se le había visto otra vez pletórico desde las primeras carreras, el Giro de Italia lo había ganado brindando -¿demasiadas, quizás?- exhibiciones que, por ejemplo, en la citada Vuelta a España no pudo dar, a pesar de terminar ganándola. ¿Volveríamos a vivir aquellos duelos inolvidables entre Jonas y Tadej de los tours de 2021, 2022 y 2023? Pronto íbamos a saber que no.
En ese supuesto interés por dosificar las dosis de alta montaña y habiendo partido de Barcelona, tan cerca de los Pirineos, el Tour decidió que el paso por estos fuera frugal. Un solo día con Aspin y Tourmalet, sí, pero con un final de dureza moderada en Gavarnie. Así, pensaban, pensábamos, podríamos asistir a un primer pulso entre los fuertes, pero sin que las cosas fueran a más y que las espadas se mantuvieran en alto. Pues ni por esas. Apenas arrancó Pogacar a mitad del Tourmalet, ya intuimos que este Tour estaba fini.
Pareció por un momento que Vingegaard podría sofocar el incendio haciendo gala de su mejor virtud, su impagable fondo… pero entonces las cámaras captaron su rictus de súbita crisis y ya los segundos empezaron a caerle, treinta y pico por la cima y en la meta, tras el falso llano más que puerto final, más de dos minutos y medio. Y los demás estaban a otras cosas: Remco Evenepoel, a luchar contra sus propias dudas y contra su compañero Lipowitz; y los jóvenes –Seixas, del Toro, Ayuso…-, bastante tenían con aprender, aguantar el tirón y vislumbrar a qué podrían aspirar. Al podio, que no iba a estar nada mal. El único destinado a discutirle al rey su trono era el príncipe de Dinamarca. Y su gesto corporal de derrota llegando a Gavarnie lo decía todo.
Volvería a manifestarse la superioridad del esloveno en el Macizo Central y en el etapón de Los Vosgos. Jonas, ya ni terminaba segundo. Y en el primer día en los Alpes, cuando parecía que su equipo, el Visma, preparaba un todo por el todo, en un bordillo, su Tour se fue al garete. Pero uno ya tenía la sensación esos días de que quizás no lo iba a terminar. No se le veía punch, no parecía tener ni ganas ¿Se le habría hecho bola su esfuerzo en el Giro, a pesar de su aparentemente fácil triunfo? Ha dado la sensación de que sí. O de que su impagable fondo ya empieza a pagar facturas. Veremos los próximos años.
Y así, este Tour iba a pasar volando. Puede que influyera también que las dos primeras semanas coincidieran con el desenlace (felicísimo) del Mundial de Fútbol. El caso es que cuando nos hemos querido dar cuenta, ya se estaba acabando. Eso sí, finiquitado el Tour, lo que no se había terminado era el ciclismo. Este nuevo ciclismo del que venimos disfrutando estos años ha demostrado que sigue vivo, aunque los mejores pescados se vendan visto y no visto y se los compre todos el mismo. Pero más allá del caníbal del siglo XXI, hemos asistido a enormes actuaciones. Y es necesario reseñarlas:
Un monumento habrá que hacerle un día a ese ciclista mayúsculo que es Richard Carapaz. A sus 33 años, este no es de la generación que hoy nos alegra la vista, pero lo parece por su valentía, tesón y clase. Los tres días que ha hecho en los Alpes han sido sencillamente majestuosos, con dos triunfos de etapa de prestigio, pero, sobre todo, ofreciendo un espectáculo memorable.
Hemos hablado antes de las dudas de Evenepoel, y habrá que decir que en este Tour ha despejado bastantes. Si su irregularidad en la gran montaña era su asignatura pendiente, aquí la ha aprobado. Por los pelos en la primera parte, hay que decirlo, pero en los Alpes ha estado impecable, sin un momento de debilidad e incluso ganando por primera vez en una cima. Contrarreloj, sigue siendo, simplemente, el mejor del mundo. Con todo eso, ha escalado un peldaño en el podio respecto a su tercer puesto en 2024, y dirán que ha sido por la retirada de Vingegaard, pero a mí me parece que, aún con el danés en carrera, hubiera terminado consiguiendo ese segundo puesto. Queda todavía muy lejos de Pogacar en las grandes vueltas, pero joven como sigue siendo, se puede decir, y puede decirse él mismo, que ha progresado adecuadamente.
También hay que celebrar tener en el pelotón a un ciclista como Mathieu Van der Poel. Este año había dado un punto menos en las clásicas de primavera, pero en el Tour ha brindado dos exhibiciones de su nivel, con especial atención a su portentoso alarde en los metros finales de París, dejando una de las estampas más conmovedoras de esta edición. A su altura hay que elevar a Mads Pedersen, que trabajó todos los días, en llano y montaña, para ganarse su maillot verde, pero, sobre todo, para recordarnos su enorme pundonor y clase. Hubo pocos sprints como se lleva hoy, lo que no ha impedido a Tim Merlier llevarse tres, aprovechando que el mejor esprínter del mundo, Jasper Philipsen, llegó tarde este año… pero llegó y ahí quedó su demostración de velocidad y compañerismo en los Campos Elíseos. Tampoco vamos a olvidar a Sepp Kuss, quien, liberado del trabajo para su líder, ha lucido su porte de escalador en las cuestas alpinas, solo que en la penúltima bajada no tuvo suerte -o sí, según se mire.
En cuanto a los escenarios, este año no tuvimos pavé ni emboscadas por el norte, pero sí etapas espléndidas por el centro de Francia y en Los Vosgos; en Nevers volaron a 50,91 km/h, la media más alta alcanzada nunca: el regreso a Alpe d’Huez, cuatro años después, ha sido una orgía de ciclismo, y no solo por la portentosa ascensión de récord de Tadej y por el jolgorio de las cunetas; el tapón alpino del penúltimo día, eso que al Tour generalmente le sale regular, esta vez resultó en un bellísimo día de paisajes y ciclismo descomunales por el coloso Galibier y el bautizado -y peligroso- Col de Sarenne. Porque, aun con la carrera decidida, este deporte y estos ciclistas pueden seguir regalando episodios grandiosos. Qué decir de la fiesta de París, qué gran idea tuvieron en los Juegos Olímpicos y qué acierto incorporar los pasos por Montmartre al epílogo del Tour, aunque sin compartir en absoluto la decisión de que los tiempos no cuenten en esa etapa final.
Su capítulo aparte se merecen los jovencísimos que piden paso, aunque derribar la puerta que tienen delante les va a costar un mundo. Isaac del Toro ha madurado respecto al del Giro que dejó ir el año pasado, y aunque en momentos no ha podido tener gregario más de lujo, hay que tener la clase para aguantar ahí. De Paul Seixas habrá quien diga que se esperaba más, pero ¿qué más podemos pedirle a un chico de 19 años que debuta en el Tour? Francia tiene una nueva esperanza, a ver si esta les dura, porque se les suelen marchitar muy pronto. El año pasado hablábamos de Paret-Peintre, antes de Baudin, ¿qué fue de Guillaume Martin…?
Y nuestra gran esperanza era y es Juan Ayuso. Al que hasta ahora, lo siento, le he venido llamando ‘Juan casi casi…’. Porque siempre venía a por todas, a comerse el mundo, y siempre le surgía algo, un problema, una caída… Lo mismo en este Tour, en el que empezó prometiendo mucho y después, claramente, ha ido de más a menos. Un séptimo puesto final no puede decirse que esté mal si no se hubieran aireado otras expectativas. Porque podio… ha terminado haciéndolo en su propio equipo: segundo. Pero la realidad es que no tenemos muchos ciclistas ahora en España que estén para hacer un top 10 en el Tour. Continuando con la actuación general de los españoles, pues habrá que reconocerles a los del Movistar -especialmente a Castrillo y García Pierna– y a los del Caja Rural al principio -supongo que mientras les dieron las piernas- que se han dejado ver, se han metido en escapadas hasta donde han podido. No tenemos más, y no podemos pedir mucho más. En la clasificación por equipos, el 11 y el 18 respectivamente, uno diría que más que digno para los tiempos que tenemos.
Y al final de esta crónica del Tour que pasó volando, creo que hemos de dedicarle un espacio más al campeón. Hablamos de espectáculo, de grandes actuaciones, de momentos bellísimos, y todo eso lo reúne él. Pero, además, la gran noticia del Tour de Francia 2026 es que Tadej Pogacar se sube al olimpo de los cinco tours. Y no de cualquier manera. Le ha sacado casi siete minutos al segundo, ha ganado cinco etapas y se ha permitido trabajar para que su compañero de equipo sea tercero. ¿Se puede ejercer un dominio más absoluto? Además, se la ha visto terminar más fresco, yo diría más contento, que el Tour pasado. A lo mejor eso le anima a correr la Vuelta a España, algo que el año pasado esperábamos y finalmente descartó. Ahora mismo corre en otro planeta, eso está claro. Pero lo bueno es que no aburre por ello. Es un regalo verle rodar con esa finura, por ejemplo, por las curvas de Alpe d’Huez, sorteando público y corredores descolgados; o con esa voracidad, comiéndole casi un minuto en 750 metros a Carapaz en el Col de Pertus; no digo ya el que en mundiales y clásicas ataca a 100km de meta… sí, por él merece la pena perder una tarde frente a la pantalla. ¿Y cuánto le queda por ganar? Creo que, simplemente, lo que él quiera…
Al final, hemos tenido un sensacional Tour. Sin emoción, es verdad, pero con muchos días de gran ciclismo. Echen un vistazo a la lista de ganadores de etapa. Es como si cada una hubiera sido una clásica en sí misma. Habrá que reconocer que esta vez los diseñadores del recorrido acertaron. Este Tour ha tenido el mismo desenlace anticipado que el pasado, pero ha sido mucho más divertido. Posiblemente, porque la gente ha llegado con más fuerzas al final. Y porque el nuevo ciclismo sigue muy vivo… y todo indica que va a seguir.
Sí, ha sido el Tour que pasó volando… pero hasta el final ha volado de verdad. A los que amamos el ciclismo y el Tour de Francia, espectáculos como el que hemos disfrutado nos reafirman en nuestro amor.
Un año más, ¡Viva el Ciclismo y viva el Tour!