Como anunciábamos la semana pasada, el Mundial 2026 ha emprendido la vertiginosa cuesta abajo desde la cima de cuartos hasta la final, que se juega -¡jugamos!- este domingo. A partir del lunes, no quedará nada. Excepto para el campeón, que ya dará sentido a todo lo que ha pasado en Estados Unidos, México y Canadá desde el ya lejano 11 de junio.
Por medio, hemos tenido las semifinales, que como ya revelara al mundo un consumado experto balompédico, las han jugado ¡cuatro equipos!. Sí, pero, dentro de nuestra modestia, añadiríamos que no han sido cuatro cualquiera. Si muchos preveíamos un mundial raro, lleno de sorpresas y escabechinas de las grandes, la realidad ha dejado en evidencia esa previsión. Si nos hubieran preguntado hace un mes por Francia, Argentina, Inglaterra y España, creo que la mayoría las hubiéramos puesto como las grandes favoritas, por encima de las demás. Y ahí han estado.
Empezando por las que perdieron, decíamos que Francia nos estaba recordando -para quien la viera- a aquella Brasil del Mundial 82. Pero también advertíamos que aquel maravilloso equipo –Zico, Sócrates, Junior, Falcao… – no ganó ese mundial. Porque en un momento dado se encontró con una Italia que enseñó las costuras que no se le habían visto en sus anteriores partidos. Pues algo parecido hizo España en la semifinal del martes. Solo que si las brasileñas fueron costuras defensivas, estas fueron ofensivas. Los Mbappé, Olise y Dembele quedaron anulados, no hubo plan B y los bleus no fueron ni la sombra de lo que habían venido mostrando.
En cuanto a Inglaterra, a su problema endémico de carencia de plan futbolístico con sensacionales futbolistas, se unió el de mentalidad. Les pudo el miedo. En cuanto se pusieron por delante en el marcador y vieron cerca la final, les entró el pánico. A partir del gol de Gordon, hicieron todo lo que no hay que hacer. Fundamentalmente, se metieron todos a defender y encima defendieron horriblemente. Fuera el entrenador o fueran los jugadores, fueran todos a la vez. El pobre Harry Kane les pedía salir de la madriguera y nadie le hacía caso. En la última media hora, Argentina se los llevó por delante.
Y ahí tenemos la final, Argentina-España. Qué bien suena, sonaría en cualquier momento de la historia del fútbol… y qué poco se ha dado. La roja y la albiceleste no se han visto más que una vez en los mundiales. Fue en Inglaterra 66, esto es, hace 60 años. En Birmingham, en la fase de grupos. Ganaron los argentinos 2-1 y esa derrota impediría a la postre a aquella selección española -que era campeona de Europa- clasificarse para cuartos -entonces, el mundial lo disputaban 16 equipos. Es el único partido oficial que consta en los registros. Los demás han sido amistosos.
Y aquí los tenemos, en la final del mundial más largo, el que iba a ser más inhóspito y más raro. Como si el destino se hubiera empeñado en enfrentarlos. Ya se sabe que hubo un proyecto de finalísima entre ambas, como vigentes campeonas de Europa y de América. Se tenía que haber jugado en Qatar, pero entre el conflicto en Oriente Medio, la incapacidad de las respectivas federaciones para ponerse de acuerdo y designar una nueva sede y, digámoslo también, la falta de ganas de unos y otros, se terminó cancelando. Ahora, en vez de un título de artificio, lo que se van a disputar es nada menos que la Copa del Mundo en Nueva York.
Una final inédita, pero también cargada de significado. O de muchos significados. Esto no es sólo Europa frente a Sudamérica. Se enfrentan dos países muy relacionados, por supuesto en muchísimos aspectos, pero muy especialmente en el fútbol. Pensemos en los muchísimos y célebres futbolistas argentinos que han jugado y juegan en España, la lista es interminable, incluyendo a sus dos dioses. Y qué vamos a decir de los entrenadores, infinitos y explicadores, del que dijo ‘el fútbol es un estado de ánimo’ al del ‘partido a partido’. Pensemos en toda la mitología que aquí hemos creado en torno a su pasión futbolera, su forma de ver y contar el fútbol, de cantar gol, su vocabulario que tan naturalmente adoptamos… Cuando llegamos a Buenos Aires, lo primero que nos preguntan es si somos del Madrid, del Barça o del Atleti… y todos aquí sabemos quién son Boca, River, Independiente…
Puede que haya algo de fratricida en este duelo, aunque no sé hasta qué punto podemos considerarnos hermanos -a veces sí, a veces no, diríamos. Más bien, lo que hay tal vez es una rivalidad soterrada. Que existe, pero no la hemos podido manifestar. Boca y River, Madrid y Barça, se las ven todos los años; Alemania e Inglaterra, Brasil y Argentina, se encuentran a menudo por el camino. Pero nosotros, argentinos y españoles, nunca nos hemos visto en estas, cara a cara. Siempre nos hemos seguido muy de cerca, muy atentos los unos a los otros, pero es la primera vez que nos vamos a enfrentar con algo importante en juego, de hecho, con lo más importante. Podemos asegurar que los jugadores que salgan al campo no van a pensar en nada de eso, saldrán a jugar una final con todas las consecuencias, y se espera un partido intenso. Las aficiones en el estadio y en sus entornos privados animarán como si no hubiera un mañana, y pitarán e insultarán al rival como a cualquier otro. Pero los ciudadanos que nos vemos por las calles y que bien nos conocemos, ni idea de cómo vamos a responder durante y después. Hemos visto tantos partidos juntos en los bares… No, esta no es una final cualquiera.
De lo puramente futbolístico, llevan ya días los analistas de todo el planeta, incluidos los suyos y los nuestros, tratando de explicar lo que veremos el domingo. Y será lo que tenga que pasar. España presume de equipo engrasado, juego coral y capacidad de adaptarse a diferentes situaciones. Argentina presume de Messi, de su gen competitivo y de contar con gente experimentada. Pero ya se sabe que este deporte es, incomparablemente, el que más intangibles reúne, a menudo concentrados en un mismo partido. Un penalti en el minuto 5, una expulsión en el 10, un gol tonto en el 15… Y enterradas quedarán todas las teorías y conjeturas que hayamos formulado. La cuestión es disfrutar. Y cuando toque, sufrir. Lo seguro es que no será un partido plano. Habrá cuestas y curvas…
Y hablando de imprevisibles, me resisto a descartar cualquier barrabasada de última hora que provenga del palco, de los despachos o de los designios de ese déspota con cara de muñeco que preside la FIFA y de ese fantoche borracho de ego que ostenta la presidencia del país anfitrión. No nos engañemos, ellos son los únicos dueños de este Mundial.
Un Mundial que ya se nos cae. Que ha durado más que ninguno, pero ya está a punto de echar el telón. El lunes, esto se habrá terminado y estaremos a otras cosas, las de cada día. Excepto para el campeón, que lo recordará toda la vida.