Distracciones

La distracción es un arte. Procuramos distraernos para mantener a distancia otros pensamientos. Nos aferramos a cualquier pequeño detalle que distraiga la pena.

Cuando la bendición es un día ocupado, sorteamos las trampas del recuerdo. La constancia de lo que es y no dejará de estar presente. Al menos nos permite no prestarle toda la atención, solo de vez en cuando. Solo a solas cuando no podemos evitar los silencios. Con el tiempo se va aprendiendo a manejarlo.

Una noticia que nos impacta -de esas no podemos quejarnos, no nos faltan a diario. Pero un evento que se anuncia, una visita inesperada, un pájaro que pasa… Los castaños de indias que ahora sé -ya me vale- cómo cambian a lo largo del año. A lo largo de dos.

Esta primavera han florecido antes, porque llovió mucho antes. A primeros de marzo estaban todavía desnudos y en tres semanas ya vestían todas sus hojas. Me sorprende verme pasear por esa calle por la que habré transitado miles de veces desde niño. Y pararme a verlos. Cómo cambian, cómo reviven y vuelven a decaer.

Las distracciones, a menudo, no se buscan, vienen al rescate. Pueden estar en cualquier parte. No es necesario abrir un libro, a veces es el libro el que hace por abrirse y descubrirte historias, palabras, pasajes que no sabias que habías vivido. Y la mente se evade. Descansa en un mundo ajeno, pero que no te cuesta hacer tuyo.

Se viene el verano y da por traer de vuelta sensaciones que desearías tener desterradas de la memoria. Que hay que asumir que ya son elementos de tu vida. Tratas de despistarlas en esos detalles nimios, ligeros y efímeros que se cruzan y se suceden. Casi sin querer, los sigues con la vista y entonces reparas en que si esto sucede es después de todo lo que ha costado pasar el invierno. Han pasado ya dos.

Entre lo innegociable y lo elegido, hay suficientes excusas para no parar. No quieres que los días pasen porque sí. Pero, a veces, sí que se pasen y dejen la menor huella posible. Levantarse por la mañana estresado es infinitamente mejor que levantarse por la mañana triste.

El sol se hace más pesado que la lluvia. Nunca pensé que llegara a ser así. Las tormentas relajan y destensan el ambiente. Ya lo empiezo a comprender. Algunas trasladan a un pasado no necesariamente mejor, pero más despreocupado. Tiempos en los que no teníamos reparo en pensar ni en recordar. Y no necesitábamos, como ahora, escondernos o hacernos los locos ante lo que nos vienen a contar.

Distracciones son lo que hoy buscamos para seguir adelante. Ocupar las horas y los espacios, negociar las curvas de la desolación. Listas de nombres, de palabras, de fechas… Memorias de lugares en los que seguramente no volveremos a estar. Pero en los que no nos perderíamos si ahora nos dejaran allí. El caso es inventarse pretextos para no estar mucho en este presente, por estos sitios… a los que inevitablemente tenemos que volver.

Por lo demás, seguiremos engañando a las noches, evitando estar a solas con ellas para que no nos pregunten demasiado. De madrugada, nos aseguraremos de que no nos han vuelto a llamar. Llenaremos los vacíos con vaguedades y cada recoveco de ideas inservibles que parezcan ilusionantes. Con esas nos valdrá para tirar un tiempo. Quizás para sobrellevar un nuevo viaje por este otro mundo. Ya llevamos dos.

La distracción es un arte y saber vivir de ella, un aparte. Seguimos aprendiendo…

Deja un comentario