El Mundial, una fiesta… de ellos

El partido inaugural de México 70 fue el primero que se retransmitió en color, pero como en España no había ni una televisión preparada para esa modernidad, a los que lo vieron les parecía que México y la URSS vestían igual y no había manera de distinguirlos. Pocas semanas después, ese estadio Azteca vería coronarse a O Rei Pelé, 16 años después hizo dios a Maradona y el pasado jueves acogió su tercer partido inaugural. Este, seguramente, de un mundial más largo, duro e inhóspito que cualquier otro que hayamos visto.

La Copa del Mundo de Fútbol -el Mundial, como lo llamamos familiarmente- empezó siendo un atrevido y maravilloso proyecto. Con los años fue transformándose en una poderosa industria que funciona y factura mientras vemos fútbol. Las 13 selecciones nacionales que participaron en el primero, en 1930, llegaron a Uruguay por mar y por tierra, las que pudieron, y disputaron sus partidos en tres estadios de la ciudad de Montevideo -iba a ser sólo uno, el espectacular Centenario, pero hubo que utilizar otros dos por circunstancias no previstas. El que acaba de comenzar se juega en tres enormes países de un subcontinente, participan 48 selecciones y recala en 16 ciudades del Atlántico al Pacífico entre los paralelos 20 y 50. Para hacernos una idea, Europa entera, exceptuando Rusia, cabe en esa extensión terrestre.

Pero, sobre todo, los mundiales han evolucionado de ser el gran campeonato del deporte rey, organizado cada cuatro años por un país, a un aparatoso circo itinerante de la FIFA, que lo mueve a su conveniencia y lo instala allá donde presume que va a sacar más dinero. Aquellos primeros que vimos y que todavía recordamos, Alemania 74, después Argentina 78, por supuesto España 82… tenían su propia impronta nacional, sus estadios, su clima, su ambiente y, sobre todo, sus aficiones, que se mezclaban con las de otros países que viajaban hasta allí. La gente de Hannover, de Mar del Plata, de Gijón… hizo colas para sacarse sus entradas a precios no baratos, pero asumibles. Luego vería partidos mejores y peores, eso es el fútbol. Hoy es distinto. Las entradas, a precios prohibitivos, vuelan en internet en cuestión de minutos y los estadios aparecen después rebosantes de esa gran masa global que hoy lo acapara todo, les guste o apasione lo que consumen… o no y estén más pendientes de grabarse el vídeo. Este mundial, los aficionados de verdad de Guadalajara, de Toronto o de Atlanta lo verán por televisión como si se estuviera jugando en Singapur.

Claro que el mundial siempre ha sido un negocio, pero antes, digamos que era compartido entre la FIFA y el país organizador. Hoy, la FIFA se lo lleva todo. En países como Qatar, les compensaba, porque realmente no necesitaban el dinero y lo que les interesaba era proyectar su imagen internacional, es decir, mostrar lo bonito y que se tapara debidamente lo feo. Para otros países, lo que antes podía ser una fuente de ingresos y una fiesta para sus ciudadanos, hoy más bien es un castigo. Cada vez más ciudades españolas se están borrando de ser sede del mundial que vamos a coorganizar en 2030. Turismo ya tienen, oferta de ocio y diversión les sobra, fútbol no van a poder ver y todo se va a poner imposible y por las nubes. Será una fiesta, pero no suya, de ellos y para ellos.

La FIFA no mira nada por la gente, como no lo hace la UEFA en Europa ni, en España, la Liga de Fútbol Profesional. Saben que a la hora que pongan los partidos y cueste lo que cueste verlo, in situ o por televisión, lo van a petar. Porque siempre va a haber gente que pague el producto que vendan, como lo presenten y al precio que lo pongan. Una pregunta es si los verdaderos aficionados son esos que lo pagan sin contemplaciones. Una respuesta cierta es que los niños y sus padres, desde luego, no. Por lo demás, todos sabemos de grandes clubs que están ninguneando a sus socios de toda la vida en beneficio de nuevas clientelas más interesantes, por adineradas y menos exigentes. En los mundiales ya está sucediendo lo mismo: allá donde se celebren, los paisanos locales ya son lo de menos, por no decir un estorbo. La fiesta es para los que pueden dársela y no les importa si hay que ir a Estados Unidos, a Rusia o a Oriente Medio.

Más antiguo, casi desde su propia fundación, es que la FIFA nunca miró la realidad de los países adonde llevaba el Mundial. Nunca le importó la situación política, las libertades, la justicia social… El Mundial de Argentina se celebró dos años después del golpe de Estado de la Junta Militar, y ahí estuvo Videla entregándole la Copa del Mundo al capitán argentino, Pasarella, a escasos metros de uno de los centros de tortura de presos políticos. A España nos lo concedieron en plena dictadura, si bien se celebró ya en democracia. Ni dudaron en llevarlo a la Rusia de Putin ni a un país como Qatar, precario en derechos humanos y ajeno a cualquier precepto de igualdad. Ahora viene a la casa de Trump, no solo en pleno conflicto bélico y con Irán entre los participantes, sino a una casa en la que ya no son bienvenidos muchos ciudadanos que antes lo eran e incluso vivían allí. Ya sabemos de la babeante sintonía entre este presidente de Estados Unidos y el de la FIFA, Gianni Infantino, que hasta le jaleó en su patética y unilateral declaración de ¿paz? en Gaza. Ahora, no ha sido capaz ni de defender a uno de sus árbitros seleccionados, el somalí Omar Artan, al que le han enseñado el camino de vuelta cuando intentaba entrar al país para hacer su trabajo. “Relájense”, ha dicho cuando le han preguntado en rueda de prensa por el asunto.

Pero la prueba más atroz de la sensibilidad que esta organización observa hacia los países y sus sociedades la tenemos en África. Allí ejerce su sucursal, la CAF, que no tiene el menor escrúpulo en organizar, en el continente más pobre, una Copa de África cada dos años -no cada cuatro, como en Europa o Sudamérica. Con la excusa de promocionar el fútbol en aquella zona del mundo, sangran aún más a países ya de por sí exprimidos. Y les da igual un brote de ébola, cualquier conflicto bélico o situación de emergencia, o que a la selección de Togo le mataran a varios miembros de su expedición en un ataque cuando intentaban llegar a Angola. Lo último ha sido decretar en un despacho el campeón de la última edición: le quitaron el título a Senegal, que lo había ganado en el campo, para dárselo a Marruecos, que lo había perdido. En ese país, por cierto, se celebrará el próximo Congreso Internacional de la FIFA, y aspira con un gigantesco nuevo estadio a albergar la final del Mundial 2030 que organizará junto a España y Portugal.

Y muy evidente es que la FIFA, como la mayoría de las federaciones y asociaciones deportivas en estos tiempos, no mira nada por sus principales protagonistas, que son los deportistas. Cada cambio o supuesta mejora en los sistemas de competición se resuelve en un denominador común: más partidos, esto es, más dinero. En este Mundial se juegan la friolera de 104 y los que lleguen a la final habrán disputado ocho, uno más que en los anteriores. Y lo van a hacer desplazándose miles de kilómetros a lo largo de Estados Unidos, Canadá y México, cambiando de climas -de lo fresquito a lo abrasador pasando por lo subtropical-, de altitudes -de cero a 2.200 metros- y de husos horarios -hasta cuatro distintos.

Ya se avisa de que, a lo mejor, los que lleguen a jugarse la Copa del Mundo en los últimos escalones del torneo, posiblemente no sean los mejores equipos, sino los que mejor resistan. Teniendo en cuenta además que muchos llegan aquí después de prácticamente un año sin parar, como sucede en las grandes ligas. Por no hablar de con qué jugadores llegarán. En fútbol, como en baloncesto o en tenis, las lesiones ya son un elemento más del juego como las porterías, el tablero o la red. Y después de los primeros perjudicados, los propios deportistas, los siguientes son los espectadores, a los que a menudo se priva de ver a los mejores. Pero ni atendiendo a planteamientos empresariales, a nadie se le pasa por la cabeza reducir algo la cantidad para preservar la calidad del producto que ofrecen. Total, lo van a pagar igual, piensan. Y tienen razón, para qué nos vamos a engañar.

Todo esto, y quién sabe si algo o mucho más, estará pasando y lo tendremos en la cabeza mientras vemos los partidos de este nuevo mundial. Porque, eso sí, seguro que no dejaremos de verlos. Al final, lo contaremos según nos vaya. En España, en Brasil, en Alemania, en Francia, en Argentina… si el 19 de julio en Nueva York salimos campeones, nos habrá parecido todo muy bien. Entonces, nos montaremos la fiesta y esta sí será nuestra, pero en casa.

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