La chini

Esto no es un cuento chino, si bien puede que contenga algún tinte chinesco o acaso pintoresco. Más bien intentará ser una historia como esas que ella contaba, aunque yo no tendré el mismo arte.

¡Abrid!!! Se oía los sábados por la tarde desde la cima del cuarto piso y era el aviso de que llegaba la patrulla. Yo celebraba ese grito porque así ya sabía que no tendría que arrasar la azotea y asaltar la cocina solo. Ya valoraba el trabajo en equipo. Y sobre todo, que las huestes estuvieran más distraídas y las risotadas no advirtieran la fechoría a perpetrar esa semana.

No, no eran las puertas de Granada ni venían 40 gomeles, pero sí los mandaba un capitán. Enfilaban Topete como quien campa por su reino, que lo era, y a la altura del siete, paraban la yegua -o el Renault 12 blanco- y se anunciaban. Y vaya si les abrían.

Cuentan los que vivieron que nació con los ojos así y ya se quedó con el nombre que no era el de su madre. Que ya siendo un pivón, destacaba entre los pivones que bajaban por Bravo Murillo precisamente por su mirada rasgada y quién sabe si por llamarse tan sexy para la época. Puedo contar yo que mientras la conocí, así se llamó y conservó esos chinitos ojos hasta la última vez que la vi.

Rendido sin condiciones el cuerpo de bomberos y tomado pacíficamente el botín, fueron ellos dos, intrépidos, quienes inventaron La Pedriza. Cierto, aquello no debió existir hasta ese verano en la terraza sobre el río y bajo el Yelmo, en el que por cierto la puta avispa me desvirgó el dedo. Después ya se hicieron, a base de lomos, esa casita de sus sueños que tantos hechos y cosas vería. Sin embargo, posiblemente no todas las que pasaron.

¡Abrid!!! Se oía más o menos a la altura del segundo piso, luego quedaba todavía ascensión, esos escalones que de niño se sorteaban a brincos y ya de mayor eran muros superpuestos. Sabido es que los ascensores son para cobardes.

También fueron pioneros en Benidorm. Allí, lo mismo se trataba de gestionar con naturalidad las diarreas torrenciales que de avistar y controlar lo que acontecía en Poniente. Excepto, claro, al incontrolable que se perdía en la inmensidad más allá de las boyas. Excepto, claro, las miradas incontroladas que se iban detrás de esas francesas, no confundamos el tocino con la velocidad, ¿verdad? Pues tampoco las domingas con los domingos. Porque, ante todo, ‘hay que saber estar’.

‘Tu tía esa la que mira con mala hostia’, me decía ese amigo que no entendió bien todo aquello. Cierto que su punto ácido tenía la chini, palmera altiva, que lo mismo te hacía un vestido divino que un buen traje, y la verdad que casi siempre a medida. Que su verbo se hizo más preciso e incisivo si cabe que su mirada. Pero el poderío nunca estuvo reñido con la poesía.

Y como siempre en la familia, a la bofetada física o verbal, que saltaba las muelas o te dejaba tieso callao para un buen rato, seguía el abrazo poderoso que lo recomponía todo y lo devolvía a su sitio. En su casa, cuánto agradecí el cariño de aquellos espaguetis con atún en un día normal. Para los especiales, ya habría otras opulencias. Como aquella, creo yo que fue una triple celebración, que algunos terminamos tan impresentablemente mal, ¿a que sí, yerno? Buen debut, chaval.

Suponemos entonces que la vida va limando las puntas y los vértices, que según se llenan y se colman los corazones de hijos y nietos, besos y achuchones, se empiezan a vaciar las energías, además de otros espacios y habitáculos del cuerpo. Entonces, quizás ya no sean tan imprescindibles un paseo imperial por la calle Alcalá o una visita furtiva al bingo, a lo mejor el nuevo edén puede ser una caricia a tiempo, bien amasada e impregnada de amor. Sabemos que no le han faltado nunca. Y le han ayudado a resistir, a recitar versos hasta el penúltimo día.

Y sí, siempre la recordaré como una gran narradora de historias. De los tiempos, de las leyendas. De la vida dura y de la vida que ya reía y sabía reírse de sí misma. De hazañas y miserias, de tamañas calamidades y de los más grandes jolgorios que también, con justicia, habrían de venir.

Y de esa estirpe que, aunque vaya partiendo y tomando esos rumbos, no se extingue. Verlos ya no los vemos, llorarlos claro que los lloramos, pero al final siempre se nos queda dibujada una sonrisa. La de saber y darnos cuenta de que están además de ser. Su huella es gigante, claro, porque Gigantes son. Una más ha ascendido y ya son…

¡Abrid!!! Decían todos en realidad todos los días cuando ya respiraban el olor de casa, a dos rellanos y veintitantos jadeos.

Ayer vi por última vez esos ojos orientales. Un par de segundos, no me atreví más. Suficiente para atestiguar que eran los de siempre.

¡Abrid!!! Mientras sube ya sin sentir los duros escalones. Que sí, que te digo que la han oído. Y vaya si abrirán…

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