Microrrelatos a quemarropa (XIV)

Como prometimos, aquí echamos los microrrelatos que nos quedaban. Vamos por la decimocuarta edición, pero esta es muy especial, porque con los ocho que hoy publicamos ya hemos superado los 100 microrrelatos a quemarropa. En abril de 2020, cuando en medio del confinamiento nos atrevimos a practicar este género, no hubiéramos imaginado llegar a escribir tantos. Pero si hemos llegado hasta aquí es por el placer que supone aceptar el desafío cada semana -o casi todas. Y por la satisfacción que a uno le queda cuando ve que ha salido algo, una pequeña historia que a menudo parecía imposible siquiera de pergeñar. Mejor, peor, regular, eso ya lo juzgan quienes los leen, y especialmente vosotros. Espero que estos os gusten:

La clienta

Jugando tras los cristales del bar me esperaba la muerte, pero yo tenía otros planes y pedí otra copa. Tenía paciencia y dinero para quedarme cuanto hiciera falta y que esa pesada se aburriera ahí fuera y se marchara. El problema vendría si cerraban pronto, entonces no me quedaría otra que verme con ella. Intentaría distraerla como siempre, invitarla a ese piano bar, que se embobara con la carnaza fresca que allí paraba, terminar borrachos invitando a chupitos, presumir encima de amiga importante. Mi pasta, salud y decencia me costaba aquello, pero clientes así son para cuidarlos. O eso le decía a mi mujer…

Vuelo roto

Por si la volvíamos a ver volar, acudíamos los domingos a la pista de patinaje. Pero no era lo mismo. Todas estas nuevas bailaban con los pies en el suelo.

Por si la reconocíamos detrás de la barra, nos acercábamos al bar americano. Pero hacía tiempo que tampoco estaba allí. Y ninguna de las otras tenía su gracia ni sus alas.

Por si la encontrábamos herida en tierra, bajábamos algunas noches al descampado. Pero ni la conocían los nuevos pájaros nocturnos que allí picaban.

Perdió un vuelo y después ya todos los demás. Por si se aparece sobrevolando aquella curva, dejamos flores cada septiembre.

Paracaidistas 

Menuda decepción. Los paracaídas no se abrían y todos caían en picado. Cada año, el desfile se convertía en un camposanto nacional. Así nunca íbamos a tener un ejército como Dios manda. Nos preguntábamos si, antes de reclutar a especialistas preparadísimos y estupendamente pagados, no merecería la pena mejorar el equipamiento y la seguridad para no perderlos al primer vuelo. Las autoridades argumentaban que el presupuesto era el que era y las prioridades mandaban. Pero con razón sospechábamos que, con los años, aquí lo que habían montado era un suculento negocio de apuestas. Este año he metido 100 al 24.

Exclusivo…

Abrió con su propia llave, como cada noche, antes de que llegaran los exclusivos invitados. Luego se dejaría absorber por la atmósfera arrebatadora, abrasiva, en la que se sentía reparado y liberado. Gozaría del privilegio indescriptible de verse caer en el lecho en llamas y abrazar el abrupto placer de incendiarse por dentro.

Por la mañana, llegaría justo a tiempo de besar deprisa a su mujer y llevar a los niños al colegio antes de irse a dormir. Ciertamente, este nuevo trabajo de vigilante nocturno en el Noveno Círculo le estaba devolviendo la vida. Y toda esa gente que estaba conociendo…

Menús variados

Unos buñuelos de viento huracanado fueron nuestros primeros besos, voraces y desesperados. Después ya nos supieron a croquetas de bacalao, jamón, pollo… también deliciosos. La rutina nos fue derivando hacia lo inevitablemente vulgar: huevos al plato, tortilla francesa… No debió sorprenderme entonces que un día me dijera que se iba a preparar unos pimientos con chistorra, y a mí no me quedó otra que hacerme unas tortas con aceite. Pero descubrimos así que los menús variados nos procurarían una dieta socorrida, llevadera y además nutritiva. En momentos de inapetencia, siempre podríamos llamar al pizzero hawaiano para que nos deleitara con sus acrobacias.

Juramento

Al nuevo inquilino de la puerta de enfrente ya lo están buscando. Como todos, salió una mañana y no volvió. La policía pregunta, los vecinos se preguntan y todos me vienen a preguntar. Yo les digo, como siempre, que apenas salgo y no me relaciono con nadie. Ni conocía a este ni a los otros que desaparecieron. Menos a aquel primero, tan guapo y atento. Pobrecito. No me acuerdo bien, pero cuando lo sacaron del piso y nunca se supo de él, debí jurar algo. Nadie ha vuelto a vivir ahí más de dos días. Pero créanme, fue hace mucho y a saber a quién se lo juré…

Los domingos

Mientras ellos discutían, no podía evitarlo y me quedaba mirándola. Todos los domingos se repetía la escenita en el restaurante. Me seducían su entereza, su dignidad, su mirada rebelde y lo que podía intuir tras aquellos ojos incendiarios. Mi fijación empezaba a ser excesiva, debía andarme con cuidado, no obstante, era improbable que me advirtieran desde el rincón opuesto del salón. Lo que iba a cambiar toda la historia, y mi historia, fue el domingo que ella me esperó a la salida. Desde entonces, sin él, no hay discusiones. Ya siempre comemos juntas en esa mesa.

Democracia plena

  • Solo debo comprar una urna nueva.
  • ¿Una urna, para qué…?
  • Para que votemos libremente.
  • ¿Unas elecciones entre tú y yo?
  • Bueno, será más bien una consulta popular.
  • ¿Y cuál será la pregunta?
  • Esta: “¿Serías capaz de amarme toda la vida?”
  • Ah, pues vamos.

Cuando ya tuvieron la urna, imprimieron dos copias con la pregunta, cada uno reflexionó su voto, dobló cuidadosamente su papeleta, la introdujeron en silencio… Para darle solemnidad, fijaron una hora para el recuento. Salió… 100% voto en blanco. Se miraron, se besaron sin fin y brindaron por la democracia.

Y ahora, toca escribir más. Podéis encontrar la colección completa aquí Microrrelatos a quemarropa – Byenrique

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