Microrrelatos a quemarropa (XIII)

Por estas fechas volvemos con los microrrelatos a quemarropa. Parece mentira, pero ya vamos por la decimotercera edición. Desde el verano hemos reunido suficientes para dos tandas, que distribuiremos a lo largo de estos días. Ya sabéis, son relatos de un máximo de 100 palabras a partir de una frase dada, que ojo a veces con la frasecita. Y escritos en muy poco tiempo y en medio de mucho lío, por eso son fugaces, al vuelo, imperfectos… a quemarropa. Vamos con estos ocho que espero que os gusten:

Enemigo

Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. De madrugada ya estaba en mi puesto y aplicado a mi trabajo. Afinar las herramientas, elegir mirillas y calibres… Por la tarde ya iría en serio, el mando no toleraba la menor renuncia. Esta vez me pusieron en primera línea del frente y no tenía más cometido que avistar y disparar a todo lo que se moviera en la trinchera enemiga. Ahí aguardaba apostado, tenso… implorando que ese día no le tocara salir de prospección. Pero sí, lo reconocí fácilmente por la abolladura del casco. Según apuntaba, recordé que a las nueve habíamos quedado como siempre en el río.

Otros paisajes

Por si la volvíamos a ver volar, nos hemos asomado todos los días al balcón. Pero no pasan más que golondrinas gigantes, águilas de dos cabezas y algún reptil volador. Nuestro paisaje se ha vuelto de lo más insulso, cosas del cambio climático, las especies buscan otros ambientes más propicios. Este fin de semana anuncian glaciación, a lo mejor alguna despistada se deja caer de nuevo por aquí. Porque ya los niños se ríen cuando les contamos que nosotros sí vimos bandadas de mutuas asesinas surcar los cielos en busca de clientes desprevenidos. Lo divertido era cuando teníamos la escopeta a mano y cargada.

Caja vacía

Abrió con su propia llave la caja en la que había guardado su anterior vida. Estaba vacía. Metió en ella todo lo que había acumulado en la que acababa de vivir. Se disponía a comenzar una nueva, si cabe, más ilusionante. Cuando también terminara, volvería a abrir la caja… y siempre la encontraría vacía. Le entristecía infinitamente, desearía dejar algo que perdurara. Sin saber todavía que el éxito y el fracaso, lo amado y lo llorado, lo inolvidable, lo aprendido… todo tenía sentido sólo mientras lo viviera. El día que rebosara y nada cupiera, ya no habría más vidas.

Sorprendido visitante

Entre el tanatorio y la oficina de objetos perdidos no observé mucha diferencia, sitios donde gente afligida dejaba cosas que otros quizás acudirían a buscar. Por eso me fui a visitar el zoo. Allí sí encontré seres alegres, sociales y encantados de conocerse. Después al Museo de Cera, donde recibí las sonrisas más sinceras y las miradas más atentas. De camino en el metro, una señora había levantado la cabeza y se había fijado en mí. No llevaba mucho por aquí, pero ya cuando me saludó tan amable el dispensador automático de entradas me reconfortó saber que, conociéndolo bien, en este planeta tal vez podría hacer amigos.

Gravedad

Menuda decepción. Todas las anillas han funcionado y los paracaídas se han abierto. Fabuloso espectáculo. El mundo ahí abajo, las casas como puntitos y ese hilo brillante dibujando serpentinas. Absoluta inmensidad. La lenta caída, el suelo inalcanzable y tanto tiempo para pensar. Desolador vacío. La brigada al completo, descendiendo sobre el valle en perfecta formación. Súbito escalofrío. Y entre el viento, atravesando las gafas, la mirada del comandante como un puñal. Estrepitoso fracaso. La gravedad acelera, precipitará los acontecimientos y ya sé que más me valdría no pisar tierra.

Entregado

Yo, que he vivido tantas vidas todos los días, no sé qué hacer con la mía. No puedo quejarme de mi trabajo ni del reconocimiento que recibo. De la admiración y el cariño. Pero no puedo evitar sentirme vacío al llegar a casa. Me dicen que necesito calma, que lo deje un tiempo, pero sé que esa sería mi absoluta perdición. He amado tanto y sufrido, me han matado y me han salvado esos llantos, esos abrazos y sobre todo esas miradas quietas, atentas, dilatadas… Entregado a este juego, no tengo remedio, gano o pierdo sin remisión. Luego, me vengo abajo cuando salgo del hospital.

Acuerdo total

Mientras ellos discutían, todo fluía, aquello realmente funcionaba y siempre llegarían a algún punto de acuerdo. El problema venía cuando no se decían nada. Entonces es que iban a pasar directamente a los cuchillos. El jefe conocía bien a su tribu y siempre sabría a quién laminar para salir indemne. Pero esa noche notó un ambiente extraño, el silencio y el aire se cortaban, el caso es que tampoco captó miradas cruzadas entre ellos. No tardaría en advertir que, lateralmente, todas convergían en él. Simplemente, esta vez lo habían discutido todo antes. Y todos estaban de acuerdo.

Elegancia ante todo

Me echaron de la casa que fue mía durante 35 años y pasé a vivir en el cajero del banco que se la quedó. Los empleados, tan atentos antes, ni me miraban al salir y entrar, pero yo los saludaba a todos. Al poco, cerraron la sucursal y trasladé mi morada a un parque. Por allí salía a pasear el director. Se había quedado en paro. ¡Fuera rencillas!, nos hicimos amigos. Me invitaba a merendar, me presentó a su familia. Planeábamos un gran negocio, pero yo me adelanté. Hoy vivo feliz en esa, mi nueva casa. Y faltaría más, voy a visitarlos al parque.

Y toda la colección aquí Microrrelatos a quemarropa – Byenrique

Aprovecho para desearos unas felices fiestas.

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