Dios nos salve…

De entre los muchos datos, hechos y anécdotas que se recogen estos días y asombran, es verdad que ni siquiera James Bond, con todos los que lo han encarnado, sirvió a otra Majestad. No es de extrañar que impacte en el Reino Unido y en todo el mundo la desaparición de una figura como la de Isabel II. Se sea monárquico, republicano, antisistema… a nadie puede dejar indiferente.

También se destaca de la Reina su prudencia, neutralidad, empaque, saber estar… que han forjado el estilo de su reinado, ahora ensalzado. O lo que podría ser lo mismo, el arte de no hacer nada. Que es verdad que tiene su mérito durar 70 años esquivando los dardos y lanzas de la Historia y de la política -incluidas las trampas en su propia familia- sin torcer el gesto, sin mover más dedos de los justos, pronunciando ni una palabra más de la necesaria. Para eso hay que valer. Pura flema, pura Inglaterra.

Se nos cuenta ahora que su pueblo la quiere, y se nos muestran las imágenes de toda esa gente en los alrededores de Buckingham y estos días asistiremos a las multitudes que acudan a las distintas ceremonias que tan vistosa y lustrosamente se organizan en aquel reino. Pero no olvidemos que vemos lo que se ve, no lo que no se ve. Sabemos de las celebridades de cualquier ámbito que están expresando sus respetos a la difunta reina, pero no de las que no han dicho nada. Hoy no hay perspectiva y los elogios pesan abrumadoramente más que las críticas. Lo habitual cuando desaparece una figura de este calibre.

En general, al entrar a valorar la trayectoria y hechos de quien ha sido jefe del Estado de un país, hay que tener mucho cuidado cuando se hace desde otro país. Porque a menudo se tiende a hacerlo desde el contexto y la realidad del país desde el que se juzga. Sí, desde España, por ejemplo, pero seguramente también si se hace desde Francia, Italia, Bélgica o Países Bajos, por citar tanto estados monárquicos como republicanos. Y las claves no son las mismas. Extrapolar es peligroso, sobre todo porque, además, muchas veces se hace desde la intención, y más que vaticinios, lo que se formulan pueden ser deseos o temores.

Si lo contamos desde aquí, habrá que recordar que la británica, pese a ser en su día la primera monarquía digamos moderna de Europa, hoy se ha quedado como la más antigua del continente, cosa que no parece que les importe mucho. Por ejemplo, leo que la fortuna de Su Majestad era incalculable, cosa que no puede decirse ni de nuestro actual Rey ni del Emérito, a pesar de todos los pesares que hoy pesan. Aquella no sólo es jefatura del Estado sino además cabeza de toda una iglesia, y aquí, para nada, aunque nuestros reyes de por sí sean católicos y sigan esa tradición. Y bueno, nuestro modelo de monarquía parlamentaria tiene apenas 47 años, y aquel tiene siglos de vigencia, por no citar que reina en hasta 15 países. Y no hablemos ya de lo que influyen las diferencias entre ambos países, que van de las culturales a las sociológicas, pasando por el humor, que ambos derrochamos, pero ya sabemos que es bien distinto.

Aun así, se presume desde algunas tertulias ilustradas que lo que vemos estos días en Londres no se parecerá en nada a lo que veremos en Madrid cuando sea el caso. ¿Y cómo lo sabemos? Cuando pase lo que tenga que pasar, podremos hacernos una idea. Una cosa sí me atrevo a aventurar: allí, durante los diez días de duelo, todas las desuniones que agitan al Reino Unido se van a quedar en segundo plano, después ya volverán a relucir; aquí, me temo que no vamos a respetar ni eso.

De momento, ya tenemos -y sobre todo, tendremos- a los que salen a sacar pecho y lucir palmito -ideológico o de cualquier tipo- a propósito de cualquier acontecimiento de la esfera mundial. Por lo pronto, la Comunidad de Madrid ha decretado tres días de luto (¿??) y no será de extrañar que en breve salga algún iluminado de la otra parte a pedir, pongamos, que ningún representante del Gobierno acuda a los funerales. Es verdad que, salvo la desacomplejada iniciativa madrileña, por ahora estamos todos bastante callados y atónitos ante la magnitud del hecho histórico y las noticias e imágenes que nos llegan. Pero en cuanto se nos pase el asombro, ya largaremos por esas bocas.

Pero mientras nos arreglamos aquí, veremos también hacia dónde va el Reino Unido. Me acuerdo ahora del Liver Building, el emblemático edificio de Liverpool coronado por dos grandes pájaros, los liver bird, símbolo de la ciudad y que le dan nombre. Anclados en lo alto de sus dos torres, mientras el macho vigila ante posibles amenazas, la hembra cuida de sus habitantes. La leyenda dice que un día se desatarán y echarán a volar. Y que a partir de entonces, la vida allí será peor.

Me acuerdo ahora porque pienso en muchos grandes pájaros que volaron -en este y en otros países- y los que les reemplazaron no contribuyeron a hacer una vida mejor. Ahora vuela un ave mayor. Suelo pensar -y me podrán contradecir- que hay países y pueblos a los que las monarquías aún tienen la virtud de unir más que cualquier líder o partido político, naturalmente si esos reyes no tienen poder ejecutivo y adoptan un papel puramente institucional. Parece ser, siempre viéndolo desde aquí, que Isabel II sí cumplió ese papel vertebrador. Y queda por ver si Carlos III lo consigue también, algo que puede haber quien ponga en duda. El tiempo dirá.

Porque aquel reino, como otros reinos y repúblicas del mundo, vive momentos convulsos y un futuro incierto. Si las cosas van a peor, podrían llegar a asociarse las desdichas que acaezcan a la desaparición de su reina, lo que tampoco sería justo porque ya llevan años en esa deriva. En cualquier caso, el Reino Unido sigue siendo un país lo suficientemente influyente como para que lo que suceda allí importe y afecte a Europa y al resto del mundo. Por eso, además de god save the King -ya veremos si necesitamos otros Sex Pistols, aquellos evidentemente no, que actualicen aquella canción-, también deberemos pedir que Dios salve a Inglaterra y, de paso, nos salve un poco a los demás.

P. D. Y un apunte o tontería final: en España también tuvimos un Carlos III y una Isabel II. En lo que respecta al primero, aún sin haberse jugado el partido, apostaría a que les ganamos; pero en lo que respecta a la segunda, que sí se ha jugado, parece claro que nos han ganado por goleada.

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