Tratos con Utrecht (II)

Ya te lo dije, Willem, aquí los planes son para las mañanas. Como lo dejes para la tarde, te quedas a dos velas. Porque los museos y los castillos y todo lo que se suele visitar, cierra a las 17h. Entonces vas para allá tan contento y te toca volver con la cabeza gacha, con horas libres por delante, que no vas a llenar sólo parándote a tomar una cerveza en cada terraza -que aun así sobrarían aunque estuvieras aquí un mes. Menos mal que la vieja Utrecht es muy agradecida y paseable, siempre te reserva algo nuevo, una callecita, un edificio o una simple vista, en seco o en mojado, y desde luego no es para tomárselo con prisa ni para despreciar cada oportunidad.

Mira por dónde, Annemiek, en Vleuten no se me ha perdido nada ni parece que haya nada. Pero por este que se supone un barrio residencial, pasaré cinco veces, entre idas y vueltas, y cuatro de ellas habré entrado y salido de su estación. Es entonces cuando me entero, pero por pura casualidad no te creas, de que tú eres justo de aquí -por eso te apellidas así- y que justo estos días estás ganando el primer Tour de Francia femenino Annemiek Van Vleuten pone el broche y ya es campeona del Tour de Francia femenino | Deportes | EL PAÍS (elpais.com). Entonces, hasta este insulso lugar de paso llegará a cobrar su sentido. Eso sí, al menos podía haber encontrado a algún paisano tuyo celebrándolo y que me invitara a algo. Porque es que casi ni vi gente por allí.

Una tarde llamémosle tonta, puede resultar sin embargo en la mejor cena. Fue en Graaf Floris, en mitad de un puente sobre el Oudegracht, viendo las ocas subir y las canoas bajar.

Claro, Ruud, es que por Vleuten se pasa necesariamente para ir al Castillo de Haar. Sobre las dos piedras que debían quedar de la construcción medieval, la noble familia Van Zuylen, emparentada con la ‘apañada’ familia Rothschild, decidió convertirla en una vivienda, digamos, digna. Encargó el trabajo nada menos que al arquitecto del Rijksmuseum y la Estación Central de Amsterdam. Y construyo el castillo más grande de los Países Bajos. Los jardines tienen poco que envidiar a los de Versalles. El interior no, porque aquel es rococó y esto es lujo cartujo decimonónico, así que se puede decir que le gana. No le falta absolutamente de nada, hasta la cocina es monumental. Allí han pernoctado celebridades, sobre todo estrellas de cine, sirve actualmente como museo pero también para la celebración de eventos, bodas… y los descendientes de esa familia tienen todavía derecho a residir allí un mes al año. Los otros once meses tampoco creo que vivan muy mal.

Podríamos quedarnos todo el día -hasta las cinco de la tarde- por esos senderos, laberintos y parterres, Isabelle (dígase Issbel), si hubieras venido. Pero estamos de remontada y, eso sí, sin mucho agobio, llegaremos con tiempo para dar cumplimiento a una buena recomendación. Aún no habíamos entrado en la memorable catedral, y habíamos reservado ese imprescindible para este momento: el concierto de órgano que dan todos los sábados a las tres y media. No, no me quedé dormido. Sí, salí con el espíritu elevado, redimido, mejor preparado para lo que pueda venir. Y esa tarde ya tuvo el regusto de una misión cumplida o un partido ganado, los paseos ya no necesitaban tener sentido, podíamos pararnos a ver lo que fuera, de lo viejo y de lo nuevo, porque nada nos iba a sobrar. Pero de la catedral tendremos que volver a hablar.

Que el concierto era gratis, me dijo, pero aquí nada es gratis, compañero, y a la salida te presentan el sombrero para que dejes la voluntad. Encantado, eso sí.

El tiempo iba a cambiar, no exactamente a frío, pero vamos entendiendo que los toldos de las terrazas no están sólo para dar sombra. Es sábado por la noche, Maartje, y me sugieres que te lleve a un sitio nuevo y estupendo. Pero aquí no necesitamos buscar ni explorar, en cualquier esquina pueden empezar a pasar cosas a poco que te sientes con una Duvel (pídanla Diufol, porque si no, no hay manera de que te la sirvan) semi volcada para que caiga muy despacito y entera en la copa. Por ejemplo, en el Café Orloff, donde la vista se despista entre las neerlandesas casitas de amplios ventanales y los modelos de lencería, ay, del escaparate iluminado. En Toque Toque, así se llama otro que también hace esquina, me creo que mi vecino de mesa es argentino y resulta que es libio que estudia en Ucrania y se ha venido aquí a esperar a que pase… Dios sabe qué y cuándo pasará. Al final, terminaremos la fiesta donde siempre, sin mucho glamur pero con musicaza, sin saber todavía a esas alturas que iba a ser donde siempre.

No sabía si sería buena idea acercarnos a Gouda, a mitad de tu casa y de la mía, Marco, pero a ti te pareció bien. El trayecto es corto, aunque hay que reconocer que al principio fue… emocionante -¿será posible que otra vez me estoy montando en el tren que va a…?- y después ya directo por esas autopistas de cinco carriles por sentido. Ah y esto sí es Holanda, ya ven qué fácil es confundirse. Mereció sin duda la pena ese paseo bajo la mansa lluvia, ese magnífico ayuntamiento que mejor no lo vea nadie de nuestra tierra, esa sobremesa de domingo gris, de las de hablar de todo un poco y de mucho en el escaso tiempo que teníamos para repasar la vida. Es verdad que fuimos extremadamente pesimistas sobre el mundo. Pero, al menos, esta vez fuimos relativamente optimistas sobre nosotros. Y sí, te vi bastante mejor que la última vez. Nada como el tiempo para las cicatrices, nada como no perder nunca las ganas de vivir… y de amar.

No, el Mr Finch no es un bar de lesbianas, aunque van. ¿Por qué no voy a pedirle a Yannick uno de esos cócteles? El tío no me pregunta cuál quiero, sino cómo lo quiero. Y acierta de pleno. Bartender’ special, queda inmortalizado en el ticket.

Sí, Utrecht fue un fuerte romano en un enclave fronterizo y crítico del imperio, por eso la llamaron Trajectum y de ahí ya fue derivando el nombre. Pero tardaron en saberlo, y cuando encontraron las ruinas, estaban justo debajo de la catedral y además se correspondían los límites de la fortificación con los del templo, debe ser eso de que la que la Historia no pasa por casualidad. En DOMunder aprendimos esto y más cosas, gracias Heleen por guardar esa entrada para mí, la última y la que mi banco no me dejó reservar por teléfono un día antes, porque es muy relisto y celoso de la experiencia de sus clientes, que es que hay que… Podría haberme ido al claustro a relajarme un rato, me hacía falta, pero qué va, hijo, si también cierra a las cinco.

Lo que no fue devenir histórico sino destino, acaeció un 1 de agosto de 1674, en medio de un verano, dicen, inusualmente caluroso por allí. Una fenomenal tormenta se anunciaba, y se vino sobre Utrecht a las siete de la tarde. En media hora había dejado media ciudad en ruinas. La punta de lanza de aquel fenómeno meteorológico extremo -que por entonces se dice que ocurría cada 10.000 años y ahora no sé cuántos ceros habría que quitar- fue un brutal tornado que acertó sobre la nave central de la catedral y la partió en dos. La gran torre, la misma que hoy se ve clausurada por esa armadura de hierros, se salvó porque la habían levantado separada unos pocos metros de la nave. Ahora lo está unos 40 metros más, con la ruina que quedó no supieron que hacer durante dos siglos, hasta que en 1850 decidieron dejarla como la Domplein (Plaza de la Catedral) que es hoy. Por la que volvemos a pasar un 1 de agosto de otro verano extraordinariamente caluroso. Y no podemos menos que pararnos a pensar, a recrear, a imaginar… y a quedarnos en puro silencio. Porque este momento fue para nosotros, no se lo fuimos a contar a nadie.

Y ya supe que el Café Vredenburg era mi cuartel general. De día y de noche, el último de cada jornada y el último de este viaje.

Se ha quedado una tarde soleada y vaporosa, Elsje, el viaje en barco por el canal no ha sido refrescante como pretendíamos y no nos ha dejado mucho más que constatar que esta ciudad, más o menos, ya nos la sabemos. La simetría que suelen disponer estos viajes me ha puesto ahora en el lado oscuro, el del regreso. De memoria por el centro comercial hacia la estación, sin casi fijarme en el tren, sin darme cuenta en Schipol otra vez, pero esta sin demasiada celebración. De momento, mi vuelo no lo han cancelado, el anterior de KLM sí, no sé ahora mismo cuál de las dos posibilidades me convendría o me apetecería más. De lo que es hoy el control de seguridad del aeropuerto amsterdamés no me quejaré, porque venía avisado. Justo llegando al arco, en medio del estrés siempre asociado a este trance, el whatsapp se agita y es para anunciar nuevos viajes. Pero serán otra historia.

Este ya está cumplido y contado. Propusimos un trato yestá hecho. Ya no nos debemos nada. Y a Utrecht, si acaso, volver…

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