Toda esa gente…

Me hacen mucha gracia, o todo lo contrario, todos esos que saben lo que piensa la gente, proclaman lo que siente y hasta hablan en nombre de ella. Políticos, intelectuales, periodistas, tertulianos… “la gente está harta”, “la gente está indignada”, “la gente está contenta”, “la gente pide esto o pide lo otro”… Y a veces te planteas, ¿pero qué narices sabrán de la gente? ¿O a qué “gente” se refieren? ¿A la que se reúne o se ve con ellos en un café, a la que les ríe las gracias o a la que pretenden sumar a su causa? El caso es que, sean quien sean y de donde vengan sus percepciones, les vale para predecir lo que opina la gente sobre la economía, sobre la monarquía, sobre el espionaje, la corrupción, la violencia machista… me acuerdo ahora del ilustre columnista y ex director de periódico que afirma reiteradamente que sin la menor duda los españoles anteponemos la unidad de España a nuestra situación económica. ¿Y cómo lo sabe tan perfectamente?

¿Pero qué piensa de verdad la gente hoy? Sería trabajo de sociólogos, más que de todos esos gremios -y otros más- citados arriba. El CIS y otras firmas de estudios nos presentan casi a diario los resultados de sus trabajos, que luego son objeto de discusión, análisis y, cómo no, polémica. Pero, en realidad, lo que nos muestran no es exactamente lo que piensan los encuestados, sino las consecuencias de ese pensamiento: a quién votarían, qué postura toman ante cualquier hecho relevante o controvertido en este país. No indagan, porque tiene que ser muy difícil, en las motivaciones. Por qué un asalariado precario apoya a un partido que nunca aprobaría una subida del salario mínimo. Por qué tantos que se verían beneficiados de un clima de estabilidad se decantan por los que venden confrontación. O de un proyecto de unión y votan independencia, brexit… Por qué un jornalero vota como un señorito. ¿Y por qué tanta gente está aupando a opciones extremas no ya en España, en Francia, Alemania, qué decir de Hungría? También ahora en Perú, en Chile, en Colombia… Aquí se apela a cordones sanitarios para aislar a un partido de extrema derecha, pero a este paso, el cordón nos lo van a aplicar ellos a los demás.

¿Y por qué no nos preguntamos -me refiero a políticos, analistas, medios de comunicación– por las verdaderas razones de que haya tanta gente que piense así? Posiblemente, porque no hay tiempo para la perspectiva, todo lo que se observa y se comunica está determinando por la urgencia, por el sobresalto continuo a que nos somete la actualidad. En ciertos casos, probablemente tampoco interese. En 2016, hace ya una eternidad, la Fundación BBVA publicó un informe que dejaba un titular revelador, contundente: tres millones de españoles se habían caído de la clase media como consecuencia de la recesión económica iniciada en 2008, entiéndase de la propia crisis y de las medidas aplicadas después en España, en toda Europa y gran parte del mundo. No sé si en otros países se habrán realizado informes similares, pero si aquí fueron tres millones, ¿cuántos habrán sido en Alemania, en Francia, en Estados Unidos…? Nadie habla hoy de ese informe, hace ya tanto y hay tantos otros asuntos tan candentes. Pero ¿serviría a lo mejor para explicarnos algo?

Estos días nos hemos escandalizado -porque escandaloso ha sido- con los sucesos impresentables acaecidos en los alrededores del Stade de France antes y después de la final de Champions. Se ha hablado por los codos de la deficiente actuación de la policía francesa, de las insuficientes medidas de seguridad, de que no se pueden llevar esos eventos a lugares como Saint-Denis, que aquello es poco menos que un gueto… Como siempre, unos habrán hablado desde el conocimiento y otros desde la oportunidad. Pero lo que no he oído decir es que en 2000 y en 2006 se celebraron también finales de Champions en ese mismo estadio, también con equipos españoles. Pues no tuve noticia entonces que a los miles de aficionados valencianos, madrileños y barceloneses que asistieron les sucediera gran cosa. Y era el mismo barrio, el mismo gueto, los franceses sabrían muy bien dónde decidieron instalar ese gran coliseo que iba a albergar la final de Mundial de 1998 y hoy acoge los partidos de fútbol y de rugby de la selección gala. ¿Acaso algo ha cambiado en estos años que han pasado desde entonces? ¿Puede que el mundo hoy sea muy distinto, y no sólo en Francia?

Podemos ver, por ejemplo, que los dos grandes partidos políticos que gobernaron Francia prácticamente desde la Segunda Guerra Mundial, hoy son residuales, como quedó reflejado en las últimas elecciones presidenciales. Y ese fenómeno se ha dado en otras democracias europeas. Aquel barrio, como otros de París y muchos de otras ciudades europeas, está poblado mayoritariamente por inmigrantes. Sí, pero gente que llegó hace 50 o 60 años de Marruecos, de Argelia, Senegal… encontró un trabajo, se ganó la vida, se integró en esa sociedad, sus hijos ya fueron franceses -o belgas, neerlandeses…- y también prosperaron, hasta montarían sus negocios… Pero ahora vienen los hijos de los hijos y no tienen nada. Ni trabajo, ni oportunidad, ni futuro… Ah, pero ricos sigue habiendo digamos como antes -porque a lo mejor son más. Los ven y se cruzan con ellos todos los días. ¿Alguien ha ido a preguntarles a esa gente qué piensan, qué sienten, a quién votan si es que lo hacen, en qué proyecto de país creen, si es que todavía creen en alguno? Y ya en cualquier barrio, ¿cuántos franceses, inmigrantes o no, fueron y hoy ya no pueden ser clase media?

Pero es que en España no deja de ser lo mismo. Sucede que esos tres millones de ciudadanos descabalgados de aquel llamado estado de bienestar no están reflejados en los índices macroeconómicos que determinan la actuación política y la actualidad de la que se informa. La economía podrá crecer, recuperarse, el desempleo bajar o subir, los precios, la inflación… Pero esa gente olvidada no sale en esas fotos. Tampoco en los discursos políticos, ni cuando son triunfalistas ni cuando son derrotistas. Cualquiera que viva en un barrio normalito de Madrid, como en muchos barrios normalitos de otras ciudades españolas, sabe que un jueves por la noche los bares, antaño a rebosar, ahora cierran pronto porque no tienen clientes. Y no es por los hábitos pospandémicos, porque viene sucediendo desde hace entre 10 y 12 años. Eso puede ser un síntoma. La verdadera dolencia la constata el que se da un paseo nocturno por esas calles semi vacías y descubre a familias muy normales que salen cuando no les ve nadie a buscar en los contenedores y en los basureros urbanos, preferentemente los que quedan cerca de un supermercado. Y eso no lo veía antes. Esos que antes salían de día y de noche, consumían, se iban de vacaciones… hoy son invisibles y hasta prefieren no dejarse ver. Y no son sólo parados sin remedio, muchos tienen nómina. ¿Alguien irá a preguntarles a esa gente qué piensan, qué sienten, a quién votan si es que lo hacen, en qué proyecto de país creen, si es que todavía creen en alguno?

Cuando muchos se ven privados de la vida se supone normal que llevaron, hay quien se lo puede tomar con resignación, tristeza y depresión. Pero no van a ser todos. Los hay que se lo toman por la tremenda. Sin pasar a mayores, optan por renegar de lo que ya no les transmite ninguna ilusión ni esperanza, y apostar por aquello que les dice que viene a romper con todo, a ajustar cuentas y a devolverles lo que perdieron. Tampoco será verdad, pero de perdidos, al río, pensarán. Y si pasan a mayores, pues según en qué ciudad, país o cultura, podrían llegar a entregarse a lo que su folklore ideológico -perdón que lo llame así- les invite, y así tenemos islamismo radical, bandas latinas, supremacistas, antisistema y otras formas drásticas y violentas de pretender cambiar su miserable status. Leo que en París o en Marsella hay barrios en los que la policía no puede ni entrar. Dicen que en Madrid empieza a haberlos. Esto no ha pasado siempre. O antes no pasaba como ahora.

Sin embargo, nos seguimos quedando en la superficie. Se obvian esas profundidades, porque seguramente agobian, no es agradable sumergirse en ellas. Las recetas que se proponen o aplican podrán ser las indicadas o no, pero a esa gente le suenan a la cantinela de siempre y no se las creen. Les podrás hablar de la reforma laboral, del salario mínimo, de las inversiones que se van a acometer gracias a los fondos europeos… y les es indiferente. Es más, posiblemente prefieran poner en el gobierno a alguien que tire abajo todo eso. Toda esa gente, de la que otra gente presume saber, sólo ve su realidad desesperada y sin futuro. Y se tira al monte, por las malas o por las malísimas. Por supuesto que no entienden ni quieren entender lo que les dicen los políticos. Pero ¿qué no entienden o no quieren entender los políticos y sus cronistas del mensaje que están recibiendo? Y luego nos llevamos las manos a la cabeza. Cuando sabemos de hechos vandálicos en torno a un partido de fútbol, cuando los crímenes suceden cada vez más cerca de nuestra casa y de nuestras zonas de confort… y también cuando se nos presentan los resultados de unas elecciones.

Y entonces seguiremos hablando y sentando cátedra sobre lo que piensa, siente y vive toda esa gente.

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