No fue casualidad en Riga

¿Y quién nos mandaba ir a pasar un día de playa en todo el mar Báltico? Pues es que no había opción de perdérselo, porque Jurmala no es una casualidad. Son 33 km de playas sucesivas, dos de ellas bandera azul, arena blanca y finísima, jalonada de chiringuitos, resorts… Equipadísima de todo, porque existe de siempre, lo conocen todos por allí y lo descubrimos los que llegamos. Hacía calor, pero no solo eso, fue un verano exageradamente caluroso en todo el norte de Europa, algo que empieza a no ser tan extraño en este maltrecho planeta. Por eso el baño no impresionó e hicimos allí lo que ni se nos ocurrió en otras ciudades nórdicas.

Las playas de Jurmala están a 20 minutos en tren (tortuoso y sudoroso tren, habrá que decir) de Riga. Y esta ciudad tampoco es casualidad. Alemana de origen, después rusa, soviética y hoy capital de Letonia. Eso sí, viven todavía 400.000 rusos que prefirieron quedarse y que, quién sabe, posiblemente esperan que aquello vuelva un día a ser su país.

Que es una ciudad cruzada por la Historia se refleja en sus estilos. Del gótico al modernista, rematada la faena por las “creaciones” estalinistas, hasta su capricho dejó allí, más pequeño que el de Varsovia y los de Moscú. Su mayor esplendor lo vivió Riga a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se convirtió en la tercera ciudad más importante del Imperio Ruso. A aquel tiempo pertenece Alberta Lela, candidata a una de las calles más bonitas del mundo, 200 metros de fachadas de ensueño, remates imposibles, pura orfebrería arquitectónica.

Habrá que decir que es una ciudad superviviente. Tres catedrales -católica, protestante y ortodoxa- ya hablan de todo lo que ha pasado por allí. Sin embargo, la torre más alta es de una iglesia, la de San Pedro, que parece un cohete y que te vigile vayas por donde vayas. Ahora que está en pie, porque la derrumbaron en la Segunda Guerra Mundial y no la volvieron a levantar hasta tres décadas después. Qué decir de la Casa de los Cabezas Negras -que eran una hermandad de comerciantes. Para destruir esta se pusieron de acuerdo los misiles alemanes y luego el ejército rojo. Fue necesaria una exploración arqueológica para descubrir que había estado ahí, y hoy es el edificio más emblemático de Riga.

Darse a pasear por su centro, sin plano y sin plan, es como soñar, siempre que llevemos un calzado apropiado, que ojo con los adoquinados. También se recomienda buscar las horas a las que no circulan las hordas de turistas con sus guías y sus segways a motor. Para, por ejemplo, ver la Puerta de Suecia como es, pasar por debajo, mirar al otro lado, volver a pasar…

Y no todo es solemnidad por aquí. Es una ciudad muy fiestera y hasta por qué no decir que golfa, sí, de mujeres y hombres mal criados que llegan perjudicados a casa. No recordamos, no obstante, haber tomado alguna mala decisión. Ni haber tomado una mala cerveza. Ni haber estado en un garito que no nos gustó. Tampoco nos arrepentimos de haberla visto amanecer. En todo caso, irnos fue lo peor que pudimos hacer. Pero las vacaciones son así.

Aquí contamos, con más detalle y rigor, cómo fue aquel viaje al Planeta Riga – Byenrique

P.D. Está claro que Jacinto lo clavó a la primera, pero preferimos dejar algo más de tiempo para que no pareciera que nos había matado el juego nada más empezar. Hay que reconocer que Ostende estaba muy bien tirado, porque también nos bañamos allí y además las fotos son parecidas. Pero aquella playa no tiene nada que hacer contra esta. Así que el ganador es el que dio primero. Le invitaremos a un black balsam o a una Vallmiermuiza, lo que prefiera. Ambas cosas no serán fáciles de conseguir por aquí, pero querer es poder.

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