‘E la nave va’, don Carlo

“Io, como jugador, no era ni muy físico ni muy técnico. Pero sabía todo lo que pasaba en el campo”. Era una entrevista que le hacía Maldini -Julio, el periodista- cuando ya era un entrenador de prestigio, antes de venir al Real Madrid. Y me cayó bien, por esta y por otras declaraciones que revelaban a un tipo humilde, sencillo, pero que efectivamente sabía mucho de fútbol… y de la vida. Hasta entonces, para mí, Carlo Ancelotti era aquel centrocampista del Milan de Van Basten, Gullit, Baresi, Maldini (Paolo, el futbolista) … que nos había colado el primero de los cinco en aquella noche inolvidable -porque no hay manera de olvidarla- en San Siro y ese entrenador que había ganado dos Champions con los rossoneri y se había dejado otra después de irle ganando al Liverpool 3-0 al descanso. Pero en aquella entrevista me ganó.

Por eso y por muchas otras razones, para mí la llegada de Ancelotti al banquillo del Madrid en 2013 fue una bendición. Veníamos de tres añitos en los que, lo siento, sé que mucha gente no está de acuerdo con esto, pero viví con mi equipo secuestrado. O era yo el secuestrado por mi equipo, puede ser. Ni me identificaba con lo que veía en el campo ni, sobre todo, con las formas y la imagen que proyectaba el club. No olvidemos que en el fútbol de hoy el entrenador es no sólo el responsable del juego, los jugadores, las victorias y las derrotas. Es el principal portavoz y embajador de la empresa. Y Mourinho nos hizo parecer ante el mundo un club pobre de espíritu, bajo y resentido. Con la aquiescencia del presidente, hay que decir.

Florentino Pérez había hecho un pacto con el diablo para resistir la penitencia que imponía el mejor Barça de la historia. Y al fin recapacitó, se dio cuenta de que el coste de la operación era inmensamente mayor que el rácano beneficio obtenido. Entonces, llamó a Carlo. Ya había intentado traerlo cuando retornó a la presidencia del Madrid, era su segunda elección tras la negativa de Arsène Wenger, pero acababa de fichar por el Chelsea y quería hacer su trabajo allí, entonces el que vino fue Pellegrini. Cuatro años después, ya en París con los deberes también hechos, acudió presto a la llamada. Prometió un fútbol espectacular. No fue así al principio, quedaban vicios del pasado reciente, pero poco a poco hizo aquello funcionar. En una temporada ganó más que su aclamado predecesor en tres, Copa del Rey y la décima Copa de Europa; en la segunda hizo lucir su mejor fútbol, pero el viaje se torció a mitad de camino. Su despido, un lunes primaveral de 2015, fue un día muy triste. Ni él ni nadie imaginamos entonces que volvería.

A Ancelotti le gustan el fútbol y la vida. En las ciudades en las que ha trabajado -Londres, París, Múnich, Madrid…- le gusta vivir en el corazón de la urbe. Aquí, en aquella primera etapa, frente a la Puerta de Alcalá con el Retiro a un cruce de semáforo y al otro lado un famoso restaurante italiano donde le trataban como a un rey. En lo futbolístico, no es talibán de sus ideas. Tiene la suya y la adapta a las circunstancias, que normalmente no son otras que los jugadores de que dispone. Es como un capitán de una nave y a la vez el fontanero que cuando detecta vías de agua acude a taparlas, ajusta por aquí y por allá, tapona un boquete, inventa un parche, reorienta la vela… hasta que consigue poner la embarcación en rumbo –“e la nave va”, usando el título de la película de su compatriota Federico Fellini. Cierto que a veces se le conjuran todas las averías a la vez y el proyecto termina saltando por los aires. Sí, también le ha pasado. Pero ninguna de las que dirigió dejó de recalar al menos en un puerto, llámese liga, copa, champions…

Cuando se anunció su regreso, hubo quien lo tomó a chirigota. A mí me sonó más a una transición amable, un tipo elegante, bien visto por casi todos, a la espera del que presumen será el nuevo entrenador de época, léase Raúl González, que ya veremos. El idóneo para un período de contrición del gasto, de amortizar las obras del nuevo mega Bernabéu y la llegada del nuevo galáctico y de sortear los envites de la pandemia y otras crisis. Un hombre tranquilo (léase trancuilo) que no iba a molestar a nadie, que se iba a sentir feliz y quedaría bien con todos. Pero Carletto no vino en ese plan. Es verdad que sus últimas estaciones, Nápoles y Everton, habían sido dignas pero apartadas del foco de los grandes títulos. Y esa llamada se la tomó como un regalo, sí, pero también como un reto.

Esta misma temporada ha sido cuando ha dicho eso de que “me equivoco una vez, pero no dos” a diferencia de otros entrenadores que no se equivocan nunca. La primera liga que hubiera podido ganar, con la Juventus, la perdió en la última jornada. Después ya la conquistó con su Milan. Aquella memorable final de Estambul, gloriosa para el Liverpool de Benítez y trágica para Ancelotti y los suyos, tuvo revancha dos años después, en Viena, y no la dejó escapar. Y él sabía la asignatura pendiente que tenía en España y con el Madrid.

No habito en la cabeza de este entrenador italiano ni de ninguno, pero me resulta fácil imaginar lo que tenía entre ceja y ceja arqueada: la Liga. Había conquistado con el Madrid la Champions, la Copa, pero las dos temporadas que estuvo, el título liguero se le había escapado por poco. La había ganado en Italia, en Inglaterra, en Francia y en Alemania. Le faltaba la de España. Y como no quiere equivocarse dos veces, recordaba muy bien lo que le pasó al inicio de la segunda vuelta de la 2014-2015, la última que viviría junto a El Retiro, cuando venía del parón navideño con cuatro puntos de ventaja sobre el Barça de Luis Enrique y en dos fatídicos meses se vio cuatro puntos por detrás.

Claro, pero no puedes ser entrenador del Real Madrid y decir que vienes sólo a ganar la Liga. Él sabe dónde está y que se le exige luchar por todo. Aunque sepas -y él lo sabía, porque cualquiera lo ve- que no tienes la plantilla para competir con los super ricos y los nuevos ricos de Europa. Entonces toca gestionar, manejar, hacer esos equilibrios (léase ecuilibrios) para que la nave más o menos vaya (volviendo a Fellini) y, como buen géminis que es, tirar mucho de mano izquierda para mantener a todos conformes, a la prensa que ansía titulares altisonantes, a los descontentos de la plantilla para que al menos se impliquen un poco, al presidente que no se estira ni para traerle en invierno a ese defensa central que los primeros resultados ya pedían a gritos.

Con todo, y como no puede ser de otra manera, no se ha librado de los palos. Justos e injustos. Como él, muy fina e irónicamente, dejó en una rueda de prensa, estaba siendo la temporada de los ‘peros’: sí, jugamos bien pero nos hacen goles, ya no nos los hacen pero jugamos al contraataque, ganamos pero por Courtois, vamos primeros pero juegan siempre los mismos, pero, pero… Iba líder destacado de la liga, superado el inicio de año que le mató aquella vez, ganado todos los partidos contra los grandes, eliminado al PSG de las mega estrellas… pero el infame día del 0-4 ante el Barça ya salió algún machote pidiendo su cabeza. Y él lo dijo muy claro: “me he equivocado yo y procuraré que no me vuelva a pasar”. Añado yo: se equivocaron él y muchos otros ese día.

Hoy don Carlo Ancelotti celebra y degusta su Liga con el Real Madrid. Pocos pueden estar ahora mismo más satisfechos que él. De lo que no va a hablar es de datos y hechos, pero para eso estamos otros: con una plantilla ligeramente peor que la de la temporada pasada, ha conseguido mejores resultados, no sólo en liga, sino en todas las competiciones; un equipo que adolecía de gol desde la marcha de Cristiano, este año ha sido goleador; una plantilla que a mayo de 2021 llegaba asfixiada, a día de hoy todavía se la ve con energía (léase eneryía); varios futbolistas, empezando por el exuberante Benzema pero siguiendo por Vinicius, Rodrygo, Valverde… han sido mejores que el año pasado y por algo será. Todo eso, él no lo va a decir. Pero lo sabe y tiene derecho a engordar con ello, además de con unos buenos agnolotti a la piamontesa rematados con unos generosos cannolos sicilianos.

Pero bueno, aun con esa Liga ya en la sala de trofeos, la temporada no ha terminado. Es más, ya verán como el próximo miércoles ni nos acordamos. Y a poco que el Manchester City nos pinte la cara -o vete a saber si el Atleti el domingo, sin jugarnos ya nada-, volverá a caerle el chaparrón. Eso sí, por muy mal que le vaya de aquí a junio, no preveo esta vez que Florentino decida que el Real Madrid necesita “un nuevo impulso”, como dijo aquel día de 2015 que le despidió. Claro, que me puedo equivocar.

O será la temporada que viene, ya con el flamante nuevo estadio, Mbappé de blanco y esa ingente inversión que el club parece que va a hacer. A poquito que la nave no vaya, se terminó el ciclo de Ancelotti, como el de todos los que han venido y vendrán por aquí. Pero me da la sensación de que, sea cuando tenga que ser, don Carlo se irá con el trabajo bien hecho y feliz. De momento, lo que le deseo que se quede, cuanto más tiempo, mejor. Y que disfrute de esta ciudad en la que tanto le gusta estar.

Y en fin, hacía mucho, muchísimo que no escribía de fútbol aquí, pero creo que la ocasión y la figura lo merecían. Aclarar también que las alusiones a “Y la nave va” se deben solo a que el título me ha inspirado para lo que quería contar, porque la película de Fellini no tiene absolutamente nada que ver con todo esto.

Y para quien no se acuerde de aquel jugador «ni muy técnico ni muy físico», aquí con su Milan, disputando el balón a uno que sí era, decididamente, mucho más técnico. Por supuesto, la foto con sus correspondientes créditos.

NAPLES, ITALY – OCTOBER 21: Napoli player Diego Maradona (l) challenges Carlo Ancelotti of AC Milan during an Italian League match on October 21, 1990 in Naples, Italy. (Photo by Simon Bruty/Allsport/Getty Images)

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