Libros, ¿para qué? Diez buenas razones

Hoy es día de hablar de libros, pero no olvidemos que los libros son objetos inútiles sin lectores. Si una vez escrito por alguien, no hay otro -aunque sea uno- que lo lea. Entonces sí, cobran vida, dan lo que tienen y propagan la sabiduría, el arte y la ciencia que llevan dentro. Somos lo que hemos leído, y los que escriben y les leemos son a su vez lo que leyeron de otros. ¿Por qué yo escribo? Porque he leído mucho desde niño, tengo que dar gracias de tener una familia muy lectora, también tuve buenos profesores de lengua y literatura -no todos, he de decir- y algo en mi vida me hizo ser curioso, encontrar entretenimiento y satisfacción en los textos que acompañaban a los dibujos y las fotos. Supongo que empecé por los anuncios en la calle, luego serían cuentos, comics, periódicos, las novelas de Enid Blyton, libros de animales, más comics, más prensa y después ya pasé a obras mayores. Pero de todo aprendí y me hizo lo que soy, para bien o para no tan bien.

Leer, ¿para qué? puede que hoy nos dé por preguntar a la vista de lo que se lleva y se usa. Y libros, ¿para qué? A lo mejor hoy es más necesario que nunca responder a esas preguntas. Claro que no de todo lo que se lee se aprende, y claro que mucho de lo que leemos hoy no son libros, incluso puede que ya sea una mínima parte. El caso es que se venden, pero quizás no tanto como merecerían, y es innegable que un gran público opta por otros formatos digamos más fáciles de consumir. Que transmiten mensajes, ideas, emociones, también vísceras… pero a lo mejor no tanto conocimiento.

Yo simplemente voy a responder con diez razones -podría haber más- por las que sigo creyendo en los libros. Y no son teóricas, sino tan prácticas como libros propiamente dichos. No me refiero a novelas, ensayos, poesía, didácticos… Hablamos de libros en toda su extensión. Aquí diez que me han marcado en la vida, citados sin orden de preferencia.

Historia de la teoría política. Vale que nos lo impuso en primero de Periodismo un profesor muy apasionado que era jefe de prensa de la CEOE. Pero en seguida me encantó que me lo impusiera. Yo ya había estudiado historia de la filosofía en el colegio, pero la obra de George H. Sabine me hizo entender su reflejo en las ideas políticas y en los diferentes movimientos a lo largo de la Historia. Está publicado en 1937, por lo que supuestamente no refleja todo lo que ha venido después. Pero si lo miramos bien, quizás no ha habido tanto nuevo. Todo está en este libro, del individualismo al colectivismo, de los absolutismos a los liberalismos… Lo que posiblemente haya cambiado es la proyección y la puesta en práctica, por no hablar de la deformación de muchas de aquellas ideas.

Cien años de soledad. Marzo de 2020, recién decretado el confinamiento. Decidí releerla. Y recibí el chute de energía que necesitaba. Qué puedo decir que no se haya dicho, qué añadir o explicarle al que se la haya leído una y puede que tantas veces. Bueno, que disfrutada esta segunda lectura, ya no dudo que tiene el derecho a ser considerada, por lo menos, una de las dos grandes obras en lengua castellana. Que más que una novela, me parece un inmenso y maravilloso cuento en el que cada historia y cada personaje es otro memorable cuento que empieza y termina en otro. Ah, y que Gabriel García Márquez no sólo escribía como los dioses, es que era muy sabio. Así, tengo la sensación de que en este mundo nos lleva lloviendo tanto como cuatro años, once meses y dos días… y aquí no parece que vaya a parar.

Mazurca para dos muertos. Para mí la mejor novela de Camilo José Cela, sin desmerecer otras cumbres de su obra, y por lo tanto del siglo XX español. Es verdad que hay que superar las 50 primeras páginas, y me consta que no todo el mundo ha sido capaz. Pero una vez consigues meterte en ella, en su atmósfera envolvente de lluvia infinita, bruma y la línea del horizonte que no se ve, el viaje por sus páginas se hace un trance sublime. Tienes la sensación de que la prosa se vuelve verso y cada personaje es un universo, te sientes empapado mientras vas trazando el círculo que sólo se completa al final, en un cierre magistral. Estaba en su mejor momento el de Iría Flavia, anunció entonces que lo que Mazurca era a la Galicia de interior lo sería ‘Madera de Boj’ a la Galicia costera, y ahí la estuve esperando. Ocupado en otros líos, tardó demasiado en terminarla y publicarla. Y ya no le salió.

La hoguera de las vanidades. Ni me molesté en ver la película, y los que la vieron me confirmaron que no me perdí nada. Pero yo recomiendo no perderse la novela de Tom Wolfe. Una obra que demuestra que un best seller -como lo fue- perfectamente puede ser una gran pieza literaria. De hecho, el autor fue uno de los impulsores de lo que llamaron nuevo periodismo, que proponía, entre otras cosas, incorporar elementos literarios a la información periodística. Y en su primera novela, hizo lo contrario: contar una historia como lo haría un periodista. Por eso mismo, retrató con meridiana precisión y claridad la sociedad neoyorquina de los 80, modelo que fielmente vimos reflejado en España en los 90. Y que, de una manera o de otra, acaso evolucionado, sigue con nosotros.

Tragedias. Es un libro firmado por William Shakespeare, faltaría más. Una edición que encontré por casa, ni sé cómo llegó. No digo que me haya leído todas, pero seguro que la mayoría. Don Anselmo, el profesor de BUP, nos decía siempre que, aunque otras, y sobre todo ‘Hamlet’, sean más universales, la mejor sin duda es ‘El Rey Lear’. Y no sé si estoy de acuerdo, pero sí es la historia con la que más me identifico. El caso que me las leí mucho antes de verlas representadas en un escenario, de hecho, no todas he llegado a verlas. Lo mismo me pasó por entonces con Lope de Vega, Calderón de la Barca… Era cuando ya me decantaba por las letras y por la literatura como mi asignatura favorita. Y aunque el teatro se hace para ser presenciado con los cinco sentidos, yo puedo decir que también se puede leer y disfrutar. Claro, sabiendo que no es lo mismo…

Tiempo de silencio. Ya nos lo dijo Ángel Rodríguez, el profesor de COU, cuando trataba de terminarla a toda prisa para entregar el trabajo de rigor: que leída por segunda vez, nos gustaría todavía más. Yo también tenía esa sensación durante aquella lectura atropellada. Y en efecto, años después, con la tranquilidad que no tuve entonces, la releí y ya se convirtió en una de mis imprescindibles. Puesta en contexto, puede en que 1962 fuera la novela más innovadora en lo formal que se había escrito en español, con respeto de otros innovadores que ya habían irrumpido y seguirían innovando. De Luis Martín Santos, desgraciadamente, no pudimos saber hasta dónde sería capaz de llegar. Pero queda esta, su primera y última, en la cúspide de la narrativa española. Y de mis libros.

El caso del bacalao. De Ibáñez, pero ni Blasco el de La Barraca ni Paco el cantautor. Me refiero a F. Ibáñez, claro, el de Mortadelo y Filemón. Podría citar muchísimos otros títulos, ‘El sulfato atómico’, ‘Valor y al toro’ o los cientos que publicó en series. No es que me haya reído de niño, es que me sigo desternillando de adulto. Y no es sólo humor, esa inteligencia para que lo surrealista resulte tan realista y viceversa, esto es, como la vida misma. Durante el confinamiento me afané a recuperar los que pude, la mayoría rotos y mutilados de páginas, me dio igual, alterné esas viñetas con otras lecturas más sesudas -por ejemplo, ‘Rayuela’- y al menos me aportaron algo de aire en aquel clima irrespirable. El caso es que justo este título no lo pude encontrar, quizás por eso lo destaco aquí, se ve que me quedé con ganas de releerlo.

Colección Fauna Salvat. También los de Fauna Ibérica, aquellos míticos fascículos coleccionables dirigidos -no sé si realmente si escritos- por Félix Rodríguez de la Fuente. No llegué a completar ninguna de las enciclopedias. Pero ir cada miércoles al kiosko, confirmar que ya había salido el nuevo y llevármelo a casa, era todo un acontecimiento. Era cuando decididamente quería ser zoólogo, después ya apunté a ornitólogo porque me privaban las aves rapaces. Me pasaba horas y horas viendo -esas fotos espectaculares- y leyendo esos tratados sobre especies, hábitats, costumbres… que para mí, teniendo como tenía otros muchos libros de animales, eran la máxima autoridad en la materia. Sí, Félix ha sido un gran referente para mí, como para muchos de mi generación. ¿Cómo no iba a serlo? Y lo llevo a gala, por supuesto.

El Camino más corto. A Manuel Leguineche lo defiendo como uno de los más grandes periodistas que ha dado este país, cierto que como empresario parece que no funcionó tan bien. Este libro relata la primera de las vueltas al mundo que dio, en 1965, siendo un principiante que se enganchó, echándole un morro inenarrable, a una expedición de unos americanos que se disponían a surcar el mundo en coche saliendo desde Madrid. La publicó en 1979, con lo que la edición venía complementada con actualizaciones según había vuelto a esos países años después. Además de un maravilloso relato de viajes, aventura y puro periodismo, es todo un tratado geopolítico que ayuda a entender, a través de lo que pasaba entonces, mucho de lo que pasa ahora. De Oriente Medio a la India, del Norte de África al sudeste asiático, el mundo ya estaba cambiando… hacia lo que hoy es.

Las mejores novelas de la literatura universal. Siglo XIX. Con este abarco muchas, pero no hago trampas porque ya avisé de que hablo de libros, no de obras. Mi primo, muy joven, empezaba como vendedor de enciclopedias y mis padres le compraron estos 22 tomos de novela del siglo XIX francesa, inglesa, rusa, naturalmente española… Es un tesoro que está en mi casa. Desde luego que no me he leído todas, pero gracias a esta colección tengo a mano y he podido disfrutar de algunos de los más ilustres títulos y autores de esta época de la gran novela: Balzac, Hugo, Stendhal, Zola, Dickens, Stevenson, Valera, Clarín, Pérez-Galdós… también es verdad que me he tragado algún pestiño y hasta puedo decir que me sentí timado por un ruso. Y no fue Dostoyevski, eso seguro.

Dije que iba a citar sólo diez y por eso me he dejado tanto. Pero lo mejor de todo, aunque a veces me agobia, es todo lo que me falta por leer. Porque de lo que estoy seguro es de que quiero seguir aprendiendo.

También podríamos pensar, si somos lo que hemos leído, ¿de qué clase de lecturas se habrán hecho algunos que vemos campar por ahí? Aun sabiéndolo, sería difícil explicarlo. Intentaré hacerlo otro día. Hoy se trataba de hablar de buenos libros… y buenas lecturas.

Y otra razón que demuestra la utilidad y vigencia de los libros… es que todavía existen quienes pretenden llevarlos a la hoguera.

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