Una semana de guerra

Hace una semana, la noticia era que había estallado la guerra. Hoy es que sigue y avanza en toda su crudeza. La angustia sucede a la novedad. Va a hacer ya dos años del día aquel en el que nos confinaron en nuestras casas. Una semana después, la sensación no era ya que la pesadilla había empezado, sino que no sabíamos cuándo se iba a terminar. Igual que con esta guerra, no nos lo creíamos cuando empezó a suceder. Pero cuando ya nos los creímos, fue todavía peor.

Hace una semana teníamos una noticia de impacto. Hoy tenemos las imágenes, las fotos, la destrucción, los que huyen, los que piden ayuda, los muertos… Ucrania se desangra y ya sabemos que en esto no ha sido un golpe de efecto rápido. Va en serio y va a seguir. No es una incursión fugaz, es un ataque a conciencia. Que parece que busque vencer, pero además hacer todo el daño posible. Y cuanto más acosado sea sienta el sátrapa, más intensos serán tanto su furia como su calma metódica y cruel. Podría equivocarme, espero que sí, pero no puedo evitar tener esa impresión.

Hace una semana, aún lo veíamos todo relativamente lejos. Hoy está aquí al lado, con nosotros. No sólo los pobres huidos que van llegando en masa. Los efectos colaterales. ¿Los económicos? ¿Los militares? O todo ese fragor del combate que nos está entrando por los ojos, las carreras desenfrenadas, las miradas aterrorizadas, la estación de tren, la profunda pena de las mujeres con sus niños y las maletas, los maridos que se quedan. Unos clientes de un bar del barrio que ya no van, partieron para defender su país. Aquí, afortunadamente, no recordamos lo que es ir a la guerra. Yo espero no saberlo nunca, porque creo que básicamente es ir a morir… independientemente de lo que pase o no pase después.

Hace una semana sabíamos algo de Kiev, quizás de Odesa. Hoy nos sabemos casi toda la geografía ucraniana, los cuatro puntos cardinales, Jarkov, Mariupol… Aunque posiblemente no sepamos nunca cómo son -o cómo fueron- esas ciudades. Porque ya no las veremos como eran. Lo que se muestra son sus escombros. Hoy las guerras se retransmiten en directo. Y la destrucción también. Nos sabíamos las guerras en diferido cuando hemos paseado por Berlín, nos paramos conmovidos ante una iglesia derruida en Liverpool o jugamos a escondernos en un búnker en la Sierra de Madrid. Ahora vemos casi cada bomba caer y hasta creemos escuchar en vivo los gritos de horror.

Hace una semana, los miopes todavía se miraban entre sí. Hoy miran hacia allí, con la misma cortedad de visión. No lo pueden evitar. Los que se manifiestan en la Plaza de Colón “contra el comunismo”, ¿cuánto hace que no van a Rusia?, como bien les preguntaron. Los representantes de los países que votan contra la resolución condenatoria de la ONU, ¿han estado en Rusia alguna vez? Y los que no pierden la oportunidad de malmeter, de dividir, de sacar su banderita a relucir para que se les vea en el tumulto, por no hablar los que ahora se jactan de que ya lo anunciaron, porque saben todo lo que va a pasar, solo que no lo dicen hasta que ya ha pasado. “Putin está en un callejón sin salida”, asegura hoy un político que está en un callejón sin salida.

Hace una semana había guerras en Yemen, en Siria, en la República Democrática del Congo… Hoy hay una guerra en Ucrania. También aquellas tienen cámaras, drones y satélites que lo captan todo, pero esos canales no solemos sintonizarlos. Esta nos llega en prime time, o mejor dicho, a todas horas, hasta en los espacios deportivos. Lógico, porque nos queda cerca. Nos atañe. Nos afecta, indirecta y quién sabe si directamente. Pero no estaría mal recuperar algo de perspectiva, si es que la hemos tenido alguna vez. Llevamos una semana en guerra en Europa. En Yemen llevan siete años. En Siria, 11. En África, siempre.

Hace una semana no concebíamos una reacción militar contra Rusia. Hoy todavía tampoco. Dice Josep Borrell que una intervención de la OTAN significaría la Tercera Guerra Mundial. Y muchos estamos totalmente de acuerdo. Lo que pasa es que Putin ha empezado y ya no va a parar… si alguien o algo no lo para. Y a todo esto, ¿qué piensan los rusos? No digo los oligarcas que se están “arruinando”, digo los de la calle, los que se están quedando sin trabajo, los familiares de los soldados enviados a la lucha, también a morir… Es imposible saberlo. Menos aún si los principales medios occidentales están decidiendo dejar de informar desde allí. Esa es otra victoria servida en bandeja al sátrapa. Es muy posible que, cuando pasen unas semanas y el conflicto continúe, hasta convertirse en uno más de los que permanecen enquistados, el suflé informativo baje, lleguen menos noticias, pierdan posiciones en las parrillas… Pero la destrucción y la muerte seguirán.

Hace una semana, todavía mirábamos -de reojo, sí, pero los mirábamos- los datos de evolución del covid en España. Hoy ni nos fijamos, porque ya ni aparecen en los primeros lugares de las pantallas y los espacios informativos. De hecho, han anunciado que a partir de la semana que viene ya no se darán diariamente. Hay quien respira, porque piensa que aquello le afectó más que esto. Esperamos que tenga razón. Pero como a uno de esos reactores nucleares le dé por romperse, porque a alguien se le ocurra romperlo, lo que nos tocó vivir hace dos años habrá sido una anécdota, un episodio menor. Un ligero entrenamiento para lo que nos vendrá. Pero mejor intentemos no dar ideas… otra vez.

La semana que viene sabremos más… y posiblemente entenderemos menos.

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