Rusia, no hay máscaras que valgan

No hay máscaras que valgan. Puede que Rusia no sea siempre culpable, pero siempre ha sido imperialista. Lo fue con los zares, después con los sóviets supremos y lo es ahora con Putin. Ahora todos la declaramos culpable, y desde luego Putin sí lo es. Se consiguió de aquella manera parar a Trump, pero a este ya no lo van a detener. También ha amenazado a Suecia y a Finlandia. ¿Se ha estado conteniendo y ahora ya va lanzado? El tiempo dirá. Puede que desgraciadamente lo diga.

Ucrania suplica ahora la ayuda y la defensa que le prometieron, pero Europa y Estados Unidos se lo piensan. Es que es para pensárselo. No es cualquier cosa meterse en una guerra contra Rusia. Avisan, sancionan, amagan… pero a ver quién le suelta el primer puñetazo al gigante. Mal augurio para los ucranianos. Yemen lleva siete años asolada, humillada, desangrada, la mitad de su población hambrienta, pero ¿quién le echa un pulso o le pone un palo en la rueda a Arabia Saudí? El Consejo de Seguridad de la ONU le reprocha procurando no ofenderla. Nadie veta nada salvo que lo que le moleste.

Esta guerra ha sido largamente anunciada y pocas esperanzas había de que no fuera finalmente perpetrada. Con los argumentos esgrimidos por Putin para justificarla, bien podría haberse atacado a sí mismo. ¿Y qué piensan los rusos? Muchos, desde luego, que Ucrania siempre ha sido suya. Aun así, ¿están de acuerdo con esta invasión? No hay manera de saberlo, porque en ese país, con todo lo enorme que es, no hay manera de pulsar la opinión pública. No hay oposición, no hay prensa independiente, no hay libertad de expresión. Como en tiempos del zar. Como en la Unión Soviética.

En cualquier caso, para ese pueblo no es un hecho novedoso. En Moscú hay un parque -bueno, hay muchos-, me refiero al Parque de la Victoria, que conmemora la de la Segunda Guerra Mundial. Cuenta con 1.418 fuentes -tantas como los días que la entonces URSS estuvo en guerra- que de noche se tiñen de rojo para que parezcan incesantes borbotones de sangre. La derramada por tantos y tantos rusos para conseguir aquella victoria. Porque es así, Rusia ha ganado guerras perdiendo muchísima gente, precisamente son sus ejércitos interminables los que le han hecho finalmente vencer aun con tantas pérdidas a cuestas. Y al que manda ahora, como los que mandaron antes, seguramente no le importará, estará entusiasmado con inaugurar otro parque… con las fuentes que hagan falta.

Un estado imperialista -como otros que lo son y lo fueron antes- no soporta perder protagonismo en la escena mundial. El desmembramiento de la URSS fue una gran noticia para Occidente, un gran alivio para muchos ciudadanos de los países del este de Europa, también rusos… pero una gran humillación para otros muchos. De controlar medio continente a quedarse otra vez en el extremo, con más territorio en Asia que en el suyo, que así lo consideran desde que Pedro I El Grande entendió que su gran Rusia era decididamente europea y que la ciudad que el fundó y convirtió en capital, San Petersburgo, habría de parecerse a Viena y a París.

En cualquier caso, puede que pesara más entonces la ilusión de caminar hacia un mundo libre, democrático, a una economía de mercado, a un futuro con más oportunidades para las personas: tener dinero, propiedades, viajar, expresarse como quisieran… ¿Qué sucede? Que ese camino no iba a ser tan fácil. Viajaba el tren occidental demasiado rápido como para subirse en marcha así como así. Incluso los alemanes del este siguen sin alcanzarlo. Otros que consiguieron encaramarse al vagón de cola, salieron despedidos al primer viraje, caso de Eslovenia con su euro recién estrenado. Y ya la crisis de 2008 -que fue mundial, por si alguno todavía no se ha enterado, pero más letal su sacudida para las economías cuanto más frágiles- actuó como el tope que puso freno en seco a todas aquellas aspiraciones.

Bienvenidos al mundo libre, visitadas sus más hermosas ciudades por turistas de todo el mundo, abandonadas sin remisión las que no tenían ese encanto, colonizadas sus calles principales por las principales firmas comerciales, absolutamente deprimidos los barrios aledaños. ¿Y dónde estaban todas aquellas oportunidades que les habían prometido? Su economía de mercado y su bien ganada democracia derivaron en sistemas corruptos y en el florecimiento de grandes oligarcas y magnates, muchos de ellos comunistas insobornables en su día y hoy capitalistas rebosantes. Mientras, la gente de esos países rescatados de la tiranía soviética tiene ahora menos trabajo, menos dinero y menos futuro. Y la misma libertad, porque se silencian las voces discordantes y los medios de comunicación están en manos de aquellos prebostes.

Sucede entonces que la decepción suele dar rienda suelta a la nostalgia. A pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, por mísero, injusto o siniestro que fuera. En los países desligados de la Unión Soviética, en los liberados del Telón de Acero y en la propia Rusia empezaron a emerger sentimientos nostálgicos que movimientos y líderes políticos, con no poco o todo el componente oportunista, hicieron por canalizar. Cada país y cada sociedad con arreglo a su historia y su folclore. Unos lanzan guiños a aquel comunismo “redentor”, otros como Polonia abrazan un nacional-catolicismo, muchos ex yugoslavos -sobre todo los serbios- sueñan con recuperar aquella Yugoslavia, pero seguramente los croatas preferirán evocar su pasado austro-alemán. Ucrania no es ajena a ese sentir. También se las prometió muy felices y se llevó un baño de realidad.

Y en Rusia, después de aquel asombroso vuelco -del politburó a Yeltsin, pasando por Gorbachov, y de la economía centralizada al híper capitalismo en ¡sólo seis años! -, ascendió al poder Vladímir Putin, que lleva más de 22 años, con un paréntesis de cuatro tutelados por él. En ese tiempo se ha dedicado, por un lado, a gestionar todos esos descontentos en su favor, teniendo en cuenta que el país venía de una crisis ciclópea en los 90, que hizo caer su PIB a la mitad, y para manejarse en ese fango hizo por parecer una cosa u otra según a quien convenía contentar; y por otro, puso su empeño en fortificarse y erradicar cualquier reducto de oposición, sin escrúpulos y valiéndose de las maniobras y operaciones que hicieran falta, ya saben cuáles y están ahí.

Pero tenía Putin una asignatura pendiente: recuperar el papel central que tuvo Rusia en la geopolítica de los siglos XIX y XX. La emergencia de China y el mantenimiento de Estados Unidos como primera potencia han relegado al gigante euroasiático a un incómodo tercer lugar. Algo ya venía haciendo en los últimos años: desestabilizar Occidente en todo lo que pudiera y estuviera en su mano, al alcance de sus satélites, de sus dedos manipuladores o de sus cerebros cibernéticos. Ahora da un nuevo paso: salir a conquistar mundo. Es lo que le situará en la órbita de sus antecesores seculares en el medieval Kremlin de Moscú.

Se dice, pero no se dejen engañar por discuros interesados, que nos venden que el objetivo de Putin es reinstaurar aquella Unión Soviética. No decimos que no esté en su punto de mira anexionarse algunos o hasta todos los países que la integraron y hacerse con el mayor poder territorial y político posible. Simplemente, que aquello era una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y lo que sea ahora, no será tal. Porque ni son repúblicas socialistas ni hay ya soviets ni parece que los vaya a volver a haber. La actual Federación de Rusia es una república federal semiparlamentaria cuyo actual régimen económico es inconfundiblemente capitalista, de hecho alberga el segundo mayor número de multimillonarios del mundo. Por lo demás, un país masivo, inmensamente rico en recursos y en cultura, indiscutiblemente poderoso, muy desigual y con estructuras muy anticuadas. E imperialista por naturaleza. Aproximadamente, lo que siempre fue, lo reinara o presidiera quien y como lo hiciera. Y ahora no deja de ser lo mismo, cuando ha sido culpable y cuando no. Así, Putin podría haber sido un zar, un secretario general de PCUS o lo que es en su Rusia actual. Un sátrapa transversal, adorado y apoyado por fanáticos transversales.

No sé realmente si alguna vez hubo máscaras, pero seguro que ahora no las hay. Aunque estemos en Carnaval, esto no lo es.

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