Navidad en Edimburgo

The Auld Reekie la llamaban cariñosamente, traducido por unas fuentes como “vieja chimenea” y por otras como “la vieja pestosa”. Todo viene de la niebla que el viento trae del mar, que mezclada con el humo de las fábricas, daba lugar a lo que allí dicen Haar o también sopa de guisantes, de espesa que resultaba. También la llaman familiarmente Embra (de edimbra, que es como la pronuncian los de allí) e incluso la Atenas del Norte, por cierto parecido que no sé exactamente de dónde han sacado. Naturalmente, hablamos de Edimburgo.

Y sí, es una ciudad que rezuma historia y, sobre todo, literatura. De aquí son tres grandes de las letras británicas: David Burns, Walter Scott y Robert Louis Stevenson. Pero también Arthur Conan Doyle y J.K. Rowling. Sin olvidarnos del filósofo David Hume, gran amigo por otro lado del economista Adam Smith, que no nació, pero si vivió tiempo y de hecho murió en Edimburgo. La relación entre realidad y ficción se va de las manos cuando además te dicen que en su universidad estudió James Bond o que en su cementerio está enterrado Sherlock Holmes, cuya “tumba” es objeto de visita de turistas y curiosos.

En la Royal Mile, arteria histórica de la ciudad, se encuentra la Deacon Brodie’s Tavern, un viejo pub que evoca la figura del diácono William Brodie: un reputado y respetado funcionario del que se supo que llevaba una vida alternativa, absolutamente canalla y criminal, por la que fue que fue juzgado y ahorcado. La revelación de aquellos hechos causó un gran revuelo en la ciudad, y entre los edimburgueses perplejos de entonces vivía Stevenson, que se inspiró en aquel suceso para crear su historia del Doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Y es que Edimburgo, como decíamos, es una ciudad que invita a la doble vida. No porque tenga dos improntas muy definidas, la medieval y la victoriana, comunicadas por puentes como si hubiera un río por medio, que no es el caso. Es porque hay una ciudad vista y otra oculta. Su impactante skyline, sus calles pavimentadas de historia y energía, sí. Pero entre ellas, un sinfín de pasadizos y travesías secretas -hoy ya no lo son tanto- que se prestan a andanzas y vivencias ocultas, escarceos, aventuras, encuentros furtivos… más si contamos con la oscuridad y la niebla que suele adueñarse de los días y las noches. Y claro, también para toda suerte de episodios turbios. Como no han faltado ni faltarán escritores para relatarlas o imaginarlas, podemos deducir que esta ciudad es una mina para escritores, pero también para recreadores, fantasiosos, y por qué no, chismosos.

Y en fin, aquellos días de primeros de diciembre, por supuesto ya estaba puesta la iluminación navideña. Aquí lo que dejamos escrito del viaje Rumores de Edimburgo – Byenrique, en el que por cierto, pensábamos cuando llegamos que habíamos tenido suerte con el tiempo, frío asumible y tibiamente soleado. Pero es verdad que al final echamos de menos algo de sopa de guisantes.

P.D. Indiscutible, rápida y sin dudar, la ganadora ha sido Eva Toussaint. Para ella será el premio, si se deja invitar a un chupito de malta o a una pinta de cerveza escocesa. Lo que no espero procurarle es una típica Haggis, por su bien y por el mío.

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